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ABC EN BERLÍN AIe oría ¡BT díe f V u r e m h e r g r a Vm escm M THm t te VW. s r f i w tórftf W i jornada mtiomUsociduta E l triunfo de la P e U n a vez, viajero por Nuremberga, oí contar, a lo lejos las torres d e S a n Lorenzo, esta a l e g o r í a F u é en la época de los Staufen, en tiempo de los negros y los blancos, tiempos de güelfos y gibelinos, cuando peones del E m perador y alfiles del Papa jugaban, en el ajedrez de esta plaza mayor que veo ahora, la gran partida de las Investiduras, el más grande torneo, que se haya jugado, nunca. Entonces había aquí casas patricias, mostradores de mercaderes y rumor de toma y daca en, el mercado, donde las mercaderías de Genova y de Pisa partían hacia las ciudades hanseáticas. P o r estas calles pasaban comerciantes del Sur, vestidos al modo florentino, y pasaban, rumbo a Roma, con el bordón de Tannhauser, los romeros. Y pasaban, polvo y hierro, los lansquenetes. Y allá, en P a r í s pasaba nuestro Lulio por la colina de Santa Genoveva, y el Dante iba, celeste y desterrado, por el puente del A r zobispo bajo l a lluvia. Arriba, el resplandor de la leyenda de oro, aquel A b r i l sin par de la caballería. Abajo, lodos- de infierno, confusión y miseria. Las más hermosas creaciones de O c c i dente nacieron así, entre- el hambre y la peste. De cuando en cuando, de enormes lej a n í a s llegaba una epidemia a diezmar países y poner una sombra de pavor en los ojos. Sucedió, pues, que llegase la peste a N u remberga. Y a no cantan las fuentes ni silba en una esquina aquel músico alegre que, sin flauta, con los labios que le dio- el Señor y la gracia que quiso darle el cielo solía ponerse a silbar horas y horas por cortesía para con las estrellas. L a peste. Se van cerrando las ventanas. E n cada puerta, un crespón. Suben hasta la altura los azufres tremendos del Dies irce. L a gente, arremolinada en el pórtico de San Lorenzo, cae a montones entre una pira de gritos. Después es el silencio de las conducciones. Los carros llenos, camino- al camposanto. Y a no hay ojos que vean, ni oídos que escuchen, n i aquella enredadera de armonías que nacía puntual cada tarde en los labios. Nuremberga se ha quedado viuda. Sólo las campanas, flores. de luto al viento. Hasta que de pronto se oyó como un temblor de flauta. Primero es una melodía dulce, un silbido imperceptible. Luego el susurro engorda y engorda. Y ya se reconoce la música de cristal de cada tarde, y y a se ve a las fuentes bailando de dicha, y ya se ve a los muertos saltando de los carros. Todos los muros cuarteados se ponen en pie. Y se ponen en pie todos los cuerpos desfallecidos. L a música en Nuremberga es eso: una resurrección de las almas. ¿F u é en tiempos de los Staufen o es ahora? ¿Se llamaba él quizá Adolfo Hitler? Este mito que acabo de contarles, ¿m e lo contaron a mí o yo lo he visto? H a y un film- -El triunfo de la Fe- -que narra la- jornada estival de Nuranberga. E n imágenes objetivas, documentales, esta crónica ilustra la gran apoteosis del nacional- socialismo. Como es en Nuremberga, Alberto Durero anda por medio. Así, sin perder un ápice de objetividad, el documento gana magnitud de alegoría. Una mañana clara, con luz adolescente. Afanosa limpieza de cristales, bruñido de aldabones en la urbe artcsana- -y por ello patricia- en el pueblo gremial que se viste de fiesta. H a y unos brazos remangados que cloran y hay un rapaz que trepa al campanario. P o r cien caminos y ocho puertas- -paredes de sillería, escudos- -entran y pasan, gota a gota, las milicias. Movimiento sin fin, desfile interminable. E n homenaje a Plans Sachs, zapatero y maestro cantor, se oye un eco remoto de pisadas, y la cámara se humilla, se eleva a un plano de borrosos zapatones. Fachadas sindicales. Las casas de los gremios lucen ai aire sus insignias. Aquí, l a balanza del platero, y allí, la garlopa, honra y prez de la carpintería. Y el cincel que labra, y el telar que teje, y los mil símbolos de los mil oficios, de cuando la corporación, era nobleza y el trabajo era decoro de la estirpe. Entonces se hacían bien las cosas. U n a ley jerárquica preside toda la faena del taller. U n despliegue de g- rados sucesivos lleva al artesano por ritos de saber y de conducta, desde la humildad del primer aprendizaje a l a alta magistratura del- virtuoso. L a virtud resplandece en cada objeto, y la obra sale limpia, sin prisa y sin tacha. M a r tin Behaim puede pasar meses y meses hasta construir, aquí mismo, el primer globo terráqueo, por el a ñ o en que los españoles le andan buscando las vueltas al mundo. E n esa calleja de m á s arriba, un hombrecito afilado y menudo- -Pedro Hente- -puede quemarse los ojos, y perder la vista írmando ruedecitas para el primer reloj de bolsillo. H a y algo que- vale, todas las penas y todos los desvelos, y es l a alegría de colaborar a poner un poco de orden en
 // Cambio Nodo4-Sevilla