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Ie lo que puede parecer a simple vista, y se presta a una hondura de reflexiones, í ¡ue los expertos en ellas nos expondrán un día, seguramente. ¡Como el charol, señorito! Esta promesa que nos hace el buhonero del brillo acaba por c o n v e n c e r n o s casi siempre, y explica una afición a lo que reluce que nos coloca al nivel de las alondras, y que los sajones- -demasiado severos, probablemente- -consideran como de gusto negroide. Tenemos la seguridad, por ejemplo, de que para todo Glasgow, puerto e m á s! de un millón de habitantes, hay un solo limpiabotas, cuya desocupación puede observar cualquiera que descienda a la cripta de los lavabos en la Estación Central. Y aouel hombre, en realidad, no es un limpiabotas, sino un rubio subvencionado por el Pastado con la misión de demostrar al mundo que un británico fracasa siempre e n tareas impropias de su raza. Exagera un poco e 1 Imperio al obligar a aquel gentleman a que crea que lo que debe llenar de betún y frotar con la bayeta son los calcetines... Indudablemente, existe un abismo, una distancia incalculable de temperamento y de mentalidad entre los países que creen que la bota debe adquirir categoría de joya con el centelleo, y aquellos otros para los cuales no es sino un pedazo de pavimento, que las necesidades del traslado les obligan a llevirsc consigo. E n I n glaterra los cafés tienen terraza. L o s consumidores no se desbordan por las aceras. Esto se ha explicado Ei buen aficionado al charolado vigila estrechamente la obra del limpiabotas, y a veces, cuando es un m u c h a s veces por el O Í de esta emoción, la dirige. (Foto V. Muro. clima, que no permite fantasías de exterior, y por l a falta de Mientras nos ponemos de acuerdo en si pañoles son un ejemplo transeúnte de honespudor que exhibe el que derrocha sus r i el desdén hacia el brillo en los pies es una tidad industrial v una prueba clara del alto quezas en tiempo íjue perder, a la vista característica de los pueblos que se creen destino que nos está reservado si conseguide los que se afanan en la. calle. Pero la más civilizados o es todo lo contrario, el mos todos, en r, estro oficio, igual constanverdad es que no hay terrazas de café, rmundo eníero tendrá que reconocer que E s- cia e idéntico artejo que entre todos los clientes que pudiera repaña es un país en que los limpiabotas coNosotros mismas, ahora, debiéramos tener clutar Inglaterra para este fin no podrían nocen su oficio y lo practican con una tenala seguridad de que este artículo es perfecto; ofrecer a la admiración del transeúnte n i cidad v una maestría que no se da sino la misma seguridad que tiene el limpiaboun solo reflejo en un solo zapato colgante. raras veces en otras actividades de l a vida tas, al iniciar su tarea, de que su tarea queTenemos que reconocer- -todavía no sabemos nacional. dará como el charol, señorito... Y sin emsi como elogio o como censura- -que la ilubargo, dudamos. Dudamos, porque no hemos minación del calzado sólo se. admite en I n Son legiones de enceradores de cuero, sellegado a la maestría absoluta en lo nuestro glaterra con un fin práctico: en las botas dentarios y nómadas, los que a cada momen- -pasa en casi todo l o mismo- -como esas de los pólice juen, por ejemplo, recargadas to nos invitan a caminar sobre peana refullegiones de contumaces del lustre que dan de centelleos para aumentar, probablemente, gente, y los que; llegado el caso de aceptacategoría a un país. a visibilidad de su función entre l a bruma. ción de servicios, cumplen su promesa con precisión matemática. Los limpiabotas, esJ, M I Q U E L A R E N A
 // Cambio Nodo4-Sevilla