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la. Sand en su libro Un hiver á Majarque. A h o r a empiezan á p u blicarse algunos docum e n t o s aclaratorios, pero: sin que n a d i e pueda jactarse de decir la última palabra sobre los románticos amores del famoso p i a nista c o n l a célebre escritora revolucionaria. Gabriel A l o m a r en el bellísimo próloo que puso a la t r a ueción española del antedicho libro, por Estelrich, el p a s a d o año, en P a l m a asegur a que él amor que esta escritora tuvo p a r a C h o p i n fué más de protección maternal que de apasionamiento erótico. H u b o mucho de espiritual en la i m pudicia de aquella m u jer sajona, de sangré casi regia, para con su e n f e r m o amigo, de sangre ¡polaca, de tan distinto, t e m p e r a m e n to, aunque unidos a m bos por idéntico r o m a n t i c i s m o Chopin era joven, enfermo y débil; ella le superaba en edad (treinta y cuatro años) y era indómita, fuerte e ilusionada de lia vida. Y p o r razón de lugar y de RETRATO D E L A BARONESA D E D U D E V A N T las circunstancias, no JORGE S A N D PINTADO POS DELACRÓIX debió ser un i d i l i o amoroso la estancia invernal de ellos en l a abandonada Cartuja de Valldembsa y su accidentada peregrinación por la isla mallorquína. Sabido es que Arméndina L u c i l a A u r o r a D u p i n nació en París en I804, pasando su infancia en el castillo de Nohant, hasta los c a torce años, c o n su abuela, L a Charte, quien, inspirada en Rousseau, educó a la niña como librepensadora. L u e g o estuvo en un colegio de religiosas, y, a pesar de su repugnancia a l matrimonio, los padres la casaron con el barón de Dudevant. M a s huyó de su castillo, abandonando al esposo para v i v i r en París libremente de su t r a bajo, unida a j u l i o Sandeau, joven de ideas similares. Más tarde escribió por su cuenta novelas y libros de filosofía avanzada, me- f tiéndose al fin en política y periodismo. A Venecia fué con A l f r e d o de M u s s e t y, tuvo otros amigos escritores o artistas, hasta que en 183 g. se fué con Federico C h o p i n a M a llorca. E n 7 de noviembre, consta en la d o c u mentación del vapor Mallorquín, que, en. pa. saje. de; primera clase, fueron desde B a r celona á P a l m a la baronesa Dudevant (casada) con sus hijos M a u r i c i o y Solanje y el artista Federico C h o p i n más la camarera A m e l i a A l siguiente día arribaron antes de mediodía. Según otros documentos se sabe que en P a l m a permanecieron una semana frente a l huerto del ¡Rey, en una casa de huéspedes; un mes en Son Vent (casa del V i e n t o) en Estabtiments (campiña) E n casa del Cónsul francés, M F l u r y cuatro días, y en la celda número 4 de la Cartuja V a l l demosa los cincuenta y seis días restantes, hasta el 13 de febrero de 1839. en que regresaron todos a Barcelona en el mismo vapor. E s t a peregrinación coincide con el relato que, sin fijar nombres, fechas, ni detalles, hace la escritora en su írb, o- Un invierno enMallorca- E n él fustiga a los mallorquines, subrayando mil inconvenientes (que, hasta cierto punto, eran disculpables en los viajes de hace un siglo) y en la exagerada aprensión le los isleños. de antaño a las enfermedades, del pecho. Protesta del mal servicio sanitario, de alojamientos y locomoción, que comparaba con los de París; del desahucio que les h i z o de Son Vent el propietario Gómez, VACIADO D E L A M A N O IZQUIERDA D E C H O P I N EL PIANO D E C f l O P I N al enterarse de l a dolencia de C h o p i n del calvario que pasaron hasta poderse alojar en la Cartuja y de l a explotación de que fueron víctimas por parte de algunos mallorquines. E n cambio pondera la poesía de aquellos l u gares y se encanta en el recuerdo de gratas excursiones por la. costa. E n otro artículo de revista me he ocupado recientemente de l a Cartuja de Valldemosa, y no pienso repetir aquí su descripción para no restar espacio a otras notas más interesantes (como el viaje a ella) de aquellos amantes franceses, y algunos detalles de su vida allí. Según el libro citado de la Jorge Sand, fueron a l a profanada Cartuja a jmediados de diciembre, viajando en una tartana sin muelles, por antiguos caminos escabrosos como torrentes. Invirtieron tres h o r a s dos sobre terreno casi llano y la tercera en v i o lenta cuesta, sin que el vehículo pudiese llegar hasta el ex monasterio, por no a d m i- tirio la empedrada senda final, de temerarias sinuosidades. (Excusado es decir que hoy se va hasta allí cómodamente, en auto, por magnífica. carretera) E l paisaje v a tro. candóse de bello en encantador, hasta que el cuadro resulta de una atracción bellamente triste. E l marco es un hemiciclo de montañas tapizadas de silvestre vegetación, destacando
 // Cambio Nodo4-Sevilla