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La Gran Canaria, por los Reyes de Castilla. secas, estaban cubiertas de pinos, de los que quedan muestra pequeña en el llamado pinar de Tirajana En su desembocadura forma el barranco un cauce inmenso y llano de guijarros grisáceos, que, vistos desde arri ba, dan la sensación do Un río auténtico qtij; fluye mansamente. P i ro, ¡ay! desgraciadamente esto es sólo tm espejismo. Los ríos fie Canarias no 1 e v u n 1 nunca agua... sonaos barrancos, que tatito llaman la atención de los extranjeros, de jos europeos. Dos peq i reños pueblecitos se enmarcan en el valle: Santa Lucía, primero, y Tunte, Tirajanj. o San Bartolomé de T i rajana, que de todas tres maneras se lla ma el segundo. Olivos, van retrocedí sndo olivos mientras alanzamos. Las gentes; son obscuras, mulatas como la tierra. Como los viejos guanches O de U N A VISTA B E SAN BARTOLOMÉ D E T I R A J A N A E L P U E B L E C I T O D E L A S A C E I T U N A S SABROSAS AS cuatro de la tarde. Sobre las ásperas llanadas del Sur se despliega el auto. Raudo. Sol ardiente. Hiperluiíiinosidad; los contornos cumihreros destacan en el claro cieloj ofreciéndonos líneas y colores de un esplendor maravilloso. Si, ya lo hemos dicho muchas vpces: Canarias es tierra de pintores. No recordamos haber visto a nuestras cumbres, tan ricas de luz y color en todo tiempo, mostrar una gama tari espléndida de azules como la que nos ofrece esta tarde estival. Sequedad. ¡Resequedad! Hace tres o cuatro años que no llueve en estas tierras del Sur. Pasado Ginámar y Telde, la antigua Corte dé los GitanartetHes o Reyes guanches de esta región, se abre la semiafricaña estepa. Todo está seco: las plantaciones de alfalfa, los terrenos de tomateros. Muchos cercados y fincas que antes se cultivaban se hallan hoy abandonados e incultos. Los pocos trozos de verdor que aún restan son regados o con agua de la cumbre, traída por tuberías, o con agua salobre, que extraen de la tierra numerosos molinos de viento metálicos. Hasta las plantas esteparias, que aguantan bien la sequedad, tales como nuestras indígenas tabaiba o aulaga, se están perdiendo, secando. Sequedad. Aridez. ¡Resequedad! Dejamos atrás Gando, hoy aeropuerto nacional. Carrizal, Sardina. La carretera abandona ahora la llanura y tuerce hacia arriba, hacia las montañas, ferruginosas y obscuras, casi negras. Da escalofríos la contemplación de la aridez de estos montes. Abismáticos, infernales, como los de una pesadilla. Dantescos; he ahí el adjetivo que cuadra a estos montes, a estas laderas resquebrajadas, de lajas y piedras cortantes y pálida vegetación. De repente el camino dobla una montaña, y ante nuestros ojos tenemos a Tirajana, al fondo de un circo de elevadas murallas. Tirajana, célebre en nuestra pequeña historia isleña, porque fué el último refugio de los guanches en el tiempo de la conquista de la isla, que concluyó el general español Pedro de Vera, ert el tiempo de los Reyes Católicos, los gloriosos. El barranco profundo, el mayor de la isla después del de La Aldea, cava su madre en el valle y se cubre de olivos, de palmeras, de almendros, de melocotoneros, de granados. Con las peladas y elevadas lomas, desprovistas de toda vegetación, contrastan estas risueñas sombras verdeoscuVas del barranco y sus barranquillos afluentes. Especialmente la abundancia de palmeras, repartidas en pequeños grupos, da al valle un auténtico valor de oasis. De oasis encantador. No se explica uno, al pronto, esta verdura con tanta sequedad en torno. Pero es que dondequiera que hay un grjupo o grupito de árboles y verdes cercados, alM brota un chorro de agua, aprovechado. En tiempo de la conquista las aguas discurrían ve- E N rano e invierno hasta llegar al mar, y todas estas montañas, hoy L L A S TIERRAS RESECAS SOLO C R E C E N PLANTAS ESPINOSAS U N CARDÓN SOLITARIO
 // Cambio Nodo4-Sevilla