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por el paso de Echalar, entran en poco número. E s la hora de los cazadores. Pacientes y firmes en el aguardo, atisban con ojo anhelante e! horizonte cruzan sin cesar mil especies de pajarillos, y cuando entre los emigrantes destaca el gris dorado de lá paloma torcaz, que, junta con sus compañeras, avanza tranquila e incauta, la mano segura del cazador aprieta en el gatillo y el cartucho sale en d i rección al b l a n c o. Uno, dos, veinte, cien estampidos a t r u e n a n el monte, y colgadas de las ramas de los castaños y robles, entre matorrales y pedruscos) quedan las víctimas, que en segükla sabe hallar la mirada sagaz del buscador, Como para la faParaje. del monte donde se colocan las redes para el paso de lapalo; mosa cacería de laAlbufera, en Valencia, m u c h o tiempo antes se preparan y Juan de Luz, m á s acá, en la planicie transla bandada discos blancos de madera; se aciiéstran los aficionados. L a ilusión none parenté y frondosa, el caserío ele Sara. agitan y ondean desde los árboles como, banalas en los pies, que, nresurosos, emprenden Vinieron hoy unes cien cazadores. Diederas, trapos y pañuelos; desorientadas y largas y costosas camínalas. Los más prárti ron las seis menos cuarto, hora oficial del vacilantes, sin saber qué rumbo tomar, enfieos, y suelen serlo- mucho éstos vascos quü. sorteo, que preside un delegado del Ayuntalan hacia la dirección más ancha y fácil, por aquí, andan, no olvidaron bota y memiento de Eclialar. Se abona por cada que es cabalmente donde las acecha el pelirienda por lo. que pudiera ocurrir si no aguardo dos pesetas, y cuando por suergro. Una red de gran extensión y de estrees que de antemano dispusieren suculenta te quedan designados, no hay reclamación cho tejido se levanta como un alto muró, 7 otnida en el refuto- restaurante insfcila do posible. Cada tirador marcha a su puesto, en la angostura del obligado sendero. R á ¡unto al cazadero en las hosterías de Vera, y empieza la disciplina, que aquí es inexorapidas y veloces irrumpen las palomas sobre e, nz goznn de renombre. Quienes f: e- o; i ble. N o pueden hacerse cambios y mucho el boquete abierto en la montaña, y en aturafortunados en la cacería llevan orgullomenos tirar, en tanto que desde ia trepa dido revoloteo, chocando las unas con las sos, como preseas del combate, colgadas ai. no se dé la orden, porque llegando alguotras al dar con. aquella resistencia, que no cinto, las palomas, sin que tamooco falle nas palomas sueltas venga detrás alguna pueden vencer, caen y se derrumban. L a quien se vio forzado a comprarlas: para tío. banda o se esté trabajando con alguna otra, red se abate, y entre las mallas prisionera regresar a casa de vacío. pero también los palomeros no deberán t i está la caza. -M a s no crea usted eme pasnda Já garganrar las. redes cuando vengan palomas que Sobre, las que ágiles lograron escapar de ta de Eclialar consiguieron sono lleguen a cuatro, y en este caso las dela trampa, se dirigen entonces las escopetas, siego as palomas- -me dicen los ilustres guíj a r á n para los tiradores Así rezan las baque, mudas y malhumoradas, presenciaron puzcoanos Díaz Empalanzas- E n cada cises del Municipio y no hay sino cumplirlas la faena, y un tiroteo nutrido seco y áspero ma, en cada cumbre les espera otra nueva a la letra. E l contraventor pierde en el acto retumba en la escarpa. Así suelen cobrarse, embestida. E n el CefaWim. de Gestoría, eh. su escopeta. L a pasa de las palomas suele un año con otro, m á s de seis mil palomas, Mandubia, en el Hernio. en Aralar. N o hadurar dos meses, día m á s o menos, entre que los arrendatarios venden a 2,50 pieza. brá altura en toda esta tierra vasconavarra los de octubre y noviembre. Cuando sopla L a decoración y la escena cambian cuansin escopetas madrugadoras á e esperen el aire Norte, es segura la redada en este do es Sur el viento dominante. Con éste aire emocionadas Iá pasa de la palcrna. desfiladero de Eclialar. Vienen del Norte de no funcionan las redes; las palomas siguen Europa en busca del clima m á s benigno de su marcha al abrigo de la costa maritirna, y J. P O L O B E N I T O las regiones de Á f r i c a caminan en bandadas m á s o menos numerosas, pero nunca se realiza este viaje de invernada con eí orden jerárquico, con la táctica militar que llevan otras aves, las golondrinas, por ejemplo. Marchan casi siempre a favor del viento; andan lentas, y en bajo vuelo por la tierra amorosa y suave de la Vasconia francesa, como para cobrar fuerzas al ascender so- bre el macizo montañoso de la frontera. L o s palomeros, diestros y perspicaces, atisban desde lejos la dirección de las viajeras y tantean la distancia. E s t á n en su torre los franceses y en la suya los españoles; a me- dida que las aves se acercan, vanse levan- j tando las redes; ya está para sonar la trom- peta de aviso; ya entraron las palomas en: el gigantesco circo, empiezan a abatir el vuelo para ganar altura y poder más, c. Qr modanieníc atravesar el paso, y es en aquel- trance cuando retumba con ecos de estré- pito v fragor la voz de. los rederos j UÍsua. U. ss: a. Caen como flechas sobre 7 La. torre de los rederos franceses en Sara para dirigir la operación de la cacería con red. (Business Photo.
 // Cambio Nodo4-Sevilla