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¡PASTORCITOS POR TRAPO... d r a d o e x t e n d í a un descolorido lienzo, y sobre él iba colocando su bella y pintoresca mercancía de figurillas de barro pintado para el Portal, desde las deí Niño recién nacido, María y San José, h a s t a las del buey y la muía, pasando por las de los Reyes Magos, las de toda clase de pastores y las de los animalillos domésticos. L o s niños quedábamos ensimismados durante largos instantes, analizándolo y curioseándolo todo, y al fin nos decidíamos por las figuras que habríamos de comprar, mejor d i cho, de cambiar, porque en aquél negocio para nada figuraba el dinero. Hecha ya la decisión de adquirir tales o cuales piezas, corríamos hacia nuestras casas respectivas, buscando y rebuscando en el corral, en el sobrado y en el desván de los trastos viejos los trapos sucios y rotos que hubieren quedado en desuso, así como en las paredes de la cocina los pellejos de conejos disponibles, y con los que fueren corríamos de nuevo hacia el puesto del M a g o que a tan bajo precio nos. ofrecía aquellos tesoros de nuestro gusto por entonces constitutivos de toda nuestra felicidad. por t r a p o voceaba el pobre viejo, cortando l a frase para no hacer largo el pregón. P e r o los chiquillos sabíamos óue también ofrecía los pastores por pieles de conejos, y así hacíamos que cuando se sacrificaban algunos de ellos en nuestras casas se pegasen los pellejos en las paredes de la cocina en espera de poderlos cambiar por los pastorcillos de barro. Solía llegar el anciano vendedor en los ASTORCITOS P días próximos a la Pascua de Navidad, y los chiquillos le esperábamos como a un mago de nuestra mayor alegría. n cuanto oíamos la voz opaca y temblorosa del tío de los cachitos, todos los muohachuelos del lugar corríamos hacia él y le rodeábamos como si de un ser sobrenatural se tratase, siguiendo sus pasos hasta las lindes de la Casa Consistorial, donde se instalaba. Entonces, sobre el frío y húmedo empe-