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dureza ¡de ahora. ¡El árbol influye también en el alma de los hombres! Dulce energía del gallego o del santanderino, que se recuestan de niños en un pino o en una cajiga; satisfacción vital del valenciano que absorba desde el nacer el fluido del naranjo; tragedia íntima del aragonés o el extremeño sobre lo pedregoso; del segoviano o el alménense, enlutados sobre un yermo... Otros ingenieros acuden a encauzar los ríos, a represar el agua: riegos, energía eléctrica... Nada se conseguirá sin la alianza del árbol. E n el bosque está la vida como deporte, que es dicha realizar. Los ojos de los españoles necesitamos árboles. Nuestro corarán, acecinado, necesita amar al vegetal, que ha de dulcificar con su influencia ia ira que nos da el aquilón, azote sobre la arena devastada. Nos es preciso hasta el mito de que a cada hierba va a. vivir un alma para quq empecemos a gozar otra vez de las flores que hoy no cultivamos. E l gran problema de España es sólo de sensibilidad. E l árbol, su poética, su adorno, a y u d a r á n a cambiar nuestro paisaje interior, paisaje de odio. ¿Cómo vamos a amar a un país desvitalizado, feo, cuyas únicas gala, son su mortaja? Contra nuestra soledad, la compañía fiel y arnical del árbol. Contra el horizonte huidizo, avegentado, monótono, la garrida, frondosa serenidad- del bosque, que retiene, embalsama, cautiva. Regalo y deleite de lo arbóreo, no ver en la Naturaleza crimen de elementos, esterilidad, materia deshecha en polvaredas de huesa aventada. ¡A y si no sabemos refugiar y curar en ¡a espesura, mullido regazo Boreal, estas terribles desesperanza y dureza que nos ha dado a los españoles El contraste primero, Un aspecto de la sierra de Credos en sil parte desmida de vegetación. una Patria descarnada, sin verdura, consumida, con cárdeno viento enloquecedor, con extremos de hielo y calentura, con pose dulcifica; le va a enternecer la lluvia, el añoranza del bosque: o se envuelve en su breza y- s i n ilusión: lo que queda cuando sol detiene su roce de lija que apergamina capa y en su nihilismo y espera a la muerte desaparece el bosque! la tierra, y es apacible y sabroso: el, hurasentado sobre el solar de lo que fué empuje cán se convierte en brisa; el hielo, en nieTOMÁS B O R R A S de vida, que brotaba, y rompía, y corregía la ve; la nieve, en arroyo; su séquito de p á jaros y de animalias graciosas- acude en seguida, como acuden la emoción lírica, los aromas, la fortaleza física, el ímpetu optimista que dan los arbustos primaverales... Del bosque salen, ¡nueva transmutación, la salud y la risa, el dinero y las canciones. E l país que no se detiene en su lucha contra la selva es E s p a ñ a Cuando todos repueblan, ella sigue- arrasando. U n embajador extranjero va a visitar a los Reyes. C a tólicos, a Granada, y entra en la Península por I r ú n Desde la frontera a Santa Fe; -escribe- -no he dejado de pasar bajo un interminable boscaje. E n San Juan de la Cruz y en F r a y L u i s de León hay resonancias verbales del oreo y del murmullo suave de los aires pausados, que acarician nuestros bosques místicos, como eñ Garcilaso fuentes bajo álamos, y en Cervantes penitencias amorosas entre alcornoques, y en Lope de Vega vocabulario completo de vida en montañas de pasto y matas. Después viene la codicia del trigo y la construcción aglomerada de las ciudades: se rotura para sementera, se cortan pinares para vigas. H o y- -a ú n hoy- con el engaño de la Reforma agraria, entran cuadrillas de campesinos excitados en los encinares y en los robledos, y tajan los ejemplares centenarios, furiosos pOr meter el arado. Poco a poco España, morfológicamente, toma un aspecto feroz, lunar. ¡T i e r r a de C a í n! llama Antonio Machado a una provincia, á r i d a y fría Los economistas braman como profetas contra las zonas desérticas. Nacen vocablos específicamente españoles para designar los campos repelentes, sin habitantes y sin sav i a secarrales Sólo las fajas norteña y levantina aclaran y humedecen la visión de una España sin carne, dejando asomar a flor el hueso del cráneo. Con esa desnudez telúrica coinciden el endurecimiento del carácter, el pesimismo y la miseria. E l río, transformado en torrente, arrastra la capa cultivable, que el árbol hubiera defendido; tías partes se ponen a ello. Es la consigna ele la civilización. Poco a poco, el bosque, riel a su índole mágica, reaparece, sujeta, hundiendo sus largos dedos, las tierras corredizas. sanea los pantanos, aquieta las dunas; el clima, ante la presencia del árbol, en verano el sol, sin el filtro del bosque, castiga implacable la superficie resquebrajada con sus látigos de puntas de fuego. Así el labrador huye y emigra, atraído por la similitud marina de la llanura, en cuyo horizonte tiembla una línea azul, que calma su sed, presentada El contraste segundo, Otro aspecto de la sierra de Gredas en giie la vida estaré por uk pinar espléndido, (Fotos Marqués de Santa María del Villar.
 // Cambio Nodo4-Sevilla