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S Til OGR AMAS E S P A S A SI N B O S Q U E S E s p a ñ a tiene, desprovistos de toda Vegetación, unos cien m i l kilómetros cuadrados; la quinta parte de su territorio, superficie- mayor que Portugal. (De un, informe de los i n genieros do Ilontes. A lo largo de toda ia existencia esíá entablado el duelo entre el Bosque y. el H o m bre. L a Tierra es, cuando ya habitable, esponjosa y mullida, toda peluda cíe junglas. La vegetación cubre casi por completo su rostro, y entre la densa írondüsidad- -enrevesados jardines de la redonda, esmeralda- -espejea la mancha azul de los mares. L a selva virgen palpita, se cuaja m á s se agiganta, se tune ele musgos, lianas, ramajes, troncos, entre los que destellan gritos de colores, pájaros de galas vivísimas, animalitos suaves, monos, ardillas y- un polen innumerable de insectos que vibra en la atmósfera cálida y húmeda. Decir entonces ¡Vida, es como decir Selva. E l 1 ombre no puede resistir el medio de aquella red i n traspasabie; busca los ribetes costeros y los claros graníticos allí donde la piedra o la sal impiden el insensible progreso de la raíz. E l hombre, frente a la selva, se plantea un fin: dominarla. Crea el hacha de sílex y conoce el secreto del fuego. Astilla el primer árbol, ahueca un tronco para surcar mareas, desbroza una glorieta, filtra caminos, caza. L o s dos enemigos procuran su exterminio mutuo. E l hombre inventa la agriculiura; para sembrar, necesita terreno y tala; idea la habitación y, para su choza, abate árboles. Se calienta con l o s brazos mutilados de la selva y, al necesitar abono, incendia el bosque, que fecundará, ya muerto, el suelo. Por su parte. Ja selva, muda y llena de cánticos de la Naturaleza, obscura y nutrida de alimañas, fuerza fatal, ataca al hombre; destruye su labor labradora, enviándole semillas, parásitos que ahogan la mies y la huerta; de su seno, misterioso Avila... la tierra yerma y mística, que im día fué impeitctrable selva de árboles resinosos. como las noches negras, salen el reptil y! a fiera, las emanaciones- pútridas, el aguijón, el mosquito, la fiebre. Ofusca al hombre con su grandiosidad y su fuerza cósmica, de las que, en impresión alucinante, nacen la superstición y el terror. E l hombre la penetra, la domestica, la desvasta. Poco a poco va cambiando el paisaje, y el bosque es sorbido por la nada y aparece el suelo liso donde había tumultos del viento cortado por espinos y fibras. L a hojarasca hizo de humus. A su beneficio agregó la selva, pava congraciarse con el hombre, otros regalos: alimentos de frutas exquisitas, jugos estimulantes y medicina- les, bebidas, aceites, grasas. L a selva le evitó el frío y la obscuridad, le dio de comer, en los climas norteños, la fécula de las castañas y las nueces; en los tropicales, bayas y pulpas azucaradas: le dio vino y leche de algunas especies; cobijo coaíra el sol t ó r r i do, productos químicos, tejidos de sus cuerdas, finas como nervios; instrumentos de música primitiva, el abanico, el panel, la poesía, colorantes, la onomatopeya rítmica, la carne de sus aves y de sus cuadrúpedos, la ayuda de las bestias de carga, las leyendas y los ídolos, la madera, capa de todas las transformaciones; las primeras vías de comunicación, con sus r í o s el caucho, la idea de sociedad y agrupación. A cambio de ello, el hombre, ingrato, cercenó los á r boles por los tobillos, desmenuzó las columnas de la selva; como una plaga, de- xuajó la selva. Sobre ella instalóse, entre praderas, mies y plantas utilitarias. E n la ducha el hombre había vencido; pero la tierra era ya, no esmeralda redonda, sino remolino de ceniza, residuo de la hermosura primitiva, planeta seco, arcilloso, árido. Vencida la selva, cuando ya menos de la cuarta parte de la extensión foresta! está en pie, y, además, aclarada, sin su magna potencia y fecundidad antiguas, el hombre comprende que el bosque es indispensable para su existencia; que sin el bosque la salud, la alegría y el trabajo son imposibles. Se ha creado el técnico, el ingeniero que analiza lo que vale el árbol como auxiliar del hombre y ha dictaminado así el árbol es la vida, y- el desierto vandal, la muerte. E n la pugna secular entre el be io y ciego elemento, que parece querer elevarse a Dios, y la raza, que pulula y aprovecha exclusivamente para sí el mundo, la inteligencia, demuestra que no debe haber exterminados. Los ingenieros repiten la sugestión de poesía que captaron los poetas. ¡Hay que reproducir la selva, cuidarla, mimarla! E n to- Sierra de Urbasa, en Navarra, magnífico bosque que hace encantador aquel noble irosa de España. f
 // Cambio Nodo4-Sevilla