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Y hecho el cambio, so sin bastantes regateos, porque el anciano todos los trapos que se le llevaban le parecían pocos, recogíamos las figuritas de nuestro antojo con el mismo afán con que ya mozos nos adueñamos de otras riquezas tan caras como aquéllas para nuestro corazón. encanto y la ventura de los niños. Y ahora, viejos, hemos podido saber que aquello qué reputamos reino no era otra cosa que un pintoresco rincón del barrio sevillano de Triana, en uno de cuyos más populosos corrales vive una familia de artesanos que, desde tiempo inmemorial, se lía de beneméritos de la infancia. Por ella ha podido llegar hasta muchos de los niños pobres de Sevilla y de sus contornos la honda alegría de poseer figurillas para el Portal de las Navidades, el mayor placer para los niños en la Pascua. del nacimiento del Hijo de Dios. Los niños más míseros, no digamos pellejos de conejos, sino ni trapos sucios po dían agenciarse para poderlos cambiar, y, así, no se retiraban ni un momento de alrededor del puesto de los pastorcitos, contentándose con verlos a distancia y ni poderlos tocar. Parecían junto a él c o m o un verdadero enjambre de pegajosas moscas. E l viejo, que en fuerza de hallarse cansado tenía que dar de cuando en cuando alguna cabezada, al despertarse tendía su báculo de cerezo, dejándolo caer sobre alguna de aquellas míseras criaturas, para espantarlas por algunos instantes. Mas de nuevo no tardaban, ellas en rehacerse y volvían a rodear el puesto, de todas sus admiraciones. ¿De dónde venía aquel viejo que era como un Rey Mago para nuestra ilusión, aunque interesado y codicioso? Entonces pensábamos que nos llegaba de un reino ideal, atesorador de torios los juguetes que son el ha ejercitado en esta bella industria de fabricar pastorcitos. E l secreto de este arte popular, la gracia de producirlo con tan ingenua maestría, se ha venido como transfiriendo de padres a hijos en esta familia de menestrales, que puede reputarse como una fatni- Así sonaba a gloria en nuestros oídos aquel pregón con voz opaca y temblorosa d ¡Pastorcitos por trapo... Pregón que era el más placentero anuncio de felicidad para nuestros infantiles corazones. J. MUÑOZ S A N R O M Á N
 // Cambio Nodo4-Sevilla