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que él acumuló en años. Repuesto de l a emoción del golpe, reincide en sus gustos de hormiga. L a de privaciones que le cuesta esa afición me lia hecho pensar que el heroísmo no es siempre una virtud marcial que se revela en los grandes choques humanos, sino que puede ser también el sentimiento del sacrificio atomizado en los millares de horas que integran una vida. ¡Admirable ¡francés! Pero si analizamos ciertas pasiones es difícil no disculparlas. Solamente los fariseos condenan los hechos por el valor de sus apariencias. ¿De dónde procede la costumbre del ahorro sino del temor al porvenir? Es la etapa inicial de l a previsión. E l que guarda para mañana es que no se hace ilusiones sobre el sentido fraternal que atribuímos a l a Humanidad. E s que se considera solo y abandonado a sus propios medios. E n vano se le dirá que hay una Providencia que asume, entre otras funciones augustas, l a de suplir con su amparo lo que nos rehusaron l a miseria y la invalidez. S i n desconocer lo que tiene de divina la exhortación evangélica que nos ordena a todos socorrer al prójimo, es demasiado escéptico y lo bastante cauto para confiar su porvenir a l a eficacia de los preceptos providenciales. E n un mundo poblado de egoísmos y fértil en injusticias no se puede esperar mucho de la generosidad del prójimo. L a s mismas personas que ostentan su catolicismo teatralmente y hacen de él una bandera de combate rara vez se distinguen por su desinterés. Concilian su bienestar presente con un vago temor al más allá y tratan de atraerse la indulgencia divina, no con hechos, sino con palabras. ¿Cómo ha de esperar nadie que sea inteligente que lo salve l a generosidad del vecino? L o más razonable, pues, es el ahorro. Desde que te levantes cuenta contigo ha dicho un filósofo que no pertenecía, ciertamente, -a l a categoría de los ilusos. A esa recomendación se atiene el francés. Pero ahora resulta que l a virtud del ahor r o no es una garantía del porvenir, porque como el destino del dinero es movilizarse, de la gaveta del ciudadano pasa a las cajas del banquero, el cual puede conservarlo y aun aumentarlo o hacerlo desaparecer. Éso depende de su probidad. Todos los esfuerzos tíe la Banca tienden a materializar, de modo que le entre por los ojos a la gente, la idea de la seguridad. Edificios sólidoscon puertas de hierro, publicación del capital suscrito y del fondo de reserva, rejas metálicas en el interior y, como airón prestigioso puesto en lo alto de la Banca, l a lista del Consejo de administración, con nombres de l a máxima respetabilidad. ¿Cómo no ha de sentirse atraído el ciudadano por toda esa magnificencia espectacular? ¿A quién podría confiarle su dinero sino a esa organización que tan serenamente ostenta su poder y sus medios defensivos? Tenerlo escondido en casa ofrece dos inconvenientes: su improducción y el peligro de robo. L o más sensato, pues, es entregárselo al banquero. ¿Sabe o presiente el ciudadano lo que éste va a hacer con sus pesetas? N o L o que él sabe es que su dinero no corre allí riesgo alguno y que le van a dar un interés y, en ciertos casos, un consejo para su inversión en valores industriales u oficiales. ¿Cómo vacilar? L a duda entre las dos soluciones sería un contrasentido. Pero un día, de pronto, nuestro hombre se echa a l a cara su periódico preferido y se encuentra con lo inesperado. Esas sorpresas suelen presentársele, generalmente, a la hora del desayuno, entre dos rebanadas de pan con mantequilla y frente al tazón de café con leche. ¿Qué ha ocurrido? Pues una catástrofe: que l a Banca ha quebrado y que su dinero se ha convertido en humo. E l hombre experimenta un sobresalto y sale de estampía, toma el p r i mer taxi y se va al Banco. ¿A hacer qué? ¿A remediar qué? E l edificio está cerrado y custodiado por l a Policía. Sus fuertes muros no dan idea siquiera de. la fragilidad de lo que encierran. E n lo alto continúa el rótulo, en l e t r a s doradas, con un, número se- guido dé ceros, qué recuerdan, por su. longitud, la cola de un cometa... Realmente, el dinero no está seguro ahora en ninguna parte. N o hay escondrijo que nos responda de sil inviolabilidad n i garantía que lo preserve de lo desconocido. L a finanza es una región misteriosa, en l a que pocos se aventuran con pie firme. Después de todo, yo me lo explico. S i nuestra vida depende de mil contingencias imprevisibles; si el planeta T i e r r a tiembla y echa abajo las ciudades; si nuestros cálculos más perspicaces fallan y nuestras convicciones vacilan o se extinguen; si todo en el. universo es efímero, mudable y condenado a la caducidad, ¿ñor qué ha de estar seguro el d i nero, siendo, como es, una creación humana? Sería un privilegio odioso. Conviene que l a fortuna sea voluble, como las mujeres, para que cada uno de nosotros conozca una hora de esperanza o un minuto de felicidad... MANUEL BUENO rain i ii LA DECADENCIA LA NOVELA DE prestí de H i t a dé Celestina y de l a Ser T fina, y donde, con permiso y hasta con aplauso del Santo Oficio, publicaron Cervantes La tía fingida y doña María de Zayas y Sotomayor l a alegre, verdísima y desaforada historia de El pervertido engañado. Pero no hay mal que por bien no venga. Acaso esas diatribas han contribuido a que se venda en menos de dos meses la edición que hice de Genio y figura, que fué de fres mil ejemplares. A h o r a estoy haciendo a escape una segunda edición de otros tres mil. E s decir, que si pudo darse el caso, entonces excepcional e insólito, de que en dos meses se vendieran tres m i l ejemplares de un libro, hay que atribuirlo- -el propio au tor lo reconoce- -a la curiosidad escandalosa que produjo el que los críticos lo tildaran de indecente, pornográfico e inmoral. N o hay que olvidar que este D Juan V a l e r a era el mismo que en el prólogo de Pasarse de listo se burlaba muy donosamente del empacho de moralidad con que los críticos acogían sus producciones, y el mismo también que poco después se lamentaba de que Pepita Jiménez, acaso su obra cumbre, no le hubiera dado lo suficiente para comprar un traje a su mujer. Esto a D Juan Valera. Sobre l a mesa tengo una edición de Ángel Guerra, del i n menso Galdós. (Librería de los Sucesores, de Hernando. 1920. Noveno millar. Ángel Guerra se escribió en abril de 1890. E s decir, que en treinta años Galdós había vendido nueve m i l ejemplares de Ángel Guerra. De m i l ejemplares constó l a primera edición que de Arroz y tartana hizo por sii cuenta Blasco Ibáñez siendo director de El Pueblo, de Valencia, y con imprenta propia. D e mil quinientos ejemplares fué l a primera edición de La busca. S i no recuerdo m a l se hizo en las condiciones siguientes: el editor anticipó los gastos de edición, y una vez cubiertos se repartieron las ganancias por partes iguales Baroja y él. Baroja debió ganar unas doscientas pesetas. Fué, como, se ve, para Baroja, un negocio soberbio. Luego llegó el período d é l a s vacas g o r- das. Blasco Ibáñez veía subir las ediciones de Anos y tartana a 68.000 ejemplares; La j barraca llegaba a 112.000; Sangre y arena, a 13 Ó. 000; Los cuatro jinetes del Apoca- lipsis, a 164.000. E n menor escala, V a l l e Inclán, Fernández Flórez, Zamacois, Insúa, Carretero alcanzaban t i r a d a s de 20.000, 30.000, 40.000 ejemplares. Y o mismo estoy reeditando en estos días Corazones sin! rumbo y Un grito en la noche. De la p r i- j mera van. vendidos 56.000 ejemplares de edición corriente y 20.000 de edición eco- ¡nómica; de la segunda, 72.000. ¿Habrá nadie que me juzgue tan estúpido, tan desdi- chadamente vanidoso, que me crea capaz! de suponer que Un- grito en la noche es l i terariamente superior a Pepita Jiménez o a Fortunata y Jacinta? Entonces ¿qué h a ocurrido? Pues ha ocurrido sencillamente: que nosotros tuvimos l a fortuna de des- envolvernos, como decía antes, en el perío- do felicísimo de las vacas gordas, en l a francachela despilfarradora de los beneficios; extraordinarios de la guerra, cuando lo mismo en España que en toda l a América l a tina el dinero circulaba a raudales y se compraba todo por el alegre capricho de gastar. Entonces las primeras ediciones de nuestros libros- ¿verdad, Fernández Fió- rez; verdad, Insúa? -constaban de 20.000 ejemplares, la mitad de los cuales consumía i íntegramente América. H o y por motivos que todos conocemos y que nada tienen que ver con las aficiones del público, se han ce- rrado para nosotros en aquel Continente los mercados de libros. E l consumo nacional, por análogas causas, ha descendido en una proporción que los libreros calculan en u n i 30 por 100, lo cual quiere decir que, per- dido el mercado de América- y minorado e l interior, las ediciones primeras de los libros han descendido de 20.000 ejemplares a 8.00o. Esta es la realidad. ¿Qué tiene todo esto que ver con la decadencia de l a novela como género literario? J (1 1 1 1 1 1 Qué se quiere decir cuando se habla de la decadencia de la novela? ¿Que las novelas actuales son malas? ¿Que no responden a las justas exigencias culturales y espirituales del público? Que el género, como manifestación literaria, ha pasado de moda? ¿Que las nuevas generaciones, preocupada la atención con el planteamiento apremiante de otros problemas de mayor cuantía, derivan sus inclinaciones y sus gustos hacia temas de mayor profundidad ideológica que. las vagas y amenas fantasías, de las ficciones novelescas? ¿Se quiere decir, sencillamente, que no se venden libros, que la gente no quiere ya leer? E n una palabra: se trata de una crisis literaria o de una cuestión crematística? Conviene puntualizar un poco, porque será la única manera de que podamos entendernos. Ante todo, es necesario hacer constar que decadencia y apogeo son dos términos relativos, que carecen en absoluto de sentido como no se relacionen con un punto de comparación. P a r a saber exactamente si l a novela actual española está o no en período de franca decadencia, tenemos que remitirnos, para contrastarla, a otra época de auge y esplendor. ¿Cuál es l a época de mayor esplendor de l a novela española? Nadie, por injusto que sea, podrá negar que l a cúspide máxima de nuestra producción novelística está en el último tercio del siglo x i x con las figuras preeminentes de Galdós, Alarcón, Pereda, P a lacio Valdés, Valera, l a condesa de Pardo Bazán, Clarín y Blasco Ibáñez, y los primeros balbuceos de l a generación del 98. V e a mos qué ocurría en aquella época de producción privilegiada: E n él verano de 1897, nada menos que D Juan V a l e r a académico de l a Real E s pañola, escribía a su íntimo amigo el doctor Thebussem: Contra Genio y figura han dicho m i l perrerías los periódicos timoratos y castos, tildándola de inmoral, pornográfica e indecente. Mucho me pasman tales censuras y espantos en la patria de Juan Ruiz, A r c i r S u niño se criará mejor aún con MAi- IAÜIÜA PEDRO M A T A
 // Cambio Nodo4-Sevilla