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N U M E R O EXTRAORDINARIO 20 C E N T S AÑO VIGÉSIMO NOVENO. AB NUMERO EXTRAORDINARIO 20 C E N T S AÑO VIGÉSIMO NOVENO. EL E S C R I T O R DE LA NOCHEBUENA (CUENTO) H conquistado su fama con un solo artículo sobre la Nochebuena. Sus elementos literarios eran simples y eternos: nieve, melancolía, frío de doble frío de quien duerme en la calle y acaso no llegará a la Navidad. Armó tal revuelo el artículo, causó una sensación tan tremenda, que en el primer año, sólo contestando a las felicitaciones, no pudo escribir una sola línea, viviendo únicamente de aquel articulo maravilloso, que fué premio nacional. Después, todos los años, por la misma fecha, los diarios del Imperio publicaban el artículo famoso, y, por unanimidad, un Tribunal de príncipes de las letras le volvía á otorgar el premio nacional, convencidos de que ningún otro le andaba siquiera a la zaga en profundidad y belleza. Era algo tremendo como se veía allí la nieve, cómo se sentía el frío y cómo convocaba a todos los lectores en torno. E l escritor vivía discretamente en un hotel, al que iba hacieUdo famoso eon su presencia. Aquel artículo era algo convenidamente maravilloso. ¡Cómo se veía en ¿1 la nieve! j Daba frío. ¡Cómo convocaba a todos los lectores en torno a los conmovedores turrones y a la felicidad del hogar! ABÍA Con su tínico artículo, el escritor, de año en año, renovaba los laureles más preciados y sonreía en la sepia de las grandes revistas ilustradas con la sonrisa de un verdadero benefactor de la Humanidad. En realidad, lo era. Su tínico artículo nunca había deslizado a nadie un mal pensamiento. No hacía tampoco pensar demasiado ni aun a los aficionados a este masoquismo, y se exaltaba en él de un modo tan sublime el calorcillo del hogar, que el que ló tertía se encontraba con algo así como con una felicidad descubierta y oficialmente considerada, y los que se sentían morir entre la nieve lo hacían con el secreto jú rjilo de ser personajes de una página de oro y de ofrecer sus vidas al realismo de un artículo maravilloso que no tenía par. Con los laureles se renoval el cerco de los admiradores. E l Imperio era grande, y un estadista calculó en veinte años lo que tardarían todos los ciudadanos (dentro de una prudencia que no comprometiera la vida del escritor con el agobio de los álbumes y los retratos que le daban para firmar) en conocer al hombre extraordinario, de cuyo hallazgo se vanagloriaba el Imperio. Hubo de pedírsele, a los diez años, después de muchas deliberaciones sobre si ello era o no discreto, que substituyera en la acción de su artículo e! nombre de una calle que se había derribado por el de otra, y las autoridades paralizaron la circulación del barrio donde él vivía para que ¡njrún
 // Cambio Nodo4-Sevilla