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EL ESTATUTO i VASCO L a s informaciones gráficas, aunque no sea más, han advertido al español medio de la aparición de un nuevo estatuto, él vasco, entregado solemnemente al presidente de la República 3 al del Congreso. Vizcaya, G u i púzcoa y Álava se disponen a constituirse en núcleo político aumentando sus facultades en muchos órdenes y á poner estas atribuciones nuevas en común, sometiéndol a s a una autoridad dimanada de las tres ¡provincias. E s decir, en rigor sólo se disfponen V i z c a y a y Guipúzcoa, pues Álava, jque. no votó en el plebiscito, que ha elegido lluego por abrumadora mayoría un diputado ntiestatutistá y ahora, representada por los ¡cuatro quintos de sus alcaldes, se opone a ser incluida a la fuerza en el nuevo organismo, no puede considerarse sumada al mol i m i e n t o Pero es igual. ¡E n rigor tampoco V i z c a y a y Guipúzcoa üenen gran interés en esta historia. E l plebiscito fué un típico pucherazo- -personalmente tuve la curiosidad de i r a votar y el presidente de la Mesa, muy amable, me sacó de m i distracción, advirtiéndome que había y a votado varias horas antes- y en las úljtimas elecciones en Bilbao, según el cálculo Üe l a señorita Careaga, hecho con su doble autoridad política y matemática, sólo el 42 jpor 100 del Censo sostuvo la candidatura estatutista, es decir, l a del partido nacionalista. Porque el estatutismo es, apresurémonos a decirlo, nacionalismo, y el interesado, el interesado en V i z c a y a y Guipúzcoa, ai menos, en consegtir el Estatuto, es el cartido nacionalista vasco. Ese sí siente sólidamente el proyecto y lo apoya y di tunde. Procede, al hacerlo así lógicamente, con ¡seriedad, y sólo elogios merece por lo formal de su conducta. E l nacionalismo vasco, como se sabe, aspira a la separación de E s paña de las. provincias Vascongadas y N a varra, constituyendo con otras porciones de Francia una nación nueva, denominada por primera vez hace treinta y tantos años viuskadi, única patria de los vascos. L a manera de ser vascongada, vizcaína sobre todo, hace que, lejos de recatarse el propósito, aparezca claro a diario, manifestado por todos los medios de expresión. Y en el camino de l a separación el Estatuto constituye un avance formidable: enseñanza, justicia, orden público, obras 3; asistencias i n contables, hasta la localización del servicio militar, enriquecen al nuevo núcleo político Pero sobre todo se constituye por primera vez en la Histeria un conglomerado vasco, desapareciendo las distintas provincias mezcladas íntimamente a la histor i a española. E l error multisecular de los vascos- -siempre según el nacionalismo- incapaces de formar la nación exigida por su raza, se subsana por fin al alborear 1934 V o t a un sí por el Estatuto vasco, decía el día mismo del llamado plebiscito con su alta autoridad D. L u i s A r a n a G o i r i hermano del fundador del nacionalismo, que es un paso en el camino que se orienta hacia el norte de nuestros anhelos por la salvación de la patria vasca. Vota ahora el Estatuto sí, pero no cejes... hasta conseguir la libertad completa, hasta conseguir que la nación vasca se gobierne a sí misma Votemos el Estatuto -añadía- -como primera trinchera U n a trinchera podemos ganar ahora al enemigo con el Estatuto vasco Y el diputado a C o r tes, nacionalista, Sr. Aguirre, en el mitir. electoral de presentación de candidatos, hablando de la esperada victoria, afirmó que, después vendría el Estatuto con el que i n i ciaremos el camino de nuestra libertad Estamos, pues, frente, a una franca, decorosa y explicabilísima postura. E n el camino de la emancipación de España, l a creación estatal del Estatuto vasco, la formación por el Parlamento español del Estado vasco, constituye un suceso decisivo. Que los abogados escrupulosos discutan en el Congreso facultad más b menos. Será lo mismo. E l camino queda andado, y en estos caminos el ejemplo universal enseña que no se para nunca. L o de l a trinchera, tan repetido por el respetable Sr. A r a n a Goiri, no está nada mal. E l Estatuto es, subsíancralmenté, eso, una trinchera suprema tomada al enemigo al español. Otros vecinos y naturales de V i z c a y a y Guipúzcoa, más numerosos, sin duda, que los nacionalistas, para nada, o muy poco, cuentan en él problema. Dispersos, divididos, sin apoyo en el resto de España ¿para qué han de molestarse, frente a un grupo decidido y coherente, en el juego de la oposición, acarreador de disgustos y molestias? Vén, con espanto, sí, el establecimiento del Estatuto, y cuando se encuentran en las calles, cambian impresiones desconsolados: ¿Pero, usted cree, querido. Fulano, en la implantación del Estatuto? N o no es posible, sería la ruina, ¿adonde vamos? Quizá en M a drid fracase, tal vez en el nuevo Parlament o Y se despiden preocupadísimos. No es para menos. Y quienes además tienen sentido moral y- -cosa milagrosa en l a España actual- -un resto de patriotismo, miran desolados deshacerse frivolamente la trabazón espiritual de siglos entre su país y las demás tierras de España, y sin remontarse tanto, hundirse l a unidad económica española, tan beneficiosa para las tierras vascongadas, su razón de vivir prósperamente, prosperidad bien correspondida también con una cruzada capitalista fecundadora de otras provincias de España... A h o r a se acaba el sueño Pero ¿quién quiere llevarse disgustos? E l ánimo y temple a lo Oriol, escasean. E n esto de las aspiraciones locales, por disparatadas que sean, cuesta además un trabajo ímprobo oponerse desde dentro. Puede no hacer falta el nuevo cuartel de carabineros, ser una tontería o un disparate. ¿Y si lo regala el Estado, merced a un diputado diligente, quien carga con la responsabilidad de decirlo? E l c u a r t e l se hace, aunque se pudra sin estrenarse. Y como el cuartel, un Estatuto. l a españolidad es todavía- -cuidado, ¿eli? todavía- -el sentimiento dominante en V i z c a ya y Guipúzcoa. Juventudes espléndidas, ardorosas, la sienten en íor, ma encendida e i n cluso nacionalista. L a inmensa mayoría de la gente vive en la españolidad, como en su medio heredado, temblando ante la locura de la separación y sus pasos previos. Pero, ¿cómo luchar contra todos esos aspirantes a ministros, parlamentarios y aun jefes de Estado chiquitos, contra l a costumbre de pedir siempre facultades nuevas y el vocabulario autonómico maquinal y corriente? ¿Cómo luchar, sobre todo, sin un Estado central y una espiritualidad española y un ánimo común español, encontrando por solo asidero la España del entierro de Maciá? Y he aquí lo que da un valor nacional a esta anécdota del Estatuto vasco y a las aspiraciones de los futuros diputados de l a Generalitat Vasca, y pide meditarla. N o son, en rigor, las provincias Vascongadas, ni siquiera Vizcaya y Guipúzcoa, ni aun con i n teresarle tanto, el partido nacionalista, quienes han agitado y llevarán a remate, incluso violentando a Aíava, el proyecto de separación por vía estatutaria. E s el Estado, son los Gobiernos del régimen quienes imponen el proyecto disociador. E n estas mismas columnas lo demostró, con su excepcional competencia, D, Gregorio Balparda. U n decreto declaró región a las tres provincias Vascongadas, un organismo, de nombramiento madrileño, las Gestoras, preparó el proyecto de Estatuto y llevó adelante el llamado plebiscito, disposiciones oficiales suprimieron contra todas las, protestas la intervención en las Mesas electorales, consumando la franca falsificación. E l problema, pues, no es el, de unas provincias más o, menos rebeldes pidiendo la i n dependencia, sino el de un Estado excitando a sus tierras a independizarse. L a doctrina oficial, la invocada por los comisionados llevadores del Estatuto y por el jefe del Esta do en una curiosísima entrevista es el pacto de San Sebastián, y el pacto reclama ahora l a autonomía de las Vascongadas, como antes la de Cataluña. E l sistema de San Sebastián, implantado el 14 de abril, necesita, como Francia alrededor de Alemania de los Estados de la Petite Entente, de una constelación de nacionalidades periféricas libres unidas entre sí, y al sistema del 14 de abril por su común hostilidad a l a vieja concepción de la unidad nacional y espiritual- -patriótica- -española. Pero- -hecho nuevo- -España, régimen de San Sebastián en sus fórmulas oficiales y sus altas magistraturas, y su Gobierno no es régimen de San Sebastián eri su autoridad suprema: el Parlamento. P o r encima de formulismos y definiciones oficiales, con el triunfo de las derechas, España, la España votante está ya lejos de San Sabestián sin haber vuelto todavía a L a Grana j a o a Oñate, buscando lugares simbólicos galdosianos. N i día 11 n i día 15, de abril. Fecha, nueva. Régimen nuevo, desconocido de Aristóteles, efectivo aquí. las derechas A h o r a bien; frente al Estatuto vasco, frente al problema de l a unidad histórica de l a Patria española, puesta ahora en peligro- -obsérvese el hecho- -por un nacionalismo como el vasco, que en lo social y religioso es tamr bien derecha, las derechas oficiales españolas, ¿van a ser unidad nacional o pacto de San Sebastián? E l tema pide unas líneas más. JOSÉ L U I S LEQUERICA EL DINERO ALAS... TIENE A l margen de una estafa U n parlamentario francés, de notoria y limpia independencia, el Sr. Dommange, ha calificado de espantosa la crisis moral por que atraviesa su país. N o hay nada de h i perbólico en sus palabras; así es, en efecto. E l que ha vivido largo tiempo en F r a n cia ha estado en condiciones de advertir, junto a virtudes fundamentales de patriotismo y de actividad inteligente, un amor, al dinero que ningún otro pueblo iguala. Considerada en frío, esa afición no parece degradante. Es, por el contrario, una prueba de inteligencia. E n cuanto al hombre se le dice que hay en las sociedades un elemento que resume todas las formas del bienestar y que ese elemento es conquistable por l a conjunción de l a astucia y del esfuerzo, lo natural es que el dinero. se convierta en su idea fija, y que haga todo lo posible por tenerlo. Solamente la hipocresía puede negar a esa pasión el derecho a manifestarse y a imponerse unas veces con visos de honestidad y otras desenfrenadamente. H a y que tener el espíritu del temple desinteresado que atribuye la Historia a un Antístenes para no contraer aquella obsesión en algún período de la existencia. Unos la sienten de jóvenes, otros en l a madurez y no pocos en l a senectud. N o es, pues, exclusiva del pueblo francés, sino que se ha extendido por todas partes, sobre todo desde que la democracia socialista ha alentado, con su ilusionismo, todas las ambiciones. Pero en Francia el apego al dinero bordea, por lo absorbente, con la patología. L a riqueza es allí, no sólo un signo infalible de superioridad, sino un blasón más honroso que todos los de cuño histórico. Se le busca por todos los caminos y se le captura por todos los métodos, aun los menos decentes. ¿Para mejorar con las comodidades que procura la vida cotidiana? N o generalmente, para guardarlo. L a fiebre del ahorro resiste allí a todo sistema terapéutico. Y a pueden caer sobre el francés todos los estat o r e s del mundo y llevarse, en días, lo
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