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I T -E n París se aguardan con ansiedad noticias del Ejército. L a opinión más generalizada es que el Emperador ganará las primeras batallas, y hasta se hacen apuestas a que antes del 3 0 de junio se encontrará en Bruselas... Desgraciadamente los augurios no se han cumplido más que en su primera mitad. Napoleón ha tomado Charleroi y h a vencido en L i g n y míe va a ser su última victoria. ¡L a última... Después, ya rápidamente, con muy pocos escalones y dando traspiés, obscurecida! a estrella, se ha de ir al fin de l a formidable epopeya... Necesito un éxito decisivo; no puedo hacer nada antes de l o g r a r l o Y se lanza, como en los años m o zos, disponiéndose a vencer a los ingleses como había derrotado la víspera a los p r u sianos. P e r o los años mozos están lejanos, al general de Rívolí y M a r e n g o ha sucedido el hombre que envejece y se halla enfermo; a las intrepideces acostumbradas sucede una apatía inexplicable, y l a duda se cruza por su vida. V a c i l a en la marcha y pierde toda una jornada después de su victoria. ¿C u á n do se cansará el Destino? M i s águilas aun triunfan, pero la suerte que las acompañaba ha huido. Empezada la lucha, sobre el altozano de la Belle Allianee dispone sus tropas en tres líneas y desde su blanco caballo las arenga, como de costumbre: a l atardecer quiero entrar en Bruselas. E s t a vez tasa en demasiado su v i c t o r i a mide, aquilata y sobrepesa los movimientos, sabe la responsabilidad de ellos: L a suerte de F r a n c i a está en sus manos. P o r u n momento el choque de la caballería compromete a Wellington, que. atacado sin tregua, está a punto de ceder, un esfuerzo más y puede ser el éxito; pero aun la indecisión, y a piensa en garantizarse la retirada, y cuando le a n u n cian que el cuerpo de Bülow llega a m a r chas forzadas, y se lanza con la V i e j a G u a r dia, sable en mano, como en Arcóle, es demasiado tarde. Prodigios de valor, y a ciego: Viva el Emperador guardia muerej pero no te rinde frases, que al nacer, quedan esculpidas ante la eternidad, pero que no logran l a victoria me se marcha, ni aun la muerte, que se busca, y en el día de su última batalla, por primera vez, se Ve forzado a h u i r en desordenado tropel con sus soldados. Debí caer ¿on ellos dirá tiempos más tarde, y, sin embargo, ahora, todavía una esperanza: i Qué dice P a r í s? a del recuerdo. E n el palacio: que estuvo lleno de las encantadoras risas de l a juventud, se encuentra envejecido y solitario: Y bien, no veo ninguno de mis ayudantes de c a m p e Presintiendo la eterna despedida quiere ver los rincones: que le eran f a miliares. H o r t e n s i a dulcemente le acompaña, y es en el doloroso vacío, amiga, c o m pañera y otra vez hija. E T ¡Gobierno improvisado se h a negado a admitir el ofrecimiento de su espada como simple general. T r e s días más, y la forzada partida, que oculta l a última decepción. T o d o pasa en silencio, en una solemnidad fúnebre de la pe se destaca, como de un viejo friso, el ademán sereno de la madre al estrecharle entre sus brazos. A ú n tm a l tivo gesto; E l no ouede huir disfrazado como ira vulgar salteador, y siguiendo a su Destino, como Temistocles, marcha a entregarse a su enemigo y llega hasta el BelUrophoii. Y desde el inhóspito peñón perdido e n el Océano, asiste impasible, al desmoronamiento de todo lo por él creado. Sus lugartenientes, o fusilados, como M u r a t y iNey, c a r a a las M a s digno remate de una v i d a de héroes, o pasados débilmente a sus enemigos. L a familia, más desunida que nunca y perdida por E u r o p a después de haberse repartido los últimos pingajos del egregio botín. E l primer amor desaparecido, y l a esposa indigna, en los brazos de un cualquiera. N a d a le importa, fuera de su hijo, porque de él nada cuenta ya para él m i s m o cerró el saldo de su caja con la quiebra. Puede aún escaparse y lo renuncia. E 1 Águila h a plegado sus alas y acepta, Consciente, este marco de gloria que, insospechadamente, Inglaterra le ofrece en estos días de lenta agonía. Jamás fué más político. Hacer otra vez l a guerra? S o y demasiado viejo y estoy harto de laureles... más vale para m i hijo que permanezca aquí... Jesucristo necesitó de su corona de espinas, porque su martirio h a sido lo que ha hablado al corazón de los pueblos... Y su, sacrificio, que no valió al hijo idolatrado, fué l a aureola de su gloría, purificándole ante la eternidad, L n s D E SOTO Y en París aún se le aclama; son los obreros del bcntlevard Saint- Antoiúe, es el resto del Ejército. E l buen sentido público comprendía que si el Emperador era la causa, 110 había sido el promotor; jamás guer r a alguna le fué más claramente impuesta. P e r o París, en este momento, nq. es ni los obreros, ni el deshecho Ejército, que y a no cuenta, ni e l b u e n sentido p ú b l b o P a rís es Fouehé, el buitre Fouché, que desde el comienzo de los cien días atisba en s i lencio la caída de su presa, que precipita, para clavarle las garras. H u b i e r a debido mandarle ahorcar antes; pero los Barbones se encargarán de hacerlo y desalentado, sin esperanzas ya, deja el Elíseo y marcha a Malmaison, que va a ser la triste plataforma en donde se h a de comenzar el horrible calvario que apuntó Waterloo. Vistiendo el traje verde del arma, con el legendario sombrero calado hasta aparecer unido a los hombros robustos, l a mano escondida tm e! desabotonado chaleco, avanza, otra vez, el coloso por el evocador parque. T o d a esta triste jornada del 26 de junio ya a ser para él ía jornada del ensueño y 1815. N A P O L E Ó N E N MALMAISON POR DELAKOCHE
 // Cambio Nodo4-Sevilla