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SlllOGRAMA S Lilienthál, campeón dé ajedrez de H u n gría, se sienta anteilos tableros madrileños; -en esta- semana frente a Kocher, Órtueta, Sár. z, Cadenas, Rodríguez, Almirall, Anón, L a f o l í a Golmayo. Torneo; de nuestros maestros c o n t r a tin maestro cosmopolita. Lilienthál tiene, como todos Jos dominadores del ajedrez, algo de prestidigitador: juega a ciegas, gana partidas simultáneas, mutila su fuerza concediendo piezas de ventaja, mueve las fichas, situadas ¿olamente. en su memoria, por teléfono. Estas habilidades de prestímano, ¿d e s c l i bren la verdad íntima del ajedrez? Parece que se. trata, de ú n problema de escamo tep: el- ajedrecista cubre una; ficha esencial con; la protección de un desarrollo ofensiv o amenaza, se musve, despista, ejecuta movimientos in c o ni prensibl. es y, por fin, ¿a un golpe exacto, inesperado. E s un ilusionista que aturde con la. velocidad combinadade multitud. de armas que van por el tablero ejercitando un ritmo mecánica- que inquieta y aturde. Emana una fuerza implacable cada jugada, es; fuerza que tiene ¡una demostración algebraica, limpia, sin error. E l ajedrecista, abstraído, con T a mirada- sólida apoyada en el tablero, parece que se vacía por ella, y con enérgico- magnetismo hace refluir hacia la otra- orilla la sugestión que ha de desazonar y. -en el término, ahogar k moral del con r ncante. Así descorazona el malabarista cuando. se entabla silenciosa lucha con él pretendiendo averiguar su truco, y, sin que le- vislumbremos, nos extrae monedas, flores, serpentinas y. palomas de la nariz, irritando nuestro amor propio, dejando confusa y. como llena de humo nuestra inteligencia. 1 níficos españoles olvidados- ha- er eaüp el autómata que juega al ajedrez. Podéis realizar la partida con ése artiiugio eíéct rico que responde instantánea mente a todas las ev lu- ciones moviendo ficha. jne debe, seg la marcha natural plan. Es una sen; ción e x t r a ñ a la que experimenta áiscutic do, jugando, cov. qánáose con el pdüeto de un- laboratorio de mecánica que suple al cerebro- y ¡a iniciativa con la serie de engranajes influidos por da electricidad. L a criatura: científica de T o. r r e s Queveclo es él símbolo del aje. clrecista. U n hombre. se sienta ante- el. tablero cuadriculado. Se trata de ven -er, es d c- c. -i r, de encentrar la solución al pro- i blcina. Sus. armas son i la razón, que le ha enseñado, por. medio i tú campeón de ajedrez de Htmqria, Mr. Lúienthal, que ha jugado en Madrid esta de l a experi e n c j a i setnana. partidos sensacionales. (Foto Claret. cultivando. su aptitud, 1 v Estas sensaciones de debatirse en los lazos de. un mago de la prestidigitación tiene la partida de ajedrez, pero a eso contestan los- tratadistas que ajedrez equivale a grave asunto de estrategia. E l ajedrez no es fantasmagoría ni es juego creado por la Suerte, la gran coqueta: Es- -dicen- -cálculo, matemática, intelección pura. U n ejercicio como el que hubieran podido inventai los geómetras, de Swi ft, el- satírico padre de Gull- iver. A j e d r e z e s medir, combinar un plan racional, demostrar un teorema: Se parece a l a guerra- -añaden- Tiene su mapa posible, su ejército, el contrarió, la limitación y el desconocimiento de la idea del adversario. tiene la táctica y la diversidad de elementos de choque. Es excelente para jefes de Estado Mayor y para estudiantes que consultan la tabla de. logaritmos. E n efecto, la partida es una pequeñita batalla. Infantería, alfiles ligeros comb aeroplanos, fortalezas, campo atrincherado del enroque, movimientos de sorpresa del cabadlo, una- flamígera e instantánea acción, la de la reina (la inteligencia del Mando) los muertos, los prisioneros... Bien. ¿P e r o es eso la guerra? U n a fila de guarismos en u n encera- do? ¿O t o d o elle- -método, cálctx- lo, coordinación precisa- -no e s m á s que l o auxiliar de la guerra? Es- que la guerra no tiene alma. Los que hemos estado en- Jas campañas sabemos que la sangre no se v i e r- te por las estadísticas de la Intendencia, la aritmética de la balística para hacer fuego eficaz, -ni por la grandiosa concepción lógica del grupo de jefes edificada sobre datos ciertos. E s una llama fría, una. voluntad cósmica; un entusiasmo ciego, una sumisión ai destino y un amor desinteresado lo que empuja- hacia adelante la condensación de energía que el comandante reduce a fórmulas. E s lo contrario del cálculo: el arrebato trágico, lo que no se relaciona con lo utilitario, el desinterés de la vida. E s holocausto religioso a una creencia; en la patria y ert la justicia de la causa. E l ser humano, si se. mecaniza entonces, es por servil mejor el coraje patético que. -emana de su, espíritu, lio de su facultad dé analizar. 1 Desechemos esa interpretación. E l ajedrez n i es un espectáculo funambulesco ni otra demostración de física. L a pista dé l o ffuc el ajedrez encierra en sus apariencias distractivas o séudo- dentíficas la da esa afición que tiene por él l a pedagogía racionalista. E l ajedrez es c l l i i jo adoptivo del centro de. Europa, donde ahogan; el ensueño Pescarles y Latero. Cuando Rusia se hace bolchevique el- ajedrez arrebata de entusiasmo a los Clubs, de estudiantes y obreros; es hasta- asignatura. L a frialdad, la disciplina, la suieción del alma a un criterio fijo ya elaborado, combina a- maravilla con la huida de lo. sobrenatural. E n Alemania el ajedrez es duda metódica y en Rusia dialéctica materialista Quien cree que por reglas- adquiridas puede vencer, quien elimina; de la vida el misterio, quien se fía sólo- de lo que sus. sentidos aprehenden, quien ha hecho finito, tacteable y mensurable el mundo y se ríe de lo- que no comprende ni conoce orgánicamente, ése ha de ser aficionado al arte del ajedrez, que se expresa con letras y cifras comprobables. Así llegamos a fijar el escorzo del ajedrecista. U n sabio español. Leonardo Torres -uno de los m a g una s e r i e numerosa de procedimientos para llegar ai: fin. Y: esc ajedrecista, seguro de lo infalible de- su arma, reta a un elemento igual, a otra ra- j zón analítica, matemática, positivista. l i e ahí la postura. Elimina el ajedrecista la po- j sibilidad de la fantasía, del arabesco. -ele! ha- 1 mor, de la ternura, del miedo previamente ha lanzado de- sí, como fardo inútil, lo: que él titula opios- -y supersticiones. Non plus ultra! es su grito de guerra. Todo es de él y está en é l E l ajedrecista, como un: anima! que conociera sólo dos dimensiones, se mueve ignorante de la tercera: la proíun- i didacky aún de la cuarta y la u dimensión. Comete el error mismo que esos físicos- -Le- niaitre, Milnc, Eddington, Joans, Einstein- que nos entretienen con sus debates acerca del peso, masa, fuerza, extensión y dinamismo del universo, haciendo caso omiso de i lo divino. -Él ajedrecismo es racionalismo sin; mezcla, como, ellos son cientificismo agnós tico. Mentes encuadradas en límites. ¡Pero lo sobrenatural se pone a jugar en- frente del ajedrecista. A las primeras com- ¡binaeiones salía un jaque que le da el Infi- jitto. Fuera de su concepto estrechísimo está; el: verdadero universo, la amplia maravilla: todo lo que no se sopesa, se combina, se redtice a. expresiones aritméticas. E l mundo no, os. física, sino teodicea y metafísica. L a dialéctica materialista nó. puede responder a- la; imprecación de Santa Teresa. Cuanto menos coáiprcndp, más. creo L a fe envuelve a J a ra- zón como el- firmamento a una estreH lia. E l sentimiento- arrebata fuera- de sí a nlento arrebata fuera- de sí a; la lógica. La p o e s í a e s realidad. U n tcrriMi más verdadera que la poeta de la pintura; Goya, escribe debáio de uno de sus- sarcas. -j mqs en peleles: E l sueño de la razón ¿ai gcñdra monstruos E l pobre ajedrecista; ser que sólo conoce dos dimensiones, que repudia lo imprevisto, que n o á n i á lo sobre? humano, juega a responder conforma a io principios del cálculo, como- el autómata dé Torres Qucvedo. Y e l ¡infinito se Je escapa; se le derrama entre las piecccülas... Y ef m i l a t r o lo vence. i OH AS B O R R A S 1 nnrmií -nrrin; m- nrm- timni- invnniiiIÍniI UI irn