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OJA es el m á s bello pueblo de l a provincia granadina. Ciudad, dice su escudo, que está adornado con la dorada leyenda que ¡e donó una R e i n a Loja, flor entre espinas E l r í o Genil corre a los pies de su moruna Alcazaba, y sus veneros de aguas son tan famosos como su vega, que es como un grito eterno de primavera alrededor de l a sierra bravia, en cuya falda se aduerme el caserío con esa modorra sensual y bendita que produce el cielo incomparable de Andalucía. Tiene el cronista el deber, que es privilegio de emociones, de visitarla todos los años, en esa época de los abundosos péjugales, cuando el fruto de l a tierra se derrama, como otro río, sobre sus campos. Desde el tren ya se vislumbra el mago hechizo de su hermosura, cobijada al amparo de sus tres campanarios cristianos, que recortan sobre el fondo azul de la serranía sus cruces inconmovibles. L o j a Medina L a u x a de Boabdil, tiene un bello paseo solitario cercado de pomposos jardines; un puente sobre el r í o suntuosas casonas a n t o ñ o n a s callejas pinas de alegres casas encaladas y un Palacio- Ayuntamiento, envidia de e x t r a ñ o s y orgullo de lojeños. Tiene un Asilo de ancianos allí donde l a ciudad termina, desde donde se admira de noche a L o j a iluminada, desde donde se contempla mejor el misterio de las estrellas y desde donde también se siente m á s hondo el silencio de l a noche embrujada. A l a izquierda hay un humilde senderillo, que lleva a los pies mismos de un m i lagroso nazareno. L a fuente de los veinticinco caños está cantando eternamente su atropellada melodía, y al otro lado del r í o los árboles apretados del Aliatar maravilloso ponen una nota de juvenil sonrisa al barrio triste de San Francisco. M á s lejos a ú n las aguas torrenteras de su Rincón del Infierno nos hacen al alma cartuja como si se estuviera ante el misino Dios. P o r encima de tanta belleza vuelan a veces las notas de ó r g a n o de las campanas de la iglesia mayor, de S a n Gabriel y Santa Catalina. L o j a es célebre, además, porque en ella nació un ilustre soldado. Bajo su cielo y al arrullo de las campanas de sus torres discurrió la infancia de N a r v á e z en aquellos días en que el suelo de E s p a ñ a estaba manchado por los pies de los franceses. F u é aquí también donde t r a n s c u r r i ó su juventud, cuando por de su liberalismo quiso ser labrador mejor que traidor a sus ideales en l a é p o c a del despotismo absoluto de Fernando. M á s tarde, cargado de honores y de fama, aquí venía a descansar de las intrigas madrileñas, y otro día, el ü l timo, llegó, según su deseo, y a muerto, para ser enterrado en este A s i l o que está al borde del camino maravilloso. Pocos h a b r á n amado a su tierra nativa como este hombre de vida discutible, de amb i c i o n e s desmesuradas, de carácter violento, y de tal empuje para hacer su voluntad. Acaso sea preciso enjuiciar sus actos serenamente; tal vez h a b r á que vigilar sus acciones como político. F u é malo y bueno, como se debe ser en l a vida. Tuvo, sin duda, arbitrariedades y cometió enormes i n justicias; tuvo erro- res y aciertos magníficos, y hasta contaminado del ambiente de su época, fué sanguinario, aunque lio el único en su tiempo. E l mismo l o decía al sacerdote en su l e cho de muerte, dando muestra de aauel car á c t e r indomable que PUERTA DE ENTRADA B E L PALACIO DE NARVÁEZ EN LOJA, H O Y A Y U N TAMIENXO DE AQUELLA CIUDAD L NARVÁEZ, ARRESTADO UNA VISTA DEL PALACIO DE NARVÁEZ lo caracterizaba: No tengo enemigos, porque los he fusilado a todos E s lo cierto, sin embargo, que su patriotismo no puede ponerse en duda. F u é un soldado de E s p a ñ a que puso su esfuerzo y su bravura al servicio de las ideas liberales, logrando desviar el cauce de absolutismo, por el que se hubiera encaminado l a vida española. Como tampoco puede dudarse de su inenarrable amor por l a ciudad donde vio l a luz primera. Todo grande hombre tiene sus debilidades. E s bien fácil comprobarlo leyendo l a Historia. L o s m á s grandes prestigios y las voluntades m á s fuertes se han abatido, en ocasiones, ante los caprichos de una mujer o un niño, y N a r v á e z no podía ser una excepción. S u gran amor fue L o j a Allí se retiraba para- descansar de sus luchas guerreras o políticas, abandonando su alta j e r a r q u í a y su vida esplendorosa de cortesano. E n pleno Consejo de ministros inter r u m p í a las discusiones para recordar que en la hora aquella se estaba celebrando en su pueblo una fiesta popular de Semana Santa, y en medio de su emoción se traslucía el afecto y l a dulce nostalgia de su tierra. Muchas fortunas de L o j a tienen su base en la prodigalidad de N a r v á e z U n A s i l o de ancianos dejó fundado, para cuyo mantenimiento legó cinco cortijos de su propiedad. E l suntuoso palacio de su nombre, que se alza en l a Carrera, fué edificado para dar trabajo a sus paisanos. H o y está instalado en él el Ayuntamiento de l a República. Cuando t e r m i n ó las obras, que duraron varios años, emprendió otras, y cuando acabó estas transportaba los á r b o-
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