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sean consentíaos. A l i a r a bien, si hay partidos no podrán subsistir ¡sin disputar unos con otros sobre la. índole y él ser mismo de las diversas instituciones. D e ello resulta que decidirán acerca de la Iglesia los extraños a ella; acerca del Ejército, los paisanos, que no entienden de milicia n i de su necesidad; de las cuestiones- de cultura, los analfabetos; de la Justicia, los que nunca se han. preguntado en qué consiste, y piensan de las leyes que no son más que l a voluntad del mayor nú- mero; y resolverán sobre l a propiedad los que no tengan nada. Y por ahora recordemos que si hubo alguna idea que defendió Rousseau toda su vida fué l a de l a superioridad del hombre natural, que es el del sufragio universal, sobre el civilizado, que es el de las instituciones. Y que si algo combatió toda la vida fueron las instituciones de l a civilización, que es l a razón de que todos los revolucionarios le quieran como a un padre. Las elecciones de Guipúzcoa, y aun las de toda España, han sido esta vez, ejemplares. L a razón de ello es que han estado inspiradas por una gran pasión: l a del antiguo patriotismo herido, l a de haberse sentido atropellados todos los intereses históricos de España: la religión y l a propiedad, la familia y el Estado. P o r eso se ha trabajado en estas elecciones con un entusiasmo que nunca habíamos conocido en nuestra patria. Nunca, nunca; ésta es l a verdad. Se me salen las lágrimas a los ojos a l recordar el generoso esfuerzo de centenares de mujeres, que no se han contentado con recomendar sus candidaturas favoritas, sirio que han sido las primeras en levantarse para emitir el voto, y las interventoras más celosas en los colegios. Este entusiasmo no debe ceder, porque las cuestiones que se debaten siguien siendo objeto de la lucha, y son grandes cosas las que han hecho que se levanten en nuestro país hasta las piedras. L o digo al pie de l a letra, porque de las piedras de nuestras catedrales y de nuestros edificios de mejores tiempos, se levanta un espíritu que dice a los españoles que no podrán recobrar su grandeza si no vuelven a restaurar en sus almas, el sentido de nuestra tradición. L o s electores han de acordarse, para no dormirse en los laurelees, de que. el Sr. Azaña es diputado y de que puede volver a gobernar. E l Sr. Azaña con los socialistas. N o hay que olvidarles. Pero algún día vendrá en que se recobre el sentido común y el espíritu de continuidad; en que no haya necesidad dé una reacción grande para volver por los fueros de nuestro ser histórico. Y cuando las elecciones sean más tranquilas, serán más peligrosas. Porque, si el pueblo no se mueve por pasiones, es que se moverá por intereses. Y entonces harán las elecciones en E s paña lo mismo que han hecho en I n glaterra, los Estados Unidos, Alemania y Francia. Y se verá que un mal sistema no puede producir sino un resultado catastrófico. Porque, cuando falte l a gran pasión que ahora, anima a nuestro pueblo, no votarán los electores sino en favor de los candidatos que vacíen en sus bolsillos las arcas del Tesoro o las de los particulares. Precisamente por su sinceridad ha arruinado el sufragio a cuantos países lo han venido practicando escrupulosamente. A l sufragio deben los norteamericanos el déficit de. 3.000 billones de dólares del año pasado, y los franceses, su actual crisis, producida por motivos análogos, y los ingleses y alemanes los recargos insoportables de sus presupuestos. Y es que, -jando hay pasión, las elecciociones ahondan las diferencias y dividen a los pueblos. Y cuando no hay pasión, las elecciones son subastas, en que se dan los votos a los candidatos que ofrecen mayores beneficios a expensas del bien público. ¡RAMIRO D E MAEZTU A BC EN B E RL 1 N L u c h a y reconciliación Cuando estamos dormidos, en las horas de sueño ó dulce ensueño, el mundo pierde firmeza- y claridad para convertirse en: confusión e incertidümbre. Dormirse o adormilarse es huir de l a tierra firme y marchar a la deriva, de coral en coral, de sirte en sirte, sin rumbo fijo n i dirección alguna. E n sueños, una flor es una flor y no es una flor. Nuestro amigo hache es nuestro amjgo hache y es, al, mismo tiempo, nuestro enemigo equis. Todo se vuelve perplejidad y niebla. Meterse en el teatro de las sábanas, no será una aventura, pero dormir es engolfarse en contradicciones. A l g o análogo ocurre en la visión crepuscular. E l rigor de los objetos se diluye en fronteras indecisas, ambiguas, evanescentes. Es muy difícil ver claro entonces, porque las cosas parecen, a l a vez que ellas mismas, sus propias sombras, como si la vida fuese una representación donde nada aparece, turbia pantalla de proyecciones superpuestas. Así, como una película de dibujos desanimados, cómo un desfile cinematográfico y borroso, se le aparece la Alemania actual a muchos espectadores. H a y gente- -y gente que a lo mejor se llama Benedetto Croce, o Bertrand Russell, o el más, grande de todos: Miguel de Unamuno- -que no se explica, que no logra entenderlo. ¿Cómo es esto? se d i cen. ¿Cómo es posible que una política sea, a l a par, democrática y antidemocrática, l i beral y antiliberal, o viceversa? Puro absurdo, dice Croce, desde Ñapóles. Y Russell, envuelto en mantas, en paños calientes, entre las brumas de O x f o r d responde: N o puro cine. ¿Cómo es posible, mis ilustres filósofos? Pues es posible así, ¡qu, á d i a b l o! siendo. Como fueron posibles un día los juicios sintéticos a priori y todo lo que significa una invención del espíritu. Frente a la tesis, la antítesis. Pugna de parcialidades, hasta que surge la síntesis que supera las posiciones opuestas, precisamente por comprenderlas a ambas. A cumplir estas síntesis- -usted lo sabe como nadie, Croce- -le llamaba H e g e l hacer H i s t o r i a Y tú sabes; lector, que el cardenal dé Cusa definía a l Altísimo como una ancha armonía entre contrarios por lo cual cuanto reconcilia y reúne lleva en sí un reflejo, siquiera sea débil, de l a gracia divina. Débil no lo es el nacional- socialismo alemán. E s violento, como todo lo que nace entre conflictos y por ello forzado, si se quiere vivir, a no alejarse del combate, sino al revés, a meterse en líos, guerra en l a paz, para poder ser al fin paz en l a guerra. Luchando contra los partidos, Hitler en parte se los apropia, como España, luchando contra el Renacimiento, se io apropió en su época de gloria. Perseguir es seguir y pelear es siempre, en una u otra medida, contagiarse, y así ha ocurrido que H i t l e r en la pugna brazo a brazo con el marxismo, concluyese por abrazarlo un poco. Y a no hay fatalidad de clases, pero hay fatalidad de razas, aunque cada vez la haya menos: Se le contagia el determinismo, como al IVi ¡ra j m n g r e a 1 de m e j o r p a r a los que pade cen SO que el M E K A riuevo a p a r a t o m i c r o f ó n i c o c o n t r a n s m i s i ó n de soni dbs p o r V i d O S E A (huesos o l a cara) 3 G r a n d e s r e d u c c i o n e s de precios p a r a l a introducción del nuevo descubrimiento. Dirigirse: Siemens Reiniger Veifa, S. A. ¿Fuencarral, 43, M A D R I D pueblo alemán se le contagió el prejuicio de sangre, que es; sin. duda alguna, triste i n vención de l a soberbia hebrea, manía de Israel, negándose a admitir un, Dios universal y queriendo que; el- cielo sea del mismo color que Palestina. Aparte este problema particular- -que nosotros, españoles, no podremos compartir nunca- en lo que el nacional- socialismo tiene de comunicable y de romano, su relación con la democracia se establece de esta suerte: peleando contra la tesis 4 c que no hay más poder, en absoluto, que el capricho electoral del pueblo, Hitler ha vencido a aquélla- -la tesis, l a abstracción- -y: ha convencido a éste, el pueblo, o comunidad viva. ¿Democracia? ¿Antidemocracia: Donde Croce, Russell y Unamuno ven- -visión crepuscular, vista cansada- -una. contradicción entre los términos, yo veo el término de l a contradicción, su boda indisoluble, sin d i vorcio. Otra síntesis aún. E s evidente que el espíritu nasi niega la doctrina del liberalismo clásico. L o s gobernantes españoles, en cambio, la han berreado hasta el frenesí, hasta la locura. Pues bien; yo quiero moverme entre evidencias. E n nombre de la libertad abstracta- -müsiquilla de Riego, c r o m o d e peluquería, gorro frigio- -los Gobiernos ds la República han ido ahorcando las libertades concretas. Goering, por el contrario, en estos días de ternura cristiana, navideña, concede, de un solo golpe, una amnistía que devuelve al hogar a cinco mil comunistas. ¿Es acaso porque él sea, en el fondo, i: a alma tierna, mientras Azaña, por ejemplo, sea, en el fondo, un alma cruel? Estas explicaciones psicológicas de tertulia y café no tienen más que un defecto: que no ex jjlican nada. Cada político- -qué duda cabe- -és fiel a una psicología, pero. Ja política, en conjunto, es fiel a la lógica. Lógicamente, el Gobierno Azaña tenía que ser brusco, como lo serán también los que le sucedan, mientras no cambie todo. L o q u e viene de la naturaleza de las cosas puede más que l a buena voluntad, que no puede mucho. L a revolución republicana no ha obtenido el P o der pidiendo disciplina, sino halagando ins. tintos de rebeldes. S u programa presupone un estado que, en tiempos duros, y hoy lo son en todas partes, no puede normalmente defenderse. Como se constituye sin fuerza, ha de buscar, no en su ley constitutiva, constitucional, sino en una ley de excepción, el poderío que no tiene. De ahí ése salto mortal, esa caída desde l a promesa utópica- -República o paraíso perdido- -hasta la triste realidad de una España abrasada y desolada. E l nacional- socialismo, a la inversa, vino pidiendo norma, disciplina, sacrificio y r i gor. L a libertad individual, sacrificada a la libertad común, a l a independencia, el poder y el prestigio de la Patria. A l año, l a disciplina es tan grande, que autoriza ternuras. E l régimen no está en el aire, porque todo en Alemania está en orden. E n ese orden riguroso y perdurable puede insertarse la- l i beralidad, sin riesgo. N o hay, pues, absurdo, D Miguel. H a y agonía. A l g o agoniza en nuestra edad: la luz de atardecer, luz ya cansada, del siglo x l x L o que fué en otro tiempo resplandor, ahora es ceniza. Como la de esa chimenea antigua a cuya última lumbre se sienta Bertrand Russell, epicúreo, fabiano, a leer un libro viejo, en su cottage de O x ford. Butaca cómoda, fuego burgués, chimenea antigua, y en una tarde de invierno, en Inglaterra, tras el té de Ceilán, con bruma en l a calle. Y a se adivina todo. U n a criada entra pisando fuerte. Lady Russell se. lleva el dedo a los labios y pide silencio: ¡C h i i s s N o haga ruido, por D i o s! i Cuidado con l a alfombra! ¿N o ve usted que el señor se ha quedado, dormido? EUGENIO MONTES Berlín, diciembre, 1 9 3 3
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