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El entierro, a su paso por la Rambla de Cataluña. relativo a sucesos ocurridos tres días antes, se hablaba de la respuesta dada por el pueblo de Madrid a los señoritos monárquicos P o r sus firmas, el documento era, como ahora se dice, impresionante L o s señoritos aludidos debieron sentir algo así como si sobre sus cabezas cayeran a un tiempo el rayo de Júpiter, el caduceo de Mercurio y l a copa de Esculapio. L o s dioses eran en aquella ocasión doblemente injustos, porque n i los pobrécillos engañados que en la calle de Alcalá remedaban escenas de California o de V i r g i n i a eran- ¡qué habían de ser! -el pueblo de Madrid, ni los pacíficos ciudadanos a quienes se quería aplicar la ley de Lynch, arrancándoles de un coche celular al que habían sido conducidos por el grave delito de celebrar una reunión autorizada por el ministro de la Gobernación, y pretendiendo estrangularles y arrastrarles, merecían ser llamados señoritos. D e uno de ellos respondo que, monárquico, lo es, como lo eran todos los que estaban allí, íntegramente, cien por c i e n pero que de señorito tiene poco, porque no es mozo- -con grandísima contrariedad por su parte- no es rico, pues toda su hacienda limita al Norte con el frontal, al Este y al Oeste con los parietales y temporales, y con el occipital al Sur (con lo que queda dicho que es muy reducida y de cosecha escasa) y si no trabaja más, no es por falta de ganas, sino porque las circunstancias le han vaciado la vida, mermando sus actividades. Viene a cuento la anécdota para demostrar el error con que muchas veces se habla del señoritismo. D e l mismo origen que lo de ios señoritos monárquicos es aquello (Foto Branffulí. de los señoritos de la Regencia igualmente inadecuado. Porque los señoritos de la Regencia se llamaban Cánovas, Silvela, Martos, Sagasta, Alonso Martínez, Garnazo, Pidal, y también Castelar, Costa... ¡D i o s nos les resucitará para substituir a los señoritos energúmenos y hasta a los inquilinos de l a m á s alta cumbre de T e s a l i a! ¿N o serán señores, verdaderos señores, muchos de aquellos a quienes se llama señoritos, y no será su supuesto señoritismo noble y elevado señorío? Fácil es dilucidarlo. Todo l o que signifique egoísmo, l i gereza, vanidosa autoestimación exagerada, desdén hacia los demás, creencia en la superioridad propia- -lo mismo si tal creencia se funda en el linaje o en l a posición económica que en el talento o l a cultura- deseo de figurar, frivolidad, espíritu de casta o de cotarro (la casta no siempre tiene formación genealógica: hay castas que nacen en l a tertulia de una cervecería con un criterio m á s hermético que el de una Orden militar) Todo eso es señoritismo, señoritismo del peor, y señoritos infatuados y perniciosos señoritos son los que lo fomentan. E n cambio, al señor, a l que es verdaderamente señor, se le conoce por l a dignidad de su conducta y por l a nobleza de sus obras. U n hombre ve en derrota su ideal y en lugar de sumarse a los vencedores, sigue fiel a su ideal vencido; por lealtad a ese ideal sufre injurias, calumnias, procesos, cárceles; es asaltada, saqueada e incendiada su casa, sañudamente perseguidas sus empresas, y ni desmaya en sus lealtades ni tierde la serenidad. Entre los hierros de su prisión escribe reposadas páginas, que son condenación de la violencia, llamamiento a l a concordia y a la paz. Presentado su nombre al sufragio popular, el sufragio, aunque le ofrezca lá adhesión de cerca de doscientos m i l electores, no le favorece lo bastante para darle un escaño en las C o r íes. Cuando pudiera parecer natural que buscara l a explicación del caso en defecciones, en falta de reciprocidades, y a nadie sorprendería que se mostrase dolido de l a injusticia, él, por todo comentario, escribe unas palabras cordiales, justificando a los que borraron su nombre y agradeciéndoles que votaran a sus compañeros de candidatura. H e aquí un señor. Porque señor es el que procede señorilmente, y nada más señor i l que afrontar impasible la desgracia y la pérdida. Distintivo del señor es el dominio, y ningún dominio es posible sin el dominio de Sí mismo, que a todos supera y a todos comprende. ¡Sepamos siempre ser señores y dominarnos para tener derecho a dominar las cosas de la tierra! E n treguemos a los señores, a los que lo son por el alma, la educación y l a conducta, el dominio, que es su atribución natural; l a función para l a que están llamados, y no dejemos que ocupen su puesto y les usurpen el mando los señoritos, que son la degeneración de los s e ñ o r e s los señoritos v a nidosos, arribistas, pagados de sí mismos, que no pueden pensar nunca en la suerte del prójimo, porque necesitan todo su tiempo para preocuparse de la prcoia. FEDERICO S A N T A N D E R
 // Cambio Nodo4-Sevilla