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VAYA UN MANDÓN Cuentan los viejos que, cuando E s p a ñ a tenía su imperio colonial, no había militar, empleado o comerciante que al venir de A m é r i c a no trajese un j i p i unos trajes blancos, varias cajas de puros, un revólver, una hamaca, algunas cañas para bastones y un pajarraco cualquiera de vistoso plumaje. Con esto, con unas arrobitas de mandanga, varias frast- s propias del léxico de allá y algunas canciones criollas, ya tenían suficiente para hacerse pasar por americanos durante iraa temporada, que solía finalizar cuando la faltriquera se quedaba l i m pia de centenes. Los habitantes de la pulcra, alegre y deliciosa Cádiz, especialmente la gente del puerto, contaban graciosísimas anécdotas relacionadas con los españoles americanizados que, tras muchos años de ausencia y larga travesía, pisaban (ierra española. U n buen amigo mió, gaditano almibarado y ocurrente, paseaba conmigo por los muelles del puerto una tarde en que llegaba el vapor correo de Guinea con un cargamento de tipos dignos de estudio y admiración. -Esto no es nada- -me dijo mi amigo- -comparado con lo que veíamos antiguamente a la llegada de los barcos de Cuba. Allí sí que venían tipos curiosos, equipajes originales y familias que le daban ciento y raya a la del tío Maroma. ¡Cuántas cosas que he visto en mi juventud podría yo contarte, amigo M e n i p o! -Refiéreme alguna, que a ú n no es tarde. -Allá v a Cierto día en que desembarcaba un americano, con el loro de rigor, me contó un amigo un cuento que no digo que sea verdad, aunque aseguro que no está exento de gracia. Parece ser que un comandante, casado con una señora de esas que llaman de alivio de luto, charladora impenitente y con un carácter endiablado, tuvo que marcharse a la Habana para no matarla, dejándola establecida en su casita de Alcalá de H e nares. Terminada su campaña en América, que duró seis años, se dispuso a volver a la madre Patria, pero a última hora resultó que le puso pereque una mestiza con la 1 cual había tenido sus más y sus menos, llegando el escándalo hasta tal punto que le impidió tomar el barco. Entre lo que pensaba traer figuraba en primera línea un magnifico loro, a- quien llamaban Castelar. Su modo de hablar era grosero y su repertorio inagotable, figurando en él algunas blasfemias y no pocas palabras malsonantes. Y a que el militar no podía volver de momento, le envió a su señora, para calmarla, como feliz presente, el lorito de marras, que había de traer y entregar con cierta solemnidad, como el regalo exigía, un cabo licenciado, gato legitimo, más castizo que la plaza del Rastro. E l lorito fué la delicia del pasaje de tercera durante la primera parte de la travesía, pero llegó un momento en que resultó insoportable, especialmente para las mujeres, a las que traía atribuladas con sus palabrotas indecentes. S i n duda hubo alguna que no lo (pliso sufrir más, y una buena mañana apareció la jaula abierta, sin loro ni cosa que se le pareciese. Aquí fueron las tincas del cabo, que, aunque no iba a volver a ver al comandante, quería quedar con él regularmente. Llegado a Madrid trató de comprar un loro en la plaza de Santa A n a famosa por sus tiendas de pájaros, pero como le pidieron un capital desistió de ello, comprando por cuatro cuartos un p á j a r o extraño, de pico corvo y ancho rostral, que un amigo se encargó de pintarrajear, marchando orgulloso con su dorada jaula a la patria de Cervantes, si bien tenia algún temor de que le descubrieran la superchería. -Aquí tiene usted- -le diio con mucha seriedad a la señora- -el regalo que le traigo de parte de mi comandante. ¿Q u é pájaro es éste? i- -U n loro de Veracruz. ¿U n loro? ¡M e parece muy r a r o! -Sí, s e ñ o r a un loro de Veracruz. mixto en calamelí, de la raza legítima de los charladores de pico de oro y vistoso plumaje. ¡Como que mi comandante, con lo rumboso que es le iba a mandar a usted una cotorra cualquiera! Calcule usted, mi señora, lo que hablará, que le han puesto por. nombre Castelar. En el correo siguiente llegó nuestro hombre a Cádiz, trasladándose rápidamente a. Alcalá de Henares, donde vio con gran sorpresa que el loro no estaba S E casa; -i Y el loro? ¿Dónde está CastelarT íj- ¡En el infierno! -contestó la esposa. (Con extrañesa. ¿En el infierno? ¿Pero es que se ha muerto? -No. Lo regalé al trapero con jaula y todo. (Con indignación) ¿Que has regalado a mi Castelar? -Sí. ¿P o r qué? ¡Con lo bien que hablaba! -1 Que hablaba? No, señor. Ni hablaba ni dejaba hablar, que es lo peor. Y a mí, en mi casa, no me manda callar nadie, y, mucho menos un pajarraco, por muy americano que sea. ¡Vaya un mandón! Como ya te he dicho, lo eché a la calle porque de puertas adentro no me manda callar nadie y hablo lo que me da la real gana. -Pero ¿cómo no te dejaba hablar? ¿E s tás loca? -No estoy loca, no: le decía algo para que rompiera a hablar, y en seguida salía él haciendo así, muy suavito: como si le molestara lo que yo le decía. Venía una amiga cualquiera y empezábamos a charlar; al momento salía el Que nos disponíamos la criada y yo a echar las cuentas del día. Y a se sabía: el maldito loro nos salía al paso con su siseo de siempre. ¡Joroba! ¿Cómo iba yo a aguantar eso? (Con energía. Lo di al trapero y me quedé como perro que le quitan pulgas. Ya lo sabes. (Pensativo y entristecido. Q u é cosas pasan al atravesar el charco! Yo ya sabía que el vino se estropeaba al pasar el mar, pero no sabía que los loros se quedasen mudos. -Señor- -dijo la criada, interviniendo en la disputa con algún temor- yo no quise decir nada cuando trajeron la jaula, pero lo que venía dentro de ella era una lechuza. ¿Una lechuza mi Castelar? -rugió el americano. -Sí, señor; una lechuza. Si las conocerá ra i novio, que es sacristán de monjas. MENIPO El Estatuto gallego. Se ha verificado estos días en Santiago de Com postela una Asamblea regional para tratar del Estatuto de Galicia. Aspecto parcial de la concurremw íMüto Ksado.
 // Cambio Nodo4-Sevilla