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E n l a s r u f a s p o s i b l e s d e los p o s i b l e s p r i s i o n e r o s El pájaro rifeño y leí j a u l a portuguesa. bra ocurre como en el amor: que se descubre en la verdad y sólo dice sus men- tiras. Poco tiempo llevo, contando tres viajes, en tierras marruecas. Pero no tan poco que desconozca lo que es de buen tono y lo que no es la cortesía casi poética de los musulmanes. Es, por ejemplo, deplorable la línearecta, el ir en la conversación directamente al tema que importa. N i n g ú n árabe preguntó jamás a su huésped a q u é cosa iba a verle, ni ningún moro, que se estime como tal, ser á nunca capaz de soltar ese repugnante Usted dirá, frecuente en los labios de esos occidentales que han convenido un. día la máxima b á r b a r a de que el tiempo es oro. Nada de hablar de prisioneros. Como en el amor, otra vez, el rodeo. Hablamos sobre el R i f y sus cábilas... E l recuerdo de las jornadas trágicas que produjo el levantamiento de Yebala. Toda la película de nuestros desastres y nuestras victorias, entre sorbo y sorbo de té. Y como al español le es más fácil que a ninguno otro denigrarse- -así nos crece el pelo- la cortesía me permite esta vez hablar de victorias, refiriéndome a. aquellos sucesos que fueron para nosotros de descalabro. Así, hasta llegar a la página del desembarco de Alhucemas, fundamental en la base de la pacificación marrueca. E l Pajarito habla pausadamente un español claro y conciso. N o parece que de esta misma boca, que hoy cuenta un romance de moros y cristianos, hayan podido salir voces de mando, ni inflamadas arengas. De vez. en cuando, como, si pudiera herirme al explicar su campaña guerrera, dice: ¡Claro, es, la guerra! ¡L a guerra es siempre la guer r a! y. frota luego sus manos muy ligero, como diciendo, con aquellas manazas grandes y morenas, que nada queda ya en él de lo pasado, y prosigue hablándome de los proyectos que tenían su cuñado A b d- E l X r i m y él. Grandes proyectos. E s innegable, que estoy frente a un caudillo poco vulgar. E n un momento cruzan por su labio fácil y en este tema explícito muchas cosas, como, entre otras, el proyecto de tomar Fez y de entrar en T á n g e r y las razones por las cuales- siempre desde su punto de vista- -rio entraron en Melilla. Pero, lo que dice de su camp a ñ a de guerra me h a r í a extenderme mucho y acaso sea, m á s tarde, motivo para uno o varios artículos en horas menos febriles que éstas, cuando no tenga que escribir sin volver a leer lo que escribo, cuando no tenga que saltar de coche en coche y de ciudad en ciudad, y mi mirada se pose en torres de catedrales, en lugar de en minaretes de mezquitas. Aquí, en Mazagán, no es posible. Soy, posiblemente, el único hombre que febrilmente- -incluso con fiebre física- -tiene prisa en el Imperio Feliz, y apenas si puedo fijarme en que las murallas portuguesas hunden sus piernas de piedra morena en el mar o se desgajan en esos torreones, cuya antigua, artillería apuntara a la llanura y también al mar. H a y en M a z a g á n un pequeño café, situado en el barrio europeo, al bordé de las palmeras que presentan las armas de sus hojas en cortesía a la civilización occidental, representada en uno de estos carros azules, como el que a mí me ha traído desde Casablanca, para fijar uno de los jalones m á s importantes de la nóvela o de la realidad novelable de los prisioneros españoles del Sahara. H e venido a Mazagán- -cigüeñas y murallas portuguesas, dromedarios y tradición peninsular, expresada en jaquetilla- -a encontrar al hombre que posee el secreto. Y a este Hombre, le v i por primera vez en l a terraza del Café des Negociants... ¡A él, que había negociado como nadie! Estaba sentado junto a un velador, al que el ayuno del Ramadán parecía haber limpiado de cristales. Sin los amplios ropones árabes hubiera sido como un buen burgués del banlieu de Marsella que se hubiera retirado de negocios distintos a aquellos de los que la paz tiene retirado a Mohamed Azerkane- (e! Pajarito) gran negociante de la guerra. Aquí, en la terracita del café, este moro enorme, vestido de azul, tiene su melancolía de residenciado en los blandos paisajes de D ukala, y sueña en voz alta, para quien quiera oírle, con las ásperas peñas del R i f almohada dura de su juventud aventurera. E l Pajarito no está alegre en la jaula portuguesa de Mazagán, en la llanura pródiga en ios dos símbolos de la Eucaristía: la espiga y la uva. E l es un prisionero, atendido, pero prisionero, bajo la alegoría peninsular del escudo clavado sobre la puerta de la medina, cuyas calles tienen aún los sonoros nombres con que las bautizaran los caballeros del Rey de Portugal. despedida, y yo he de. seguir sin su gratis: ma y eficaz compañía, viene conmigo L u i s x ntonio de Vega, aquel a quien yo llamara, sin exageración, el segundo moro vizcaíno. E l entra conmigo en la casa de el Pajarito, y yo quiero hacer a su nombre predilecto cita de honor. Mohamed Azerkane nos precede subiendo la pina escalera de su casa y conduciéndonos hasta una sala bien dispuesta, con su jaiti, colchonetas y blandos cojines, a recibir la visita, del europeo en el Islam. L a habitación tiene dos ventanas, y en ellas las cortinas moras han precipitado las sombras de la noche en el recinto cuando aún, anda el sol pegado a la miel de las murallas de Mazagán. N o importa que aquí anochezca antes que en la Puerta de Tierra o en la Puerta del M a r si. aquí logro un amanecer más temprano que el que otros buscan por las latitudes de los ministerios y de las chancillerías. Pajarito manda servir el té con hierbabuena. E s la humeante antesala dulce de toda conversación en el Islam. Por una vez, y abandonando la cortesía, que manda al anfitrión probarlo antes que sus invitados, como demostración, entre sonrisas, de que no será envenenado, el Pajarito no se sirve té. Como estamos en pleno Ramadán, y ningún mahometano osaría quebrantar el ayuno, es discreto pensar que ni Vega ni yo moriremos esta noche entre los muros de la ciudad antigua y admirable. E l R a madán es río impetuoso, que durante veintinueve días arrastra en esto de comer la cortesía del árabe más fino. Y a estamos Pajarito y yo, sino mano, a mano, tampoco frente a frente, ni en la enemistad ni el pacto, sino en la conversación, hasta cierto punto natural, entre un moro que fué caudillo en la disidencia y el periodista peninsular que viaja por toda la dimensión del Imperio Feliz en busca de una verdad que, claro está, no va a decirle el Pajarito. N i yo lo he pensado nunca, que en estas burlas y torneos de la pala- E l Pajarito, avisado por mí convenientemente, me espera en la puerta de su casa. O nos espera, mejor dicho, porque hasta Mazagán, donde nos daremos el abrazo de Cuando ya creo que. la conveniencia social musulmana está salvada plenamente, abordo el tema de frente. ¿Y qué hicieron de nuestros prisioneros, Sid? E l Pajarito no medita su respuesta: -M e ocupaba personalmente de ellos- -dice. Procuraba que fuera l o menos duro posible su cautiverio. S i n hospitales, sin abundancia de víveres- -una jarka no es un ejército, en campaña- -no. se pudo h a c e r m á s Dentro siempre de- los medios y de mis atri- r
 // Cambio Nodo4-Sevilla