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P A L A B R A S A L VIENTO Goethe y las mujeres A vivir en nuestros días y a ser conocidas sus peripecias sentimentales, Goethe no podría pasar a nuestros ojos por un hombre serio. L a moral corriente lo reprobaría por libertino. Lo que asombra es que, habiendo pasado sin interrupción de un amor a otro, desde la adolescencia a la senectud- -recuérdese que Ulrica se prendó del poeta cuando este había traspuesto los setenta años- las absorbentes exigencias de su temperamento le dejasen el vagar necesario para la realización de una obra tan extraordinaria y copiosa. N i la tensión dramática de la época en que vive, sintiendo el fragor marcial de la epopeya napoleónica, ni sus preocupaciones filosóficas, intensamente austeras, hacen olvidar a Goethe la mujer. E n cuanto el azar le pone cerca de una de ellas, contal de que sea agraciada, el poeta se turba, pierde la serenidad interior y se precipita, sin ¡precauciones, en la aventura. L a erotomanía, ¿será una de las propiedades del genio artístico? L o pregunto porque a lord Byron, a Chateaubriand y a Wagner les pasaba ¡algo análogo. No podían resistir la influencia femenina. ¿Será que, en efecto, la mujer merece que la consideremos como la obra maestra del Creador? Todo artista es presa fácil de la tentación amorosa. Es sensual, apasionado y voluble. ¿Necesitará de esa reinovada experiencia erótica para el equilibrio de su talento? No se recuerda ningún gran artista que pudiera optar a una justa reputación de casto. Entrar en sus vidas es extraviarse en un dédalo de historias, breves o largas, en las cuales no hay otra heroína que la mujer. Su moral nada tiene de común con la que acatamos los seres adocenados: es personal. Goethe, Byron, Wagner y D Annunzio se conducen en el amor con una libertad que solamente el genio substrae al vituperio de las personas normales. ¿Obedecerán a tendencias fatales más fuertes que ¡a reflexión? ¿Será ese vandalismo del instinto sexual como una válvula de expansión de fuerzas que, reprimidas, alterarían el funcionamiento de otras facultades más nobles del artista? Nuestra curiosidad, en presencia de esos fenómenos tan frecuentes, se siente unas veces despistada y las más defraudada. ¿Cómo opera el espíritu en sus ¡horas de alumbramiento? ¿Desentendido de la materia o de acuerdo con ella? Es imposible invadir la historia íntima de esos hombres sin experimentar escalofríos. ¡Qué desenfado para ir al encuentro de lo que les atrae! ¡Qué magnífico desprecio de la opinión ajena! Son, en el terreno sentimental, verdaderos anarquistas, que sólo recobran la ponderación y la dignidad cuando crean. Y en todos el frenesí de los primeros momentos va seguido, indefectiblemente, de la misma inconstancia. Se parecen a los niños, que destruyen hoy el juguete que les deslumhró ayer. De tarde en tarde, uno de esos genios señala, con su castidad, el contraste con la exuberancia erótica de los otros. U n día es Dante, el poeta teólogo, que diviniza la materia del amor. Otro día la vida. nos pone ante el ejemplo de anacoreta literario que representa Flaubert. E n el autor de la Divina Comedia, el amor es la emoción que dura. Es una llama espiritual destinada a alimentar una existencia. E n Flaubert el amor es un instrumento de trabajo: la vía por la que va su curiosidad al enigma psicológico que quiere penetrar. Pero, en general, el artista es, sensualmente considerado, un opulento y un insaciable, a quien ni la misma vejez cura del todo. ¿Qué higiene o qué terapéutica hay para esas incontinencias y esos desenfrenos del apetito de vivir? ¿La fatiga física? ¿El agua fría? ¿El ascetismo? ¿Los anafrodisíacos que prescribe el médico en forma de substancias hipotensoras o sedantes? Lo peor es que la mayoría de ¡los que sienten ese su erdinajnismo ejráticp lo cultivan mimosamente, como una garantía de juventud. E n vano el tiempo desenmascara sus entusiasmos amorosos transformando al hombre y a la mujer que los ostentan en una caricatura de lo que fueron durante los años primaverales, cuando su personalidad física podía afrontar todas las pruebas y todas las rivalidades. L a atracción del placer es más tiránica y convincente que todas las reflexiones de la filosofía y que todos los consejos de la higiene. Lo rá Byron no llegó a la vejez porque dilapidó, como un gran señor, con los caudales monetarios, los tesoros de la salud, pero si echamos un vistazo a su historia privada hay más que de sobra para escandalizarse. De Wagner no se hable. E l glorioso maestro no pisa el umbral de la morada de un amigo con el propósito de respetarle. Si tiene dinero se lo pide, y si le gusta su mujer, se la corteja, y todo eso, hecho eon una despreocupación olímpica. E l poeta inglés no se detiene ni ante el incesto, y el músico, luego de haber despojado de su oro y de su mujer a Wezzendonék, que le ha hospedado en su casa como a un hermano, se fija en la esposa del pobre Hans de Bulow, su pianista y su discípulo, y se la quita, para fundar con ella un hogar y el teatro de Bayreuth. S i esos desafueros fuesen la obra de un Pérez o un Rodríguez cualquiera, ¿cómo los calificaríamos? Goethe, nuestro admirado e incomparable Goethe, no se muestra más escrupuloso. Socialmente y en sus intimidades con las musas tí autor de Fausto es irreprochable, pero en cuanto se le pone en el camino algo con forma femenina el poeta no vacila. Se conmueve, sonríe o llora, según estén sus nervios, y abre sus brazos, con la noble codicia del que cree aprisionar en ellos la felicidad. ¿Que luego sale de la aventura una novela? Entonces hay. que admitirtíl i bertinaje como un estimulante del genio creador. En efecto, así es. Cada uno de los amores de Goethe se. resuelve, al enfriarse la pasión, en una. página inmortal. Pero ni por un momento le cohiben la duda entre la tentación y el deber o le morigera el remordimiento. Sus deseos se manifiestan con la impasibilidad que atribuímos a las divinidades olímpicas. Se le frustren por resistencia de la realidad o los satisfaga, su estado de. espíritu no varía. Más que un hombre, es un elemento de la Naturaleza que cumple sus fines sin preocuparse de obstáculos... nes Dios les pague, como yo se los agTá. dezco, el interés y la confianza. Sí, señor D. Enrique G. Alhors, mi que rido compañero de El Noticiero de Zaragoza, sí; yo escribí la palabra cineasta, y escribí mal, si quiere el Sr. Lorenzo Conde, cuyo artículo, del cual me envía usted un recorte, he leído, como solía decirse de las cartas, de la, cruz a la fecha, aunque no tenga fecha ni cruz. Dicho sea de paso, el artículo demuestra que el Sr. Conde no es laico ni lego en achaques y enredijos gramaticales; pero en esta ocasión se pasa de listo, y no le acpmpaña el acierto al españolizar en cineísta el galicismo cineasta E l mismo piensa, en buen castellano, que l a forma mejor fuera cinista; pero, leal a su capricho, le sale al paso, diciendo: Esta dificultad, sin embargo, es de las que se absuelven por sí mismas, puesto- que cine no es voz completa con desinencia y raíz- -la verdadera raíz está en el genitivo kinematos- sino un simple apócope, y tiene por ello derecho- -digámoslo así- -a mantenerse íntegra frente a las reglas que pretenda imponerle el subfijo ista Eso de que cine sea un apócope, como algún siquier ningún gran etcétera, es mucho asegurar. Cine, no es un apócope, propiamente dicho; es... un pedazo de palabra compuesta, que hemos adoptado por comodidad, sobre todo los madrileños- -y yo lo soy sin serlo- que pronunciamos Solé por Soledad, Filo por Filomena y COCÍ por cocido, que nunca falte. Hay quien, con idéntica razón, dice cinema. Pero ni cine ni. cinema son apócopes, porque vienen de cinematógrafo, palabra compuesta de dos palabras que se suman para significar algo, y ni cine ni cinema significa nada. Como de auto, no apócope, sino destrozo caprichoso y hasta anfibológico, de la voz automóvil; no se puede desviar automista por automovilista; no pueden salir de cine ni cinista ni cineista. N i cineasta claro está. Pero como cineasta ya estaba en circulación, vo lo usé- -y lo usaré mientras una autoridad no me invente otra voz- -por no repetir palabras, por no dar rodeos y porque un galicismo más... ¿qué importa al mundo? Pero será que por desterrarlo sin invención nueva, flotemos a la deriva, en vez de navegar con rumbo cierto, sobre las olas de la arbitrariedad y entre los riscos del disparate. En lo que sí anda acertado el señor Conde- -que ya dije que sabe lo que se pesca- -es MANUEL B U E N O en que la terminación ta se emplea siempre para designar el sujeto masculino dedicado a una profesión, arte, ciencia, etc. Con ello Viene a darle razón- -que ya la tenía por ende su cabeza- -al buen FedePOR D E T R A S D E L cima Santander, que protestabaescritor la voz rico contra modisto, y juraba no usarla hasta que no se CORREO. llamara periodista al periodista. ¡Naturalmente! Sí el ilustre odontólogo que me Que no es lo mismo que por detrás de arregla la boca- ¡yo no sé para qué! -se la Iglesia. Recuerdo una canción, que me oyese llamar dentisto, se moriría de risa. plugo ha, tiempo glosar con elogio, porque ¡Naturalmente! Como que la lógica puede me hizo mucha gracia, donde unas coplas no servir para nuestra política, pero es i n de Alcaide de Zafra cantaban con un ritmo dispensable para la interpretación y aplica- de sevillanas de Manolo Font de Anta, ción de la gramática. Ana María, Ana María; iue por detrás de la Iglesia tiene m á s economía. Imito tí cantar en tina traición menos grave y sin inmoralidad de bulto, respondiendo por detrás del correo a los lectores que me escriben, que son muchos, y a quie- Defiéndase de gripe y pulmonías con PASTILLAS CRESPO MOSTELLE eeaanstáftmre t ideal oov lar oottitivft fácil osimilaciúsi. ¡No, señor; eso si que no! Y o no escribí silenciado en mi último artículo. Es- v cribí malcriado Y o no escribo silenciar, ni victimar, ni estructurar; ni destacar, por descollar. Fué una distracción del compañero linotipista, que estaría pensando en las elecciones, y otra del compañero corrector, que, a fuerza de quererme y respetar lo que yo escribo, se tragó como mío, pensando en mi origen, ese horrible americanismo. Así, a veces, el compañero corrector me respeta hasta las comas arbitrarias que mi nerviosidad coloca sin darse cuenta, calmno cúrrente, y sale cada párrafo que ni yo mismo lo entiendo cuando caigo en el lamentable narcisismo de leerme. Y conste que no me hace faltas ser socialista- ¡que no lo soy! -para lia mar compañeros a los que lo son, y coa
 // Cambio Nodo4-Sevilla