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H a b í a leído- muchas veces el rótulo de la misma zapatería, y el de l a misma bisutería, v el de la misma m e r c e r í a E l Chapín de O r o E l Cisne A z u l A l Buen T o n o ¡O h que delicia, l a delicia del pequeño industrial! P e n s ó él. Comenzó a llover agua fina, y c o m e n z ó la noche á quedarse sola en sí misma, sin r u i dos, s i n t r a j í n con su propio aliento. E l hubiese querido a c o m p a ñ a r a l a noche toda la noche; pero lá lluvia le había enfriado y tiritaba como si le dominase una fiebre alta. Buscó el refugio de su alcoba en la pensión, y aun por no ceder se asomó a la calle, sucia de un barro que a la luna parecía barro de ceniza... Asomado al balcón aliviaba su soledad: no le p a r e c í a estar tan solo así que m á s dentro de aquel cuarto alquilado, hostil a toda intimidad. N o quería acostarse para evitar aquel tormento de las noches pasadas, en que se creyó tumbado sobre un colchón de vidrios: tan d i fíciles y tan amargos eran sus pensamientos... P e r o el frío, aquel maldito frío que se había apoderado de su persona como si pasase por sus huesos una corriente eléctrica, le obligada a buscar el abrigo de la cama. Se desabrochó el zapato izquierdo, luego i n t e n t ó hacer l o mismo con el zapato derecho... pero el Cordón del zapato estaba ligado en un fuerte nudo, que en vano intentaba deshacer... P o r primera vez, desde hacia largos meses, su pensamiento salía de la negra cárcel de su cabeza para atender a otra preocupación la de aquel nudo rebelde que se resistía a todos sus intentos. Sentado al borde de la cama, inclinado el busto sobre las rodillas, sus dedos se engarabitaban sobre el cordón del zapato, intentando, con inverosímiles pellizcos, encontrar el punto exacto ele su deshacer... Todos los esfuerzos se hacían inútiles. Después de cada ataque, descansaba, agotado, para reanudar al cabo de algún tiempo g. encontraba en! a calle como definitivamente desahuciado de la vida. Como el recluta recién licenciado en la puesta d d cuartel, se creía u n hombre de otra especie. Y a sin misión... Y el caso era que amaba la. vida y en su juventud h e r v í a n todos los deseos. Pero, ¡a y! ¿Y los fracasos? ¿Q u é iba a hacer él con todos sus fracasos? E n medio de l a calle, encima el licénciamiento de todos aquellos sitias en donde hubiera querido encontrarse, y anclando como si le empujaran por ia espalda, toda la clase de despidos que s u f r í a de amor, de fami ia, de negocios, de amistad... S í y s í estaba desahuciado y en ridícul o Como si en el inundo todos fuesen m i litares y él el único paisano... Sentía en sí mismo lo que deben sentir esos enfermos alegres y fuertes diagnosticados por el m é dico de enfermedad mortal, con la razón inclinada a la fatalidad, con el corazón i n clinado a la esperanza. N o había tomado ninguna resolución, pero su aspecto era el de quien se marcha a un largo viaje sin. retorno. Involuntariamente su mirada era de despedida... Adiós, decía con los ojos a los faroles de gas; a los á r boles verdes que presentían y a el o t o ñ o a las muestras pintadas de los comercios baratos del b a r i o a las altas nubes eme n a vegaban sin rumbo; a l a luna simpática... P a s ó Loras enteras hilvanando y deshilvanando camino: no iba a ninguna parte. Hubiese querido a l menos, fingirse a sí mismo que iba a alguna parte, pero no podía. Definitivamente era ese hombre de la calle que. no refleja l a menor sombra de hogar; con esa condición humana de los mendigos que ruedan infinitas veces l a misma glorieta hasta encontrar el banco o el quicio del sueñ o L a misma condición animal de los perros que dan vueltas sobre sí mismos, basto hacerse un ovillo sobre el pequeño círculo de su s u e ñ o ¡A y su sueño perdido! S
 // Cambio Nodo4-Sevilla