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¿ADONDE VAMOS A PARAR? -Agafeulo, agafeido- -gritaba desesperadamente un anciano de clase humilde, en tanto que un mozalbete, poniendo alas a los pies, se llevaba algp que no era suyo. U n soldado y yo echamos mano al fugitivo, llevándolo, poco menos que a l a rastra, cabe el viejecito que demandaba auxilio. E r a n abuelo y nieto. ¡Quién había de decirlo! E 1 hecho? U n a infamia del joven, que, Saliéndose de malas artes, le había tomado al viejo cinco duros que tenía para trasladarse a V i c h y reanudar allí su mísera existencia. ¿L a resultante? N o hay para qué preguntarlo: un perdón, unas lágrimas, un consejo y una mirada colérica. P o r mi gusto hubiera puesto como epílogo un par de bofetadas, de estas que en mi pueblo llaman de cuello vuelto. U n a noche cruda del invierno pasado caminaba yo hacia mi residencia cuando oí g r i tos y voces destempladas en un hogar de clase media. A t r a í d o por la curiosidad, me acerqué a l a puerta y oí con asombro cómo un hombre, auxiliado por una mujer, apabullaban materialmente con sus gritos a una viejecita impedida, dedicándole dicterios y amenazas sin cuento. L a infeliz anciana decía balbuciente: -i Que haya yo tenido once hijos y los haya criado a mis pechos, con m i l fatigas, para que a l a vejez me traten a s í! -Lo que usted se merece, ¡tía bruja 1- -le contestaba el desalmado. ¿Q u e me merezco ese trato, porque os he dado un consejo, que os conviene atender? ¿Q u i é n le ha pedido consejos? -gritó la doncella. ¿Necesita una madre que se los pidan para darlos cuando lo crea conveniente? -Sí, señora. Y a no estamos en los tiempos de la Inquisición; las cosas han cambiado. Y cállese usted, si no quiere. ¿M e vas. a pegar? 1 un hermano mío, que era capitán del E j é r cito, sin que el castigado hiciera otra cosa que callar y bajar al vista al suelo. ¿Adonde vamos a parar por el camino emprendido? ¿E s que pretendemos destruir l a familia, base de la sociedad y origen de lazos indestructibles, fundamentados en el m á s santo y perdurable de los afectos ¡Desgraciada l a Humanidad el d í a en que los hijos no vean en los padres m á s que un antecedente de su vida! MENIPO AL SALIR DE UNA CAVERNA A y e r tarde esperaba el tranvía en la plaza de Cataluña, cuando llegó a mis inmediaciones, anhelosa y fatigada, una mujer, como de unos cincuenta años, cargada de periódicos. U n hombre mucho más joven le salió al paso, dedicándole un torrente de insultos, mientras se hacía cargo de unas manos de los periódicos de la noche, después de cuya hazaña se marchó voceando su mercancía. -Sepárese usted de él- -le dijo, airada, una señora. ¿Que me separe de él? -contestó l a i n feliz. -Sí, señora. A l lado de un tío así no, hay por qué vivir. ¡S i es mi h i j o! -i Jesús, M a r í a y J o s é! -exclamamos a un tiempo la señora y yo. -Sí, mi hijo, que no hace m á s trabajo que el que usted ha visto, mientras yo me paso el día y l a noche lavando, voceando decimos de Lotería, vendiendo cerillas y corriendo periódicos, para que no le falte nada. Dicho lo cual, y como si se le desbordase de pena el corazón, soltó de llanto una profunda vena. Impresionado por l a bellaquería, me retir é hacia mi casa, recordando a una honorable familia colombiana que conocí en el v a por León XIII; las hijas, ya talluditas, antes de retirarse a descansar, ss hincaban de rodillas ante el padre, al cual besaban la mano, pidiéndole su bendición. S i n llegar a eso, que no me parece mal, yo conservo íntegro el respetuoso cariño que profesé a mi padre, -y eso que m u r i ó hace cuarenta años, habiendo visto, además, cómo mi madre, para castigar una irrespetuosa i n solencia cometida ante ella, cruzó l a cara a E l mundo marcha, no tiene duda. Y por esta marcha, por esta verdadera corriente, que se lleva todo por delante, los únicos islotes de tradición que a ú n encontramos en la política. España, en estos momentos, está saturada de ideas del siglo x i x E n reuniones públicas, manifiestos electorales, controversias periodísticas, caricaturas y pasquines, cualquier espíritu observador advertirá el anacronismo. A q u í tenemos una muchacha de las derechas, que no sólo se dispone a votar con entusiasmo, sino que hace la propaganda con aliento moderno, con ese valor y esa pasión que la mujer pone en sus empresas. U n grupo de obreros comenta: A h í va una cavernícola Y bien, analicemos el cavernicolismo de esta muchacha. Habla tres idiomas; conoce los países m á s importantes de E u r o p a ha cursado sus estudios en la U n i versidad; en su casa posee todos los i n ventos de la civilización doméstica; conduce ella misma su automóvil; juega todos los juegos modernos; ha leído el Ulises; sabe de memoria poemas de Guillen; la gustan los dibujos de Picasso y l a pintura de Solana; cuando discute con sus amigos les golpea los hombros; se pinta; fuma; no necesita compañía para andar por las calles; va el cinematógrafo a ver las películas de vanguardia... E s en suma, lo que se llama una mujer moderna. U n grupo de obreros, sin embargo, comenta, al verla pasar: A h í va una cavernícola P o r el contrario, aquí tenemos a este hombre maduro que va al café todas las tardes a jugar su partida de dominó. N o ha salido nunca de l a ciudad donde vive. Desde hace veinte años lee el mismo periódico; es casi éste su único ejercicio de lectura. Se indigna de toda innovación estética, llamando a los artistas modernos afeminados, y propugna por el arte, rue él califica de macho de sus tiempos. E s un entusiasta de los toros y del cante flamenco; no admite en el teatro sino los postulados que se apoyen en la verosimilitud. Cree a pies juntillos que de todas las cosas malas que ocurren en el mundo tienen l a culpa los frailes... Este hombre, en cambio, tiene en l a ciudad fama de progresivo, de avanzado, de hallarse en la vanguardia de la civilización... E n este contraste, bien expresivo, hallamos una fórmula de incongruencia, muy de nuestro tiempo, que nos indica todo lo que en la política hay de superficial, de incoherente, de postizo ...Cómo no hemos logrado poner a tono l a política con l a vida, y cómo la clave de l a acción política de nuestro país l a encontraremos siempre en un repertorio de anécdotas trasnochadas. Pensando en este fenómeno, subo a v i sitar a una vieja amiga, que, pese a sus ochenta años, conserva a ú n viva la inteligencia y que permanece las horas en un ángulo a la camilla, mirando de. soslayo a la calle, esperando visitas, porque la gusta saber todo lo que pasa en la ciudad. L a aturden algunos ratos los nietos, que paran poco allí, y que l a hablan en un idioma que apenas comprende. Se han ido muriendo todos sus amigos, y los que a ú n frecuentamos su trato correspondemos a otra edad que la suya, aunque nos entienda bieíij porque alcanzamos sus tiempos, cuando ella saíía a la calle, entraba en las tiendas, iba a los teatros y hasta gustaba de recibir bromas de las máscaras de carnaval. V i v e en su casa, l a de sus padres y sus abuelos; una casa antigua, en l a que han ido cerrando estancias y corredores. Los salones aparecen en una penumbra misteriosa, con los relojes parados y los cuadros dormidos en esa quietud y en ese color de fondo de mar que toma entre los damascos la pintura deshabitada. E l tiempo se refugia en estos salones, tomando calidad de cosa tangible; suave al tacto, como el terciopelo. Es como si el aire se hubiese convertido en tiempo, y cada objeto se hubiese guarecido en un fanal. Como esta mujer ha vivido mucho pone en todas sus palabras una gran benevolencia. E n su juventud hubo años de hambre y de epidemia, y de guerra, y asaltos a las casas de los ricos, y persecución a los frailes, y hombres progresivos, que se llamaban a sí mismos progresistas, y República, y Restauración, y guerra c i v i l y todas estas conmociones pasan por su memoria, no como cosas remotas, sino como sucesos i n mediatos. Los hombres no han cambiado. Continúan los mismos tópicos, iguales l u chas, idénticos intereses en pugna... l a política ha quedado rezagada, es lo único que no ha cambiado en ochenta a ñ o s Y es lo maravilloso que, no habiendo cambiado la política, todo en torno de esta vieja venerable es distinto. Recuerda sus viajes, los salones de su tiempo, el teatro con sus óperas italianas y los primeros mecheros de gas; los bailes, las modas... el ferrocarril incipiente, el teléfono incipiente, el primer fonógraío con unas gomas que había que aplicar a los oídos; la primera bombilla eléctrica que vio lucir... Yí todo lo recuerda en su soledad como en un sueño demasiado rápido, como podemos recordar las ondas en el curso de una corriente. Sobre la mesa, junto al Año cristiano, tiene una candidatura. Sus nietas, que han entrado allí como una tromba, l a dicen que la llevarán a votar, bien abrigada, en coche... H a y que poner en juego todas las fuerzas. L a vieja sonríe. H e aquí una posibilidad que ella nunca pudo prever. Que a los ochenta años tendría voto. Y esto me dice, ¿es una conquista? Dobla la candidatura cuidadosamente hasta convertirla en una pajarita. Y o pienso, continúa, que el mundo marcha, que el mundo no se detiene, y que lo único que en el mundo se queda a t r á s es la política. A h o r a hay aviones y radio para l a propaganda, mas las ideas aparecen imperturbables. S i todo en la vida moderna estuviese a tono con l a política, me creería en mi juventud; pero lo triste es que todo pasa menos esto. Bella caverna la que habita esta vieja. Buena pintura, buenos marfiles, buenas porcelanas. Damascos descoloridos, con esa calidad de otoño que toma, el damasco en los salones cerrados; espejos con tantas imágenes antiguas, que no tienen sitio para reflejar nuestra imagen... libros clásicos y de Otos: tradición en su sentido más íntimo e inefable... H e aquí una caverna auténtica, pero una caverna que nos eleva a las m á s bellas normas de urbanidad, a los mejores cánones del gusto, a los más finos matices de la elegancia. ¿E n q u é piensa usted? -me dicen unos amigos a quienes encuentro ai salir de esta casa. -Pienso- -les contesto- -en que soy un tradicionalista, en que hay que volver a t r á s en que no hemos adelantado nada. E n que durante una hora me he sentido un auténtico cavernícola. Y lo curioso es que este cavernicolismo no tiene nacía que ver on la sociología n i con la política, sino puramente con la estética. E s decir, que esta tarde salgo cavernícola no m á s que por una razón de buen gusto. FRANCISCO B E C O S S i O