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s cosa barbara, che, esto de l a prueba de bueyes -solía decir un (Huerica no que había estado en el Chaco argentino. -x por qué ha de ser cosa b á r b a r a don Pachi? -le replicaba el cura p á r r o co- ¡T o d a v í a cuando la prueba se real isa entre hombres... ¿Y q u é me díse, don P a chi, del boxeo? ¡Hombre, don Juan! ¿q u é quiere que le diga, mi amigo? ¡Pues que es otra barbaridad... E n fin. a este tenor- -lo diremos así, prefiriendo este registro tonal para la expresión- -continuaron la conversación en t é r m i nos de polémica don Pachi, el americano, y don Juan, el p á r r o c o de Muzquiztegui. A decir verdad, ert el fondo at uno y al otro les daba lo mismo hablar de la prueba o de otra cuestión cualquiera, y lo i n teresante para ambos interlocutores era el disponer de un tema propicio para la discusión, porque si no las horas h ú m e d a s del otoño calaban el ánimo, macerándolo hasta la h i p o c o n d r í a eso n o porque ni don Pachi ni don Juan estaban dispuestos a renunciar a una vitalidad animosa que habían conservado: el uno, a pesar de las privaciones padecidas a orillas del Para ná, y el otro, a pesar de los excesos gastronómicos, saboreando todos los chokos culinarios desde Bilbao a Bayona. Claro es que, precisamente, gracias al optimismo rebosante en ambos, todas las discusiones terminaban amigablemente, hallando siempre un fondo en el que estaban de acuerdo, y que solía celebrarse con un amaiketakó en la fonda de Gurreaga. ¡Eg- imon, jaunak! -exclamó un aldeano, entrando en el café, de Gurreaga, una m a ñ a n a de tantas. Bai suiré! -le contestaron todos, correspondiendo al saludo. Estos todos que correspondieron a l salu- E do del gitisoii e r a n los dichos don Juan y don Pachi. m á s otros dos americanos de California y el notario, un señor de Sangüesa, que ya no sabía si era liberal, republicano federal o jelkide, porque sus largos años de residencia en el país le habían convencido de que S a n g ü e s a era una zona irredenta, que el nacionalismo vasco iba a recuperar para su reintegración futura. A pesar de esto, sólo sabia dar los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches en e- uskera, y si se veía en la necesidad de contestar a los saludos, desprendía un murmullo entre dientes; le dominaba, en suma, un acento casi baturro, a pesar de su convivencia dilatada con el país vasco y de su nueva filiación política. E l p á r r o c o dijo a don P a c h i ¿Ve usted á ese guison t ¡P u e s ahí tiene usted a uno de los héroes de m a ñ a n a! ¿N o será uno de los bueyes de la prueba? -replicó, socarrón, don Pachi. -i D o n Pachi, tenga cuidado, que M a nuel es muy zorro y puede entenderle y cantarle un verso que pueda herirle! E l buen guigoni limpiándose con el antebrazo e l residuo vinoso de los labios, se v o l vió y d i j o ¡Jauná! -dirigiéndose a D Pacbi- ¡todos senios hermanos, pues... ¡a h y las yuntas van a ser de vacas, no de g ü e l l e s í! ¡Agur, Jaunak; omio vixi! ¡I g u a l m e n t e Manuel, agur! -contestaron don Juan y los dos americanos, que se alegraron con la salida del aldeano, m á s que con el blanco del amaikefako. D o n Pachi había sido vencido por M a nuel, ¿vencería al día siguiente a Chistorra, yunta con yunta? Manuel t o m ó la vereda que había de conducirle a su caserío eumbrero, no sin que antes recibiera el saludo ladrador de seis guardianes de otros tantos caseríos. U n pie d e t r á s de otro, revestidos y abrigados con las abarcas, llevaban a Manuel a t r a v é s de la empinadura sombría y bien surtida de matorral, hasta su caserío. V i o al- llegar a su mujer trabajando la heredad, ayudada por su cuñada, y saludó a ambas parcamente, porque ni él era muy comunicativo en el hogar ni sus pensamientos le permitían, de momento, dedicar atenciones a su compañera. Aquella víspera de domingo, Manuel no iba a trabajar los callos de sus manos ni a dar un punto m á s ele dureza a sus r í ñ o n e s harto tenía él con preparar la yunta para la prueba del día siguiente, de manera que comenzó por cambiar de papel a un pitillo con calma y sin comentar airadamente l a presencia abundosa de ileñosidades entre las partículas de tabaco. Después se colocó el pitillo resultante de l a maniobra en la comisura derecha de los labios, de forma que el cigarro se columpiase indolentemente; se sacudió las palmas de las manos para desprenderse del último residuo tabaquero; se ladeó la boina echándola un poco hacia a t r á s y, finalmente, encendió la mecha, con ella el cigarro, que, ya fogueado, comenzó a crepitar. Entonces fué cuando Manuel se abstrajo del ambiente que le rodeaba para pensar únicamente en las posibilidades de un triunfo en la prueba del d í a siguiente. Pero, qué cosa, debajo del flequillo de Manuel no aleteaba la ansiedad desasosegada del amor propio ni del noble estímulo desinteresado, no; era la preocupación de obtener el momio que le había sido ofrecido por sus partidarios, si vencía en la prueba con su yunta, L a echekoaudre llamó a la mesa, y el Quison, después de santiguarse, tomaba los alimentos y bebía de la j a r r a la dulzona pitarra, sin darse cabal cuenta de lo que h a c í a las dos mujeres hablaron míen-
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