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O t r a planta de la isla: el señor I. Eiscre esa floración ¿fe l a Naturaleza, t i amable y pródiga en almendros y naranjos, olivos y algarrobos, -que también se. ofrece en su varia y jugosa huerta, se da una planta más rara y exótica en los tiempos actuales: es de tipo- humano, l a d e l hombre exquisito, el señor que sabe llevar con dignidad este título. Este señor que ha, comprado- arte a cambio de solares. donde hoy se levantan los cómodos y alegres. -estudios de estos artistas, planta humana ésta que en Ibiza tiene su más delicada expresión en Mariano Riquer, descendiente por sus obras y su sangre de aquellos nobles ibiceñeos que honraron el título de magníficos como los Comasema, Laudes, Llovet, Botinas, Ba lanzat, Bardají... que fundaron esas mansiones señoriales que se asoman al maf- entre las severas cresterías, de Ibiza L a maldición de T a b n i t H a y especies calumniosas Que no necesi- tan rebatirse, pero el daño causado a Ibiza, posiblemente s i n ninguna intención malsana, p o r algunos hombres de letras, tardará mucho en desvirtuarse. S i n embargo, puede decirse que ha ganado con este relativo aislamiento en que vive, porque sus belleAntonio Abad (Ibisa) zas casi ignoradas no se han adocenado Con. el turismo avasallador. Sólo los más depurados artistas han puesto sus ojos y sus plantas en esta tierra excepcional, en este hasta la levedad de sus pies, destaca 1: paraíso de luz que, si antaño hubo de deextraña palidez de Su rostro de nácar, el fenderse de cartagineses y berberiscos, ahomarfil de su carita de virgen, bajo el amra ha tenido que hacerlo de escritores y plio dosel de su obscuro y rico pañuelo, turistas sin escrúpulos. Atiendan unos y que acentúa su blancura si el sol requeotros la maldición de Tabnit, aquel sacerbrador y ardoroso de la isla no hubiera dote de Ashtart, el gran dios fenicio que besado jamás aquellas mejillas lechosas ytenía en la Ibiza cartaginesa su popular obscuras, que tienen algo del rostro. de la santuario, cuando presentía que, una vez hebrea y la mora. Señorial de porte, más muerto, habían de despojarle de sus bieque criada parece el ama digna de aquel nes y atacar a la isla. Dice así: Y o Tabhogar silencioso y en penumbra de siesta, nit. rey de ios sidonios, reposo en esta caja. por donde ella se adelanta mostrándonos eí ¡Oh, no abras mi tumba ni turbes mi recamino. V a arrastrando sus, faldas plegadas poso, pue. s no hay en nuestro poder ningún y chillonas cual una Hermana de la Caridinero, n i oro, n i ninguna clase de vasos! dad, sin el tintineo del crucifijo, y rompe i Oh, no abras mi caja ni me turbes, pues esta ilusión monjil una- trenza negra y bries cosa abominable a Ashtart! Y si osas llante de pelo que luce en sus espaldas como abrirlas que no tengas mi primogenitura en tre los vivientes bajo el sol ni lecho de r c un trofeo. poso con los Rephaim Así sea... Una procesión en San A s í se expresan estos escritores, 10 vamos a perder el tiempo en desmentir todas estas, atrocidades. Parecen ignorar cue en toda exageración- manifiesta hay, na so ló una ofensa a la verdad, sino una agresión al buen juicio de los lectores Decir que en m a d u dad como en Ibiza no Hay más Centro de enseñanza que el Seminario, esi abusar de las tragaderas del público. E n IbSza exist n numerosas escuelas públicas y párticulan s y de preparación para diversas carreras. 1 1 1 L a payesa, l o más bello c e la isla Si de ese exagerado relato quitam ese 3 S acento morboso, encóntrareiñbs algo de verdad acerca de la forma sugestiva que tiene todavía este pueblo, rico enlsu folklo re de expresar sus pasiones y sentimientos, Zierto que en los cortejos amorosos ¡existe e 5 desfile, de payeses, pero no en tan creci o número, ni el galanteo, ni hay Relinchos, ni r i ñas, ni rfueda excluida por eso la aut oridad de los padres en la elección jdel novio, Los relinchos los ha confundido el auto r con esos gritos prolongados que lanzan ros nu mozos en muchas regiones españolas, estr desde Navarra a Galicia, que tienen tanto de saludo como de desafío. Nada hjay tampeco de esas fantásticas ceremonias de armar caballero, pues el ibicenco no posee más arma, que la del trabajo, y así J e rinde para haber hecho de la isla una tierra donde n- hay un palmo eme no haya sido: fecundado por la mano del hombre. T o d o es de juguete Y es que en Ibiza no hay aldeanas o campesinas, porque no existen aldeas propiamente dichas. Es como si la ciudad blanca y curiosa que se asoma a la bella bahía, en gloriosa ascensión hacia la Catedral y el castillo, se prolongara por toda la fresca y alegre campiña donde, como cortijos andaluces, surgen cada cien pasos pulidas torres y alquerías, con sus tres típicas arcadas en la tprre cimera, que inunda los montes y valles eternamente verdes. H a y en la isla un solo puente, porque hay un solo río, el único de todas las Baleares, que es como un juguete regalado a la hermana menor. E l mar parece enamorado de está isla, y, Bailan, sí, los ibicencos, y. bien ar tistica- es- de ver cómo juega con ella en sus infiy ágilmente, por cierto. E l ai grandes saltos, nitas calas en calma, cual si las aguas emsin volver, por respeto, la espalda a la moza, bravecidas de otras latitudes vinieran a veE l l a con los brazos y los ojos bajos, va traranear en estas playas suavísimas que pazaíido con sus pies diminutos, apena perrecen, más que obra de la Naturaleza, filiceptibles bajo la rizada e inmensa caippana grana de. los numerosos artistas que pueblan de sus faldas, pequeñai eses, ¡cual si dess las tierras de Ibiza en busca de su luz málizara sobre misteriosa, plataforma, Rjesulta gica y triunfal, que quisieran apresar eteraparatoso y brillante, armonioso y sug e n ridor, namente en sus cuadros o libros, o lleváreste baile payés, cada día menos fre úerite sela en pomos a la Península para espolen la isla. Lástima que ellos hayan al ándovorearla sobre sus obras. Díganlo Fernannado lias ropas típicas; no así ellas, qu i con de Vizeay, Rígobertp, Soler, Tarres. Pugel, servan a diario las gentiles y señorial ss roGchóa, y otros tantos maestros del pincel pas del país, que no debieran abardonar que eñ esta isla encantada han levantado sus nunca. j torres de marfil, sus museos- hogares, intCr La mujer ibicenca es, dd cuanto tiernos xicadps prendidos por ese ambiente luminoso y risueño de estos países llenos de; paz, admirado en la isla; lo quj más ho idla y y de beatitud. gratamente nos ha- cautivado. Nos eíerimos a l a mujer campesina, i la margja. uüa á que s i r v e en la ciudad. Cuando os recibe en la puerta de la casa parece, una milágrosa aparición al abriros la cancel; cnMolino de viento. Al jondo, la lutada desde los ojos profundos y i egros ciudad de Ibiz- i. 1 JÓSE ASENJO
 // Cambio Nodo4-Sevilla