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MADRID- SEVILLA 11 D E E N E R O D E j 93 4. K E D ACCIÓN: DIARIO I L U S T R A DO A Ñ O TRIGÉSIMO. N UMERO 9.567 SUSCRIPCIONES I ANUNCIOS, MUÑOZ O L I V E C E R C A N A A T E T U A N SEVILLA NUMERO PRADO D E SAN SEBASTIAN. S U E L T O 10 C E N T S Uno de los atropellos más violentos y desaforados del Gobierno socialazañista fué el cometido con los funcionarios, y señaladamente con magistrados y jueces. E l sentimiento de venganza y el ansia destructora inspiró aquella ley excepcional de agosto del 32, que fué una vergüenza para la moral jurídica, un ultraje para toda la vida del orden social y un atentado contra la Constitución. A l amparo de aquella ley, el señor Albornoz, ministro de Justicia a la sazón, escarneciendo la garantía constitucional de independencia de la judicatura y el precepto terminante que ampara la estabilidad de todos los funcionarios, sea cual fueren sus ideas, persiguió a jueces y magistrados, los apartó de la carrera, sin concederles siquiera el derecho de descargo, sin inculpación que constituyera delito o falte; a veces, sin expediente. Bastaba un informe apasionado que dictase la malquerencia, o la interpretación intencionada que diera a un hecho perfil político, para que el Sr. Albornoz fulminara, la jubilación forzosa. Se d i o el caso, ayer citado en el Congreso- de separar del servicio al presidente de la Audiencia de Zaragoza porque alojó en su residencia oficial a un sacerdote jesuíta... ¡que era su fojo! E l Sr. Albornoz, desde la cima del ministerio, daba estado oficial 1 la herejía a monstruosa de una Justicia republicana como si la esencia y la función de la Justicia no estuvieran, como tributo al derecho natural, más allá de las calificaciones de partidos y de regímenes. Aquella etapa de persecución, de la que fué gustoso y entusiasta ejecutor contra la magistratura española el Sr. Albornoz, es una de las páginas más inauditas y bochornosas de la República; bastante para definir todo un período político, y sobrada para dejar la huella de identieidad de unos gobernantes. E r a indispensable la urgencia de exhumarla con una enérgica demanda de reparación- -que es un grito de la conciencia pública- y ayer se encargó de ello, con acierto y con fortuna, el Sr. Azpeitia, en las Cortes. E l sumario de! o que adujo, con no ser sino trazo sintético, escandalizó a la Cámara. Fué unánime el sentir y el juzgar del hecho tan ¡indigno y afrentoso. Y si la unanimidad no resultaba completa in mente, a lo menos, lo fué por el otorgamiento del silencio. Con lo que queremos registrar que esta fase de las ferocidades del Gobierno de Casas Viejas no tuvo- -no podía tenerlo- -ni un débil intento de defensa. E l ministro actual, a cuyo animo no era necesario allegar protesta ni datos, porque tiene de lo sucedido seguramente juicio con- cluso, ofreció abiertamente revisar todos los casos para las justas y exigióles reparaciones. De su buena fe y de sus propósitos no dudamos. Daremos por cierto que sabrá restaurar créditos profesionales y posiciones y jerarquías legítimamente logrados en la can- era, Pero eí daño sufrido, quien lo resarce? Los hombres que a título de innovadores y moralistas se han pasado dos años hablando de responsabilidades, ¿dónde y cuándo rinden las suyas? Esta de los despojos inicuos a jueces y magistrados a funcionarios en general es gredsa -categórica e LOS A T R O P E L L O S A LOS JUECES Y MAGISTRADOS indiscutible. Se hizo votar una Constitución para desobedecerla con escarnio. En esa Constitución se daba la seguridad de no ser perseguido por ideales políticos y seguidamente se desahuciaba a los funcionarios por sospechosos de monarquismo simplemente, por presunta frialdad para con la República. Así, tan ciega y cruelmente, se atrope lió el prestigio, la rectitud, la suficiencia y la honradez de jueces encanecidos en la austeridad de su misión. Las reparaciones que se les debe no serían completas más que residenciando y desahuciando a los que fueron sus verdugos. Verdad es que de ello se encargará. la voluntad del país y ya lo han prevenido las manifestaciones de la opinión. LA Y SI T U A C 1 O N POLÍTICA PARLAMENTARIA Manifestaciones del Sr. Martínez Barrios Los mandos militares, i a sucesión d e l d e la señor L e r r o u x y la consolidación República Tras una pausa, el Sr. Martínez Barrios añadió: -Los elementos que en política, tanto en ¡a derecha como en la izquierda, son entusiastas de practicar el deporte de augurar catástrofes, no se avienen a una etapa de normalidad, en cuyos umbrales, por suerte se encuentra ahora actualmente España, y añado más: los nubarrones pesimistas se han desvanecido en toda su amplitud. -Bien- -interrumpió un. periodista- ¿Pero usted se afirma en la cartera de Guerra? -Eso no radica en mi voluntad y sí en la del jefe del Gobierno. Estaré ahí en tanto don Alejandro lo disponga. Claro es que no se me va a mandar a una cartera, la de Hacienda, por ejemplo, para la cual carezco de aptitudes. Repito, señores que no se me conoce. Yo tengo una postura de absoluta diafanidad y nadie con autoridad podrá decir que procedo con deslealtades. M i norte es que subsista la República, y a ello dedico todo mi afán. Eso y sólo eso. -Pero, -la República no está consolidada aún? -preguntó un periodista. E l ministro de la Guerra, con un gesto significativo, terminó, diciendo: -Quedan por limar algunas asperezas. Madrid. Hubo en la tarde de ayer menos animación de la acostumbrada en los pasillos del Parlamento. E l ministro de la Guerra acudió temprano, y fué rodeado por los informadores, quienes le hablaron de los propósitos que le atribuye El Socialista en orden a su actuación en política. E l ministro de la Guerra contestó lo siguiente -En eso de los mandos militares yo puedo afirmar que más escrupulosamente que yo no ha procedido ninguno de mis antecesores. Lo. que pasa es que yo tengo que desenvolverme con el anuario militar a la vista y si me dan una plantilla de veinte coroneíes por ejemplo, tengo que ocupar los cargos que vaquen con esos veinte coroneles, pues no puedo ir a buscarlos a otros Cuerpos del Estado. En cuanto a las intenciones que se me adjudican en un aspecto más puramente político, afirmo categóricamente que yo no seré el sucesor del Sr. Lerroux. Y o soy incondicional en la amistad de D. Alejandro, pero no en su opinión. Me considero un propagandista del sentido común y éste aconseja que lo fundamental en estos momentos es la consolidación de la República, y así cuando esto suceda se verá lo fácil que es gobernar, pues entonces los partidos se desenvolverán en sus actividades sin el fantasma de un cambio de régimen. Soy el más decidido enemigo de toda dictadura y en ese sentido digo, en mi calidad de hombre político, que el día que tenga la certeza dé que la mayoría del país se manifiesta en contra de la República, yo no opondré para que así suceda el menor obstáculo. Ahora en estas elecciones se h a ido en contra de unos errores lc Gobierno, pero 110 en contra de la institución. Y esa es la confusión de muchos, en la que yo, fuera de toda pasión, no estoy, pues me hallo en condiciones de apreciar objetivamente que la mayoría del uaís acepta el régimen sin distingos. Sobre las actas de Castellón Un t r i u n f o de las derechas y una di cu sión entre socialistas Las actas de Castellón se discutieron ayer en el salón de sesiones, no todas, sino la relativa al último lugar, disputado entre don Juan Calor, radical, y D. Juan Granell, tradieionalista. E l dictamen proponía la proclamación del Sr. Granell, y este acuerdo se obtuvo en la comisión de Actas por los votos de los populares agrarios, tradicionalistas, Renovación Española y socialistas. Precisamente D. Teodomiro Menéndez, representante socialista en la comisión de A c tas, a raíz de ser tomado el acuerdo; se ufanaba de la imparcialidad con que el partido socialista procedía, ya que no había tenido inconveniente en votar a un tradicionalista, porque lo creía de justicia. Pero ayer cambiaron las tornas. Cuando se llegó a la votación, algunos socialistas lo hicieron en contra del dictamen y a favor del voto particular, que pedía la proclamación del Sr. Calot. L a votación la ganaron los populares agrarios, tradifcdonaliatas y monárquicos, por 153 sufragios, contra 122, de radicales, agrarios y socialistas. En los pasillos se exteriorizó el júbilo de las derechas por este triunfo, que reputaron de magnífico. Populares agrarios, tradicionalistas y monárquicos rodearon al señor Granell, abrazándole y felicitándole. En cambio, entre los socialistas se exteriorizó bien pronto una profunda discrepancia, en relación con lo sucedido al votar el dictamen. E l Sr. Largo Caballero se mostró sorprendido de la actitud, que adoptaban sus amigos, contraria en un todo a la que sostuvieron los representantes del partido en la comisión de Actas. Discutió el Sr. Largo Caballero con D. Teodomiro Menéndez, y puso de relieve la improcedencia de la conducta observada. L rrifeted nos, ¡dijq- -dirigiéndose al señor.
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