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S todas sus actividades y sus cualidades, era un hombre espléndido, y a su esplendidez debía la atmósfera de admiración que le rodeaba y aquella popularidad que seguía a su persona como un per. ito faldero... Nadie era tan espléndido como él, y por eso gozaba de un prestigio singular que le convertía en príncipe de tacaños. Sí. Cuanto más tacaños eran los amigos, más le querían y adoraban. E l era como un santo cargado de virtudes en medio de una sociedad corroída por el pecado. Así, su sola presencia entre las gentes- -lo mismo que la del santo- -tenía una ejemplaridad admirable, que incitaba a la imitación: Pero. ¡Es tan difícil imitar al santo... ¡E s tan difícil imitar a! hombre espléndido! Para ambas cosas se necesita sentir en la propia sangre la gracia infusa que mantiene en el sacrificio y la heroicidad, contra vientos de fuera y mareas de dentro. Porque... La esplendidez es terrible cosa aue lleva en su entraña la bancarrota de sí misma... portille se hace imposible en el mismo punto cumbre de su gloria: cuando, ofrecido lo último, se agota su esencia y ya no puede subsistir. E l sabía bien esto, pero dejaba libre su naturaleza que lo impulsaba ciegamente a la ruina, unto a él, siempre tenía un grupo nutrido de tacaños admiradores, que le servían de peana para realzarlo, y, su vida- OBRE aparte sus actividades y sus cualidades- -sólo era una superación constante de esplendideces. Los otros espléndidos, ante la imposibilidad de competencia con aquel campeón, le atacaban con calumnias e insidias de toda especie: N o es un hombre espléndido- -decían- es un hombre loco, un pródigo que se debería someter a tutela, como ha previsto el Código... Porque, i qué va a ser de sus padres, de su mujer y de sus hijos? Y ante la respuesta de cualquiera de sus incondicionales S i no tiene padres, ni mujer, ni hijos los espléndidos, derrotados, añadían sin ceder: Pero, ¿no tuvo padres? ¿Y el día de mañana? acaso ¿no puede tener el día de mañana mujer e hijos? Contra estas murmuraciones- -propias de toda fama- el hombre espléndido era el orgullo de la ciudad. N o en balde su presencia significaba en todas partes el gesto heroico de derrochar lo que de ordinario se substrae al propio gusto y regalo de los demás para poner a salvo el día de mañana y apuntalar ese puente incierto que se llama porvenir. i Qué maravilla de hombre, el hombre espléndido, cuando desde su mesa del café indicaba al camarero con un solo ligero gesto que todo el gasto del local corría de su cuenta. O cuando compraba media plaza de toros en las tardes del torero favorito, y cuando se llevaba enteros los puestos de ño- res y los escaparates de las dulcerías en los populares santos femeninos... ¡Y cómo el estanquero que le proveía se adelantaba a enviarle las remesas de puros que conmemoraban los más leves acontecimientos de su existencia! Con el tiempo- -a medida que se acercaba la ruina- -crecía el número de admiradores como creceii los prosélitos con la predicación, y la resistencia de aquéllos, que no cedían a las liberalidades del hombre espléndido, se debilitaba más y más, porque todos comprendían, al fin, que eran de aquélla forma más tacaños que los otros tacaños. ¿No es más tacaño el que practica la doble tacañería de dar y recibir... Además, el honrbre espléndido contagiaba su virtud; por eso, aunque los otros en su presencia fuesen tacaños, a sus espaldas reflejaban cierta esplendidez contagiada... Ocurría lo mismo que ocurre con los discípulos del maestro: ignorantes ante él, sabios a sus espaldas. Como era inevitable, llegó el momento de la quiebra, y el hombre espléndido se encontró un día con el último billete que su repetido juego de prestidigitaron había conseguido sacar de las arcas subterráneas del Banco... Le pareció increíble, y quedó ató- nito cuando le devolvieron el talón extendido por su mano. Era la primera vez que le fallaba el juego de magia de llegar al Banco con los bolsillos vacíos, y, gracias al truco de su talonario, salir con los bolsillos henos... Tuvo esta vez que resignarse y rtcti-
 // Cambio Nodo4-Sevilla