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P o r la. noche también, se verificó el acto m á s culminante de la c o n m e m o r a c i ó n el banquete monstruo, que reunió en cordial camaradería a los infantes de todas las guarniciones, y con el cual se i n a u g u r ó la nueva estación del Mediodía, recién construida. E l vasto recinto que cubre l a inmensa montera de hierro y de cristales, aparecía iluminado por catorce focos de arco voltaico- -gran novedad en aquella época- y tanto el anchuroso testero del reloj como los muros laterales se hallaban vistosamente adornados con soberbios tapices de la Real Fábrica, plantas exóticas y los atributos de las diferentes Armas, predominando los de la I n f a n t e r í a l a Reina de las batallas L a s cuatro largas mesas, dispuestas en la dirección que ocupan los andenes y capaces para m á s de trescientos cubiertos cada una, perpendiculares a l a presidencial, también enorme, y en la que ocupó el puesto de honor el inspector general del A r m a B Fernando P r i m o de Rivera, ofrecían sorprendente aspecto, siendo el banquete m á s numeroso que hasta entonces se había celebrado en M a d r i d A él asistieron mil quinientos comensales, y, confundidos con los infantes, los invitados de las otras A r mas. Los generales P r i m o de Rivera, B o rrero y Salcedo pronunciaron brindis llenos de emoción, y la fiesta, que dio principio a las ocho y media, tuvo su t é r m i n o después de las once, no prolongándose m á s por i m pedirlo la glacial temperatura, nuesto que, a pesar de las numerosas estufas, el frío de una de las m á s crudas noches de d i ciembre, en la imposibilidad de. tapar el enorme boquete que da acceso a las vías, aumentaba por grados y resultaba temeraria empresa desafiarlo por m á s tiempo. E l día o hubo en San Francisco solem- nes honras fúnebres por los compañeros fallecidos, y al día siguiente se realizó una animada expedición a A r a n juez para v i s i tar el Colegio de Huérfanos, en la que participaron con las representaciones oficiales, los agregados militares extranjeros, sirviéndose un espléndido banquete, después del cual los colegiales realizaron diferentes ejercicios, dándose así por terminada la fastuosa conmemoración. Ei cumplimiento del deber. S i n insistir en lo que ha constituido el nervio de este trabajo, invito al lector a que medite unos instantes acerca de lo que significa para el soldado y para el marino e. l culto de la espiritualidad, que se puede simbolizar juntamente en lo que representan la bandera, el crucifijo, el escapulario y el retrato de la madre o de la mujer amada, tanto en el combate como en la soledad del campamento o de los mares. Sobriamente he de referir un hecho que aquí encaja a maravilla, y que presencié en la primavera última, a bordo de uno de nuestros mejores buques de guerra, anclado en un puerto del litoral. Después de ser amablemente recibido por el contraalmirante y por el comandante del barco, ilustres marinos, de cuyas atenciones g u a r d a r é eterno recuerdo, recorrí, acompañado del último, los ¡diversos departamentos, desde la torre de mando hasta las menores dependencias. De vuelta en la cámara, una de l a s m á s lujosas (por circunstancias especialísimas) de la escuadra, y en la que se improvisó un cortés agasajo, elogié el orden admirable del buque y la suntuosidad del recinto: maderas talladas, hermosos damascos, bronces, muebles de exquisito gusto y preciados volúmenes, por los que siempre sentí especia! predilección. E n el dormitorio del contraalmirante advertí que en lugar preferente, junto a la cabecera del! e. iio, se hallaba una modesta e. stampita de la V i r g e n del Carmen. -E s t a es m í a- -m e dijo el atezado lobo de mar- me acompaña en todos los barcos. Igual observación pude hacer a! visitar la cámara del capitán. Momentos después, y apoyado en la borda, conversaba yo con éste acerca de la vida azarosa del marino de guerra, consagrada por entero a l a P a tria y al cumplimiento del deber, a costa de innumerables sacrificios y renunciaciones. (Hubo un momento, al hablar de. esto, en que advertí que su semblante curtido se ensombrecía y que se empañaban ligeramente sus ojos. -H a y muchas cosas- -me dijo- -que los hombres de tierra no pueden comprender. Supe luego que su m a d r e h a b í a fallecido ocho días antes. L a víspera de su muerte pudo visitarla por última vez, pero recibió orden de embarcar con rumbo a otras aguas, y l a fiel, sumisión. a la disciplina le p r i vó del consuelo de recibir su último suspiro. Entonces sí que comprendí muchas cosas. Algunas de ellas han servido de guía a mi pluma para trazar las líneas que anteceden. E n estas postreras, y en el solemne día de la Reina de los Cielos, me permito d i rigir un saludo lleno de emoción al español caballeroso que tan cordial hospitalidad me dispensó a bordo de su barco, uno de los días de la última primavera, en un puerto del litoral. A. RAMÍREZ TOME JBase de belleza ww Protegido con los finos aceites del Heno de P r a v i a ei cutis es mármol por su tersura y flor por su delicado perfume. U s a d o con m é t o d o y constancia, este jabón neutro, de suavidad exquisita y aroma i n c o n f u n d i b l e es ¡a b a s e PASTILLA, 1,30 mejor para cualquier t r a t a miento de belleza. El presente y el porvenir del cutis.
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