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ficar la cantidad solicitada, última cantidad para su esplendidez famosa y primera para su futura miseria tacaña... Pero como estaba dispuesto a sucumbir en las trincheras de su fama, se dispuso a celebrar con sus amigos la próxima ruina. Igual que el soldado que canta alegramente antes de disparar sobre sí el último cartucho. Salió del Banco silbando un vals de moda y enfiló la calle recta que conduce al cafe de sus preferencias. Socorrió con cinco pesetas a varios mendigos, y por unclavel dio a una florista un billete de veinticinco... ¡Jamás se vio mejor disposición para entrar en la pobreza... Sin embargo... Y a cerca del café, cuando sólo faltaban unos pasos para llegar, se tropezó con ella... Con aquella huérfana cargada de millones que vivía en e más viejo palacio de la ciudad y en cuyos ojos él siempre había visto la llama de admiración más viva e incondicional a su persona... Aquel día el hombre espléndido no pudo resistir a la tentación de amor y siguió detrás de la muchacha que parecía arrastrarle para el cumplimiento de un compromiso superior a sus voluntades... E l quedó después del paseo bajo los balcones de la huérfana contemplándola, allá arriba entre los visillos, embutido en una interna repetición de gracias: Hermosa... Buena. Y estoy seguro de que me quiere cómo jamás me querrá otra mujer... E l pero d é l a dificultad surgió no obstante en su pensamien; to Pero su fama. ¡Oh, su fama! Su fama lo haría imposible todo... Se resistía a creerlo. E l idilio que se inició a poco le demostró ser cierta la fama temida: ella era efectivamente tacaña, tacaña hasta extremos imprevisibles para una imaginación como la del hombre espléndido L a riqueza de la huérfana era la consecuencia de tres generaciones de tacaños acumu ados en su persona y la herencia había perfilado y pulido en ella el instinto de la tacañería de tal forma que se hacía imposible comprender la conducta de, aquella muchacha entregada al ciego ahorro como si su caudal fuese sangre de sus venas... Con el mismo cuidado con que se restañaría la sangre de la más leve herida, así contenía ella el fluir hacia fuera a que tiende de natural el dinero... Y Aunque fuese inexplicab e ambos se querían, con un amor desbordado de nuevos fieos del amor... Porque ninguno conocía otra pasión con anterioridad a aquélla que los había unido en perpetua contemplación. Ellos se miraban a los ojos como intentando cada cual descifrar el misterio del otro. Misterio de esplendidez y tacañería, contrarios y lejanos desde sus naturalezas distintas, pero que los subyugaba empujando al uno inevitablemente contra el otro... Eran enemigos, pero enemigos de una misma alcurnia, que sabían comprender el va or del contrario, y sus manos opuestas, símbolo de la abierta prodigalidad y la cerrada tacañería, sabían acariciarse y completarse como no hubieran podido conseguir en el término medio de una imperfecta afinidad. L a noticia de aquel amor cundió con escándalo por la ciudad y avivó los comentarios más apasionados y opuestos... ¿Quién sería capaz de comprender la verdad? ¿Acaso, existía alguna verdad... ¿Era aquel amor la primera grande y única tacañería del hombre espléndido? ¿Sería acaso un amor sincero complacido y recreado en su ceguera... ¿O tal vez la sabia compensación de dos naturalezas dislocadas que encontraban en el polo- opuesto el buen centro de equilibrio? Cada cual podía pensar a su manera, lo cierto era que ellos se querían y se animaban mutuamente a exaltar la propia condición, y así, a medida que el hombre espléndido derrochaba más y más por gusto de la mujer tacaña, la mujer tacaña se entregaba con mayor fuerza al ahorro animada por el marido espléndido... Se cumpla en ellos la teoría de los vasos comunicantes que nivelan su contenido, y por esto, ambos iguales y contrarios, ei uno frente al otro, quedaban en reposo l i bres de las bancarrotas y molestias de sus condiciones por separado. 1 SAMUEL (Dibujos de Echea. ROS
 // Cambio Nodo4-Sevilla