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H AY noches novelescas; noches de cielo cubierto, de lluvia pertinaz y de viento frío, que invitan a permanecer en casa, en compañía de un buen libro, de un buen cigarro y de una buena taza de café. Una de esas noches, a hora bastante avanzada, sonó el timbre de la puerta. Yo no sé qué tienen las llamadas nocturnas que alarman indefectiblemente, sobre todo cuando es tarde y cuando no esperamos que nadie venga a interrumpir la quietud que nos rodea. E n tales momentos, el repiqueteo del timbre, asesinando el silencio con la pistola de su maculo, abre un paréntesis de angustia en el ambiente pacífico de- la casa. Quién será- ¿Qué mano habrá oprimido el botonclllo del llamador? ¿Quién nos aguarda detrás de la puerta y qué motivos lo empujan hacia nuestro; encuentro? Confieso que ante tales preguntas tuve unos momentos: de vacilación, de duda, de miedo, de temor a. descubrir el nrfs rlr que me aguardaba. Por fin, reacciono, me siento fuerte y marcho pasillo adelante encendiendo cuantas luces encuentro al paso y haciendo algo de ruido para, concluir de serenar mis nervios. Sin embargo, al llegar junto a la puerta, todavía no me atrevo- a franquear de golpe y porrazo la entrada de mi domicilio, y, cauto y prudente, entreabro la mirilla v pregunto: -v Quién es? Las luces de la escalera me descubren una faz pálida y una trinchera empapada, en lluvia. -Soy yo- -responde e de la cara amari. lia- vo; Timoteo Castillo. -i A h sí, hombre! -exclamo, reconociéndole v recobrando toda mi sangre fría- ¡Timoteo Castillo. ¡Ya lo creo! ¡N o sabes cuánto me alegra volverte a ver Pasa, pasa- -le digo abriendo la puerta y abriendo ios brazos para recibirle. F l recién llegado se deja abrazar; luego me devuelve el abrazo efusivamente, dejándome humedecido y contagiado del frío de la calle. A continuación le ayudo a despojarse de la trinchera, de! sombrero y del paraguas, y en seguida le invitó a sentarse a fumar un cigarro y a tomar una tara, de rafe. 1 Mientras se acomoda en la silla le obsersin ella era una vida vacía, una vida sin envo atentamente. N o es ni sombra de lo que canto y sin valor, cuando de repente, al pafué; Tan cambiado- está, que apenas le recosar por delante de un escaparate, descubro nozco. Conserva ciertos rasgos de la juvenuna estatuilla como de medio metro de altud pero tan marchitos y desfigurados por tura. L a sangre se me ¡heló en las venas, el los años, que remedan grotescas caricatucorazón se paró deritro del pecho y la muerras, ¡Pobre Timoteo! ¡Cuánto debe de ha- te nie agarrotó la garganta. Porque era ella, ber sufrido! Se lé nota en el descarnado de ¡ella! ¡la muy amada! que estaba allí ante la cara en la tristeza de los ojos y en el mis ojos, descarada y cínica, luciendo et encorvamiento de la espalda. cuerpo sin pudor ni recato... No grité, ¿sabes? no grité. No. tuve fuerzas, no supe, En un mohiento que juzgo propicio le i n no pude. Los grandes sufrimientos son honterrogo sobré su vida. dos, silenciosos y callados. E l pinchazo que- ¡Mi vida... mi vida! ¡Para qué contarapenas raja la ¡piel nos arranca un ¡ay! de te cosas tristes! Bástete saber que vengo de dolor; en cambio, la puñalada que encarna la cárcel de purgar un crimen. Pero no te buscando Ja vida y que mata, ésa no nos asustes ni te sobresaltes. M i crimen no es una muerte repugnante y sangrienta; mi arranca ni una sola queja. ¡Qué momento tan horrible! ¡Qué instante tan loco el inscrimen es ¡bello- y es grande, porque no maté tante de encontrar la prueba inequívoca, la a la desleal en su carne de mujer infiel, sino prueba irrecusable de una deslealtad tan des Q el mármol de su propia gloria. garradora como inmerecida. Y no cabía duRespiro tranquilizado. L a sospecha de esdar la estatua era original y tenía la ¡firtar frente á un desventurado delincuente ma al pie; la firma odiada y maldita. Es que pretenda explotar el filón de una amistad antigua y cordial, desaparece, ante tal decir; que me lo notificaban escultóricamente. y, además, me lo firmaban. Comprende afirmación; No es un criminal ni un exploras mi exaltación, mi ceguera... Enloquecí tador, no; Timoteo, en todo caso, será un de cólera. U n huracán de odio me lanzó loco, un visionario, porque siempre se disdentro de la tienda, me obligó a penetrar en tinguió por su temperamento andariego y el escaparate y a coger la estatua para esexaltado. E n su consecuencia, le insto para tamparla contra el suelo. que refiera el suceso. ¡Timoteo calla un momento; el recuerdo le -Me había enamorado de; ella con toda el hace sufrir, y el; dolor cuaja en su fíente alma- -comenzó diciendo- Para mí no hautt sudor de agonía. Y o le consuelo como bía aire, ni luz, ni vida, más que a su lado; puedo. Luego continúa relatando. el mundo comenzaba en aquella mujer y concluía en ella misma. Creía en su virtud -Me detuvieron, me pidieron explicaciotan ciegamente, que hubiera respondido con nes del suceso, las d i y no me entendiemi vida de su inocencia. S i n embargo, me ron. Fui a la cárcel, pero fui- contento; Fui engañaba. ¡Me engañaba! L a tragedia que contento porque ho iba solo: venía conmiencierra esta! frase no la comprende la gego una mano suya. A l coger la estatua para neralidad de la gente. L a mayoría sólo ve arrojarla sobre el pavimentó desplegué tal dos palabras formando oración. Y es qué, fuerza y tal desesperación, que una mano para abarcar el dolor y la desesperación que suya quedó para siempre entre las mías. entrañan, hay que haber tenido una fe tan E n efecto. Timoteo demuestra su aserto grande como yo la tuve y hay que haberla sacando de! bolsillo una mano blanca, priperdido tan brutalmente como yo la perdí. morosa v perfecta, que yo alabo y admiro. -Así era toda ella de, armónica de Indudablemente la conmoción debió ser bella. Digo era, porque para mí murió. espantosa, porque Timoteo, recordando el- ¡Pobre amigo mío! suceso, palidece más y más, a pesar de su- Pobre, sí... ¡Pobre! f Todo mi tiemextremada palidez- po de cárcel ha sido un perpetuo y encendi -Me enteré, casualmente, durante una do coloquio con su recuerdo. L a quise tanausencia de ella. Vagaba yo por Jas calles to, que aún la sigo queriendo. Hay cosas mirando todo sin ver nada, porque la vida