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el mundo. Cuando la vida se ordena armoniosamente, todos los días de semana son domingo. En aquel tiempo Europa era un cosmos. Había una ley, una espada, un Imperio. Pedro Henle puede velar de noche, engarzando ruedecitas sutiles, porque una serie de engarces, más complejos le engarzan a él a una comunidad, a un sistema de amores y rigores, donde cada cosa está en su lugar, cada ser en su sitio y Dios en el de todos. Y en representación de Dios, allá, en Roma, el Papa. Y brazo armado del Papa, el Emperador, que unos lustros después iba a llamarse Carlos V La civilización sindicalista exige un orden eclesiástico y un orden- -unas órdenes- -de carácter militar. No es un azar, sino un símbolo, eso de que haya sido Felipe II- -el sino de España, Ortega- -quien inventó la jornada de ocho horas. Con jornadas de ocho horas se hizo el Escorial, y Castilla era entonces iglesia y campamento. Triunfo de la fe, y de una fe, por. española, más ancha y universal que la de Hitler. Porque algo le falta- á la alegoría de Nuremberga, Gremios y milicias. Corporación e Imperio. E l César, en olor de multitud. L a multitud, tras él, de doce en fondo. Sí; la vida ha ganado nobleza, disciplina e ilusión. Tres cosas que había perdido en los tiempos, penúltimos. E l estado individualista- -apático- -había dejado al pueblo a la intemperie. A esa prole que nada ampara ni nadie fortifica le quedan dos recursos. O pudrirse de frío y orfandad o acalorarse al fuego ruso. Ahí hay quien atiza el tizón y le caliente la sangre. Este mata y aquél muere, desanimado, en una esquina. E l Estado liberal, indiferente, crea dos hombres- el rojo y ei blanco. Cuando la peste diezma a la prole alemana, en. medio de ésa atmósfera corrupta donde todo es pavor, desánimo y desorden, se oye una voz musical, irresistible. No hay objeciones que valgan, porque aún más que doctrina es melodía, y la melodía no la refuta nadie. Todos los desfallecido có- Pára eitós aleares tambares parece haber compuesto HaM Sachs tos versos del Ruiseñor de Wittemberga bran brío y compañía. Todos los furibundos se encuadran en un ritmo de compás militar y redobles secos. E l pueblo en marcha, al rojo- blanco, unánime. E s en Nu- r. emberga, y en Nuremberga la música toca a. gloria por la resurrección dé las almas. Y a van por el San Lorenzo, ya- llegan, peones del Emperador, a la ancha plaza. EL aire pide torneo, pero faltan alfiles. Faltan, al lado y enfrente de la soldadesca gibelina, las antiguas torres güélfas: ¿Dónde están las torres, de la iglesia para jugar de nuevo, y en, grande, la. partida? ¿Dónde las milicias de Cristo, estímulo y límite) tentación y frontera de las tropas imperiales? No hay Imperio perdurable sin pleito homenaje a católicos bastiones. Pero tampoco hay catolicidad viva y fecunda sin un sentido militante, sin un caballeresco impulso hacia cuanto, en el mundo civil y secular, alude a entusiasmo- y fervor, nobleza y riesgo. Si imperar es investirse de gracia y poder en Roma, romanizar es salir al viento y arriesgarse, saltar de los c ó m o d o s mullidos sillones sociológicos al lomo desnudo de ios caballos impacientes. Como aquellos obispos antiguos que, con nieve de edad en la cabeza y nieve de los Alpes en sus capas, entraban, a trote de muía, por estas puertas, a darle la última bendición a los cruzados. Peones del Emperador, alfiles del Papa. Las dos mitades de Dios se le llamó en tiempos. Todo el juego de la Historia universal- -Ranke lo dijo- -está en eso. Ajedrez de las Investiduras, donde nosotros, españoles, dimos jaque algún día. Insignias hitlerianas; al fondo, las torres del San Lorenzo y una- casa de los antisuós gremios, de (tqnella Nuremberga imperial y artesam, donde Martín B ehainl construyó el primer, globo terráqueo y rearo B e r l í n de 1033. Henle el primer reloj diminutó. (Potos PrufsteUe. EUGENIO, M O N T E S Navidad
 // Cambio Nodo4-Sevilla