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berta ser por todos subsanada, y la memoria de la Guerrero y de Díaz de Mendoza debería encontrar su lugar en el Museo. A más de sus retratos, que no es suficiente, algún recuerdo personalísimo: el traje de La niña boba, con el que la magia del pincel de Sorolla la llevó prodigiosamente al lienzo; el de Doña Inés, del Tenorio, en que comenzó su notoriedad, o aquel magnífico, que ella llenaba de majestad, con el que representaba el papel, como ya nunca podrá representarse, de la Doña Juana de Locura de amor... de él, cualquiera, que todos eran modelos de indumento y todos evocación de sus triunfos: el del Don Alvaro, el del Abate Griffard, de El drama de los venenos; el de La flor de la vida; cualquiera... Francia, que tiene delicadezas exquisitas, elevó, en vida, al trono, de la gloria a Sarah Bérnhard, y después de su muerte la venera como a una. de sus heroínas. A María Guerrero y Fernando Mendoza ya les discutíamos en vida, y a su muerte, salvo muy de tarde en tarde la palinodia de algún artículo encomiástico, ya les habíamos relegado al rincón de los olvidos... L a carreta de Thespis va a conmoverse y a rodar, por última vez, para ios gloriosos artistas; aprovechemos, pues, el momento y abramos entre todos una brecha en las mezquindades tradicionales... FERNANDO DÍAZ D E MENDOZA EN DE E L absurdo e incomprensible, pero ello es así, los excelsos artistas no tienen allí el recuerdo adecuado. ¿Timidez de los regentes del Museo al no querer molesíar a los familiares con una petición semejante? miento de éstos motivado por ese falso concepto de la modestia que corta todo sentimiento de espontaneidad por no parecer pretenciosos o exhibicionistas de su amor al glorioso pariente? ¿Egoísmo de no querer desprenderse de cuanto amó o sirvió al ser querido que se fué? Lo que sea, pero timidez, retraimiento o amor, la falta deEL DRA. ÍA D E I.O S VENENOS