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Mire e lector por dónde a mí me ha do en su labor literaria de novelista, de esos pareéi. do buena coyuntura para recordar mi que se llamaban galantes. Verdad es que cuento éste de la evasión de D. Jnan March. a sus páginas se asomaba en, esa novelística Y; conste que no rompo ninguna lanza en el. sufrimiento y la muerte, y ambas cosas favor del financiero fugitivo. Sólo le co- no son galantería, como no sean pensando nozco de- -vista. Durante; algunos años, -to- muy de vuelta, la suprema galantería del dos los días, vi brillar su calva de senador humano. Nuestra España se hacía por mowniaao en el hall del hotel donde solía- ir- a mentos agria y picuda, triste y peligrosa. tomar- el té de las cinco; le hacía las manos Cocíase un calendario en los peores vati 3 a: misma manicura que- a mí, una chiquilla cinios, y. a manotazos con los malos prejui- -rabia, muy- guapa, i perversa y tonta- a- la cios- -que no con las buenas tradiciones- vez, que, aunque parezca imposible, son de- procurábamos los de mi quinta encontrar fectos que suelen darse juntos en algunas ni más ni menos que una conciencia espamujeres. Nunca se me ocurrió saludar- al ñola, que se nos iba de la consciencia en el Sr. March, ni sonreírle. E r a é l demasiado alboroto prerrevolucionario, que, por des u ieo para saludarle sin- conocerle, y me pa- gracia, nos enganchó en la calle; esto es: reció digno evitarle el trabajo de abrocharsiendo pueblo. Por esto, yo no me había dese si intentaba una aproximación. N o detenido mucho delante de sus novelas. Porfiendo, pues, al Sr. March, ni sé si tiene que mal podía atender a lo galante aquella sulpa, ni me importa, que no soy juez, ni juventud mía, que ni elegante podía ser, re- Dios lo quiera nunca. Pero me entero de, clamada toda ella por los imperativos de mi su fuga y me acuerdo del cuento. E l homEspaña, entristecida, picuda y difícil. bre aquel de la cárcel, chilena, o. era un Pasa el tiempo; me da Dios un minuto de héroe abnegado, o estaba muy a. gusto, en su mirada; siento arder en mi corazón una qsa prisión libre, o era, tonto. Desde luego, verdad, que ardiendo se me venía del alma hay aquí una armonía de contrarios, porque a la boca y se me trocaba en letra impresa, el Sr. March es todo lo contrario: no. ha y entonces menos aún podía, querido amigo, presumido nunca, de héroe; no estaba. a leer lo que le iba y venía a Lola y a Car gusto en la cárcel de Alcalá de Henares, y men a la Sin Ventura; a la aventurera o- no tiene pelo de tonto. De los otros pelos a la aventurada. Todo era desventura en tampoco tiene muchos; pero, de tono, nintorno, y esta mujer, grande y santa, de la guno. Así como la industria específica- de que- hemos nacido; de esta España a cuyo la paz armada es la guerra, la industria del asesinato, pobre de mí, contribuí con mi po. preso, su anhelo. único, su pesadilla, su, ob- breza, afortunadamente. Y a ve usted cómo sesión, es la libertad. E l preso llora por la propia insignificancia puede aligerarella; cuando se la dan, la agradece; cüannos, a veces, un tanto del remordimiento. do puede... ¡se la toma! Los hombres de Y entonces también Dios había sido bueno justicia lo saben tan. bien y, lo encuentran con usted y había tocado los puntos de su tan natural- y lógico, que le ponen al preso pluma. Y escribir y leerle me empezó a ser rejas y carceleros, y no imaginan nunca compatible, porque era una misma la preocuun detenido como el héroe de mi cuento. pación en que andábamos, y dentro, cada Sin vocación de cartujo, nadie es su propio cual de su manera, dábamos a Dios lo que carcelero; así al delincuente detenido se le era suyo, y al sombrío César granuloso, que debe castigar por su delito, pero no por en nombre de la democracia, veía el incendio, fugarse. Y probado, -no tiene D. Juan si no de Roma, de lo romano, católico y March, más delito que éste de huir, qué apostólico, no le queríamos, ni usted ni yo, no es, en realidad, delito, porque era su dar nada que no fuera la muerte política, deber. E l deber de todo preso, máxime si la cicuta, ya que no del sabio, del cínico. no está convicto y confeso. Como financiero, tenía D. Juan Majch la obligación de enriquecerse; como preso, la obligación de evadirse. E l señor D. Juan March es hom- j L a s víctimas d e l c h o q u e bre que cumple sus obligaciones. r ¡Con qué gusto y regusto le leí a usted desde entonces, querido, j osé María Carretero! Desde Lo que no quiere España- hasta, Le Alfonso XÍII a Lerroúx, pasando por Azaña, no, he perdido linea- decesos volúmenes, con los, que usted ha emprendido, sólo, la brillante campaña de la causa patriótica, de ese levantar armas contra las torres usurpadas por los maleantes del camino. Quizá nos separan diferencias de estiló político en la, ambición- -en mí, cada vez más rígida y menos transigente- -de lo que para nuestro país queremos. Pero esto es poco mas de n ada cuando la coincidencia en. lo principal nos une. con lo más noble que en la oposición se bate. O se batía, porque ya son los otros los de la oposición, y moralmente estáj ganada la campaña, aunque, aún no nos pueda quedar alguna batalla que perder. Usted o yo, o los nuestros, quien en surna ño caiga, verá desde España a España libertada de monstruos. Y los que no lo viéramos, no oí: que ello ande lejos, sino norque sin saberlo, estemos más cerca de nuestro fin, lo- veremos también desde otro lado, querido José María- Carretero. Y entonces, aquí o mucho más allá, una luz clarísima condecorará a usted su pecho, ofrecido a la reconquista. Y a usted le será igual que esa, luz la vean o no, que esa condecoración sutil del deber cumplido se la ratifiquen o no los hombres. Usted andará contento ton usted, y sabrá ya, ciertamente, para lo que vale una pluma de escritor. Eso es lo que antes no sabíamos ni usted ni- yo. Eso es lo, que no saben- esos pobres que andan ciegos todavía. -En la- calle, con el pueblo, siendo pueblo y siendo miga de buen pan en la calle, ha ganado usted- ya lo más. difícil de este mundo: la propia estimación. Y yo se lo digo a usted, cabiéndome honor y alegría en, ello, guerrillero suelto, con nueve volúmenes como nueve, espadas- se ha ganado, usted. No i quisiera pedirle a Dios, aquí abajo, merced más grande que esa misma cosa. r r H CÉSAR G O N Z A L E Z- R U A N O i Y los. demás? ¡Ah, los demás! ¿Yo qué sé... F E L I P E S A S SONÉ. una casa, d e u n tranvía e n Vigo. contra A UN HOMBRE DE L A C A L L E He leído yay querido José María Carretero, nueve volúmenes de usted, enfilados en perseverante y noble dirección. Los dos títulos genérales de esos volúmenes, con los que ha reconquistado usted para el Caballero Audaz la. popularidad que, más que perdido, había entregado en manos de sus difamadores viviendo fuera de España, me parecieron siempre muy prometedores, y nunca me defraudaron en- tanto bueno corno prometían áí servicio del pueblo y Opiniones de wii hombre de la calle. Se complementan muy bien esos títulos. Desde la calle se entiende al pueblo, si es pueblo y se emprende el servicio a que todo entendimiento lleva, porque comprender es amar, y aquellos que a usted y a mí nos parecen detestables, lo son porque la comprensión del mal qué hacen a la calle y al pueblo no se nos alcanza, porqueni usted, ni yo, ni, el pueblo, que es la calle, los pudo comprender jamás. Vamos a aplicarnos un poco el cuento, mi querido amigo, y comprenda y ame por qué yo no. escribí antes de- usted- y sus escritos, y por qué hoy lo hago con verdadero caía, quedando destrozado. Resultaran dos muertos y. varios heridos, algunos de ellos placer en la tal escritura. Entreteniendo a la. de mucha gravedad. He aguí A paso del entierro de una de las victimas por las Ofxltes. gente andaba usted, José María, entreteni (Foto Pacheco.