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luminosidad misteriosamente oscílaute. L u e go se precisan, las pléyades eternamente unidas como maravillosos focos de cobalto, que las vieron ios indios y los puteas, los griegos y los hijos de la inmor tal Babilonia, semejantes a perlas maravillosas; engastadas en un trozo de azulino cristal, pero que en realidad son enormes globos de fuego centenares de veces m á s brillantes que nuestro Sol. Se distingue ahora, bella y loca en su intenso centelleo, una de las estrellas más brillantes del ciel o Aldebarán. U n poco m á s lejos aparecen las movibles Hydas. Para ser luego Orion, como un portentoso trapecio adornado con tres perlas de nítida blancura. Como una faja que ciñese la brillante vestidura del cielo, se destaca la Vía L á c tea, adornada de centenares de millones de estrellas, que son otros tantos mundos i n candescentes. Venus, el lucero. de extraordinaria hermosura, que gusta de los bellos atardeceres 3 de los amaneceres dulces y limpios, se presenta como un mundo muy parecido al nuestro. Es un peregrino errante, gustador de emociones, en la azul esfera del cielo. Mercurio, tan enamorado está del Sol, que sólo aspira a acurrucarse, empalidecido, entre los- suntuosos pliegues de su luminoso manto. Mientras que Marte gusta de aparecer con su brillo sanguinolento y fatídico y J ú p i t e r se esconde hoy en una suave luz, que contrasta con la de otras veces que lo convierte en la más brillante lámpara del firmamento. Saturno, con su serenidad de esfinge, ostenta orgulloso su inimitable luz, y un planeta, rompiendo la aparente quietud de las estrellas, se destaca en un desfilar rápido, dejando tras sí una estela de ígnea luminosidad, que acaso haga murmurar a algunas almas dulcemente sencillas: ¡U n alma que vuela al cielo 1 L a Luna es como una lejana y silenciosa hoguera, de blancura deslumbrante. Y una estrella fija y quieta señala el hondo e indescifrable misterio del Polo Norte. Es una maravilla de suave luz, la diamantina esfera del cielo. Las estrellas son como enormes brillantes engarzados en una finísima tela azul. Y el alma sueña perdida en lo infinito, mientras que nuestra voz, temblorosa de honda e inefable emoción, tiene un solo murmullo: -S e ñ o r Mi alma para tu alteza nació... r Con los ojos en el telescopio, fui ascendiendo hacia- lo infinito. (Fotos Duque. con los miles y millones de kilómetros que dista de nosotros la estrella m á s p r ó x i m a? L a luz de las estrellas fué desconocida en su verdadero valor e intensidad hasta últimos del siglo pasado. L a base de todo descubrimiento se debe a una combinación de cristales y espejos y a infinitas deducciones, ya que nosotros, guiándonos por nuestra exploración directa, nos limitaríamos al examen de las cinco mil estrellas que llegan a nosotros a simple vista. L a primera impresión que se recibe al caminar hacia lo infinito es l a de una dulce embriaguez de intensa luz. Las estrellas aparecen cual maravillosos diamantes en- ¡garzados en nítido cristal. Mientras que las nebulosas, con sus millones de astros, pa- j recen una brillante nube bordada de luciér- i nagas. Las estrellas, a medida que los segundos pasan, van destacándose en poderosos y parpadeantes centelleos y en infinitas irisaciones, que semejan otros tantos joyeles dé azulinos destellos. P o r algunos momentos, una nube finísima y bellamente ondulada ¿no habéis observado la tendencia d la Naturaleza a ondularse? Recordad l a c a r a o terística de las arenas del desierto, las aguas del mar y de los ríos, las nubes, que en el aire fingen a veces innumerables conchas yuxtapuestas- -va deslizándose por el cielo, sumiendo Jas estrellas, que quedan al fondo en suaves claroscuros, tragados pojf una BLAKCA S I L V E I R A- A R M E S T O En el cielo, las estrellas son como maravillosos diamantes engarzados en nítido cristal.
 // Cambio Nodo4-Sevilla