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m i d o pudiera perturbarle en las horas que e ¡escritor dedicara a aquel trabajo. U n a manifestación pública se amotinó frente al hotel, y al fin se destacó una comisión para pedir at gerente noticias cuando el escritor hubiera terminado su trabajo. A las doce de! a noche, una bandera blanca, como aquella nieve que él había cantado como nadie, se alzaba en el tejado del hotel, ante el aplauso u n á n i m e del pueblo, que esperaba doce horas bajo una lluvia apretada y fría. H a c i a diez años que el escritor bajaba hasta el hall de su, hotel para dejar oír su voz a los admiradores, que oían extasiados sus frases de ingenio, sus paradojas extraordinarias, sus sentencias rotundas. E r a n aquellas dos horas seguir dedicado a la m á s fina y admirable filantropía, entre otras cosas porque está demostrado que l a Humanidad necesita creer en alguien, y el escritor se prestaba, sonriente y bondadoso, a resolver aquel grave problema, añadiendo consejos para los enamorados; corteses negativas para las solicitudes amorosas, cuando él era objeto de la pretensión y ellas le hablaban de su estatura, y de su bigote, y de sus cabellos, cuando el escritor era pequemn, afeitado y calvo; y de su humor en los días en que lloraba la soledad, acomp a ñ a d a sobre l a sopa al cuarto de h o r a y de su experiencia cuando huía de las mujeres por no saber si a ú n se las seguía besando en l a mano al decir eso de ¡Q u é pena que todo esto no sea posible, Manolo mso! Con los admiradores su magnanimidad no era menos grande. Ofrecía destinos a los desesperados, que es mucho m á s que dárselos; pedía dinero, aunque no lo necesitara, cuando conocía a gentes que no podían dar otra cosa; elogiaba l a inteligencia de los tontos y nivelaba esta limosna hablando de su elegancia a los sabios zarrapastrosos: se guardaba los encendedores y se ponía el sombrero con el lazo en l a frente para no defraudar a quienes necesitan admirar l a distracción como el humo que descubre la llama del genio; cuando le hablaba un l i m piabotas d e c í a M á s bajos están los aduladores y cuando hablaba. con un adulador: Agradezco ío que me dice, porque usted no es como tantos limpiabotas que andan por ahí sueltos S u vida t r a n s c u r r í a sencilla y maravillo- sa, como l a de los radiadores de la calefacción, que, sin que nadie lo sepa, son los que. mantienen el calor espiritual de muchos matrimonios. Sólo un día se quedaba solo el escritor, y era precisamente el día de la Nochebuena hasta el de la Navidad, que era el de su nacimiento, o, mejor a ú n el de su renacimiento. Ese día y esa noche antigua, colgada en el pecho de medio mundo como una medalla de m i l a g r o esa noche, sobre todo, temblorosa y candida y llena de misterio y poesía, el escritor se quedaba solo, como su sólo artículo, mientras todos vivían su argumento y no se acordaban siquiera de recordar a quién debían aquel estremecimiento poético en zapatillas del día dedicado al hogar, en que los niños se acuestan m á s tarde y los padres m á s pronto. E n t r e la Nochebuena y la Navidad se balanceaba precisamente su triunfo anual. Convocado el concurso literario para el Gran Premio Nacional de Literatura un mes antes, se fallaba solemnemente en el día de Navidad, y el escritor esperaba d e t r á s del Y
 // Cambio Nodo4-Sevilla