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A B C. SÁBADO 23 D E D I C I E M B R E D E 1933. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 22, fuerza superior que provocó yo, no sé cómo, y me escriben cartas comentando artículos que no son míos o afirmaciones que nunca formulé. Estas cartas me aburren, porque todas son iguales. Se reducen a algunos insultos de la mayor vulgaridad, y a hacer conjeturas acerca de l a cantidad de billetes que me pagan en A B C por cada crónica. E s extraordinaria la unanimidad con que esa diseminada muchedumbre cree que cada noche, el propio Juan Ignacio Lúea de Tena me llama a su despacho y, jugando al desgaire con un billete de cinco duros, me dice: -Bueno, Wenceslao, ¿quiere usted decir hoy tal o cual cosa? ¡N o! -r u j o echando chispas por los ojos. -S e a usted amable- -insiste el director, Sustituyendo el billete de 25 por otro de 50. ¡Jamás! -bramo. -Medítelo usted, amigo mío- -aconseja, mostrando otro papelito de veinte duros- -P e r o mire usted que... ¿P o r qué no se convence? (Dos billetes más. Hiasta que llega un punto en que me precipito sobre los vales, con alegres gritos de ¡T i e n e usted más razón que un santo! i Y corro a pergeñar l a crónica. N o saben ver lo que hay de tolerancia a mis opiniones; tolerancia amable, a l a que aludió en un reciente artículo Federico Santander, en vez de imposición exigente. Otra vez son periodistas los que comentan actitudes en las que no recuerdo haber incurrido. N o hace un par de meses, como yo hubiese achacado a un señor la propiedad de una alpargatería, un periódico de Elche excitaba contra mí la cólera de todos los alpargateros, suponiendo que me parece el tal un oficio bajo o una industria ruin. N o obstante, estoy seguro de no haberme ocupado jamás con desdén de los alpargate- irse a ro AB a llame usted al teléfono de la Administración, núme 32.689, de diez de mañana a o c h o de la noche ros, n i de los zapateros, n i de alguien que haga algo útil en el mundo. M i s lectores habrán advertido que no recojo esas bagatelas, que ni yo mismo termino nunca de leer. Pero ahora, en el caso del que voy a ocuparme, no puedo seguir la misma conducta. Porque se trata de unos compañeros de trabajo de los fotógrafos de Prensa. Hace unos días, en mis acotaciones recomendaba precaución con ellos. H a y que tener cuidado- -venía a decir- -con los fotógrafos de Prensa. Entran en el hemiciclo, y, aprovechando la afluencia de diputados desconocidos, ocultan su máquina bajo un escaño y. se quedan allí para siempre, hasta que en una crisis apurada les hacen directores generales o ministros. Leído esto, los reporteros fotográficos, en número de diecisiete, me han escrito una carta protestando enérgicamente en la que afirman que m i proceder es incalificable que les he puesto en ridículo y que por culipi de esa crónica les será negado en lo sucesivo por el presidente de la Cámara el permiso para realizar su labor informativa Terminan recomendándome que para otra vez elija otra cabeza de turco N o Y a no quiero más cabezas de turco. N i las de los alpargateros, ni las de los compañeros fotógrafos. N o Y a no hablaré nunca de ningún oficio, de ninguna profesión. M e estoy quedando solo. La culpa es de m i prosa. Cuándo ¡i ¡íe. ro ¡decir algo resulta que escribo, sin saberlo todo lo contrario, y que no consigo hacerme entender. E n ese artículo deseaba insinuar, que algunos de los que han llegado a perso- najes sen tan incongruentes con su destino que parece que han venido al Congreso ape- lando a un ardid, a un truco de fresco dé comedia. Pero ahora, ¿cómo aclaro yo esto? ¿Cómo digo que los compañeros que manejan la máquina en vez de la pluma tienen; toda m i consideración? ¿Qué frases hay que emplear para que los diecisiete camaradasi lo comprendan? V o y a intentarlo con las s i guientes afirmaciones. Y doy irá ¡palabra de honor de que son exactas: Primera. Ningún fotógrafo que haya en trado en el hemiciclo en cumplimiento de deberes informativos ha ocultado su máquina bajo un escaño para sentarse en él fingiéndose diputado. Segunda. N o es verdad que una vez sentados hayan pedido agua con azucarrillos, ni cualquier otra sustancia parlamentaria. Tercera. E s absolutamente falso que, despistando a la Cámara con los procedimientos expresados en las dos aclaraciones anteriores, haya sido nombrado alguno de ellos director general. Cuarta. Nadie puede decir tampoco qué con el mismo truco recibiesen el encargo de; desempeñar una cartera. Quinta. S i el Sr. A l b a se apoyó en mí artículo para prohibir a los fotógrafos dé Prensa la entrada en el salón, el Sr. Alba no sería el presidente de la Cámara. Sería un gas hilarante. Y sexta. P e r otra parte a mí me parece muy natural que un país donde suceden tantas cosas grotescas exija como comentarista un Kempis. Sólo los pueblos graves, como Inglaterra, admiten v comprenden a un Swif. -W. F E R N A N D E Z F L O R E Z 1 solo amon 1 Gifece W- a ís de ¡una importante cantidad e- n- diseo? MODELOS BADD PAEA ALTERNA Y CONTINUA DESDE m A? 0.000 PESETAS coi- pégalo. s a los VAM 23 Í