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S i alguna virtud poseo estoy seguro que no c. 5 la de l a paciencia. H e matado la gallina de los huevos de oro muchas veces y he perdido mucha 9 cosas importantes por no saber esperar el pase en que la Fortuna es algo así como un premio mediocre concedido a l a constancia. Por esto mi andar se hacía nervioso entre la invasión de chilabas y gorros negros de judíos, que en algunas esquinas obstruían, las pequeñas aceras, y toda una chiquillería israelita zancajeaba de una parte, a otra, enredándome en las piernas un castellano desfigurado y lastimero. H a b í a pasado cuatro o cinco veces por la misma calle, frente a la misma tiendecillá, en la que un artífice musulmán labraba escrupulosamente un amuleto, formado por cinco dedos r í g i d o s la mano de la hija del Profeta. Salía de la calle, entraba en otras m á s estrechas, revolvía callejones y l a masa de una mezquita que, sin ningún respeto por lá alineación ni eí tráfico urbano, se sale de la acera, me daba de nuevo orientación para la vuelta. H a s í á que encontré al hombre que la lejana flecha de Berlín me indicaba, cuando para mí el viaje por las posible rutas délos posible prisioneros españoles no era mucho más que una idea perdida entre tantas ideas como van haciendo un zigzag de la vida de uno. L o encontré donde me lo situaron. N o conviene que nadie se pase de listo y piense excesivamente mal. Se trata simplemente de un experto en Marruecos, de un buen guía para algunas cosas, cuyo interés no suele ser general. Eso es todo. Encontré al hombre. ¿E s p a ñ o l judío, moro? Berlín tiene bien catalogadas las fichas psicoanalíticas de las razas y de su utilidad para determinados servicios. U n español es casi siempre inservible por demasiado inteligente. S u inteligencia le lleva al desorden, a la divagación, a. la indisciplina por iniciativa propia. -Un judío puede prestar servicios útilísimos, pero no suele destacarse por su valor. Él caso fantástico de A a r ó n Cohén y su doble boda ya me habían hecho sospechar que mi auxiliar no sería hebreo. Elecciones municipales en Cataluña. E l hombre era- -y continúa siendo- -un moro. Habla un español pintoresco, pero comprensible. Habla francés y alemán del mismo modo. E s un políglota divertidísimo. Y o no le h a r é traición haciendo públicos más datos. Después de todo es posible que alguno de los que doy lo acabe de inventar; para hacer más difícil su interpretación. Ardides del juego. Y aquí sí que puede decirse- -creo yo- -que el fin; justifica los medios. Los medios... y los extremos. Hablarnos y nos entendimos. Los pequeños secretos de Berlín, las palabras convenidas y aún las convenientes... E l pasaporte de Alemania... y un poco de dinero para, levantar los espíritus, le decidieron a acompañarme a Agadir. N o a Taroudant, como yo pensaba, porque cuando ya la conversación había abierto brecha en las últimas torres de la desconfianza, y yo, de la baraja de ciudades y poblados marruecos que vengo barajando, saque el naipe de Taroudant- -toda una quimera de fortalezas mezcladas con el ansia de aproximarme ló m á s posible al recodo del Draa- mi interlocutor rechazó la carta: -N o Taroudant, no. ¿Entonces? -r- Agad ir- Irir. E s t á más cerca. -U n poco más cerca de aquí que Tarou. dant, pero t a m b i é n u n poco más lejos de lo que nos importa. Taroudant- -pienso- -clava la cuna de su muralla a setenta kilómetros de la costa donde el Panther en los días inquietos en que las potencias europeas se repartían coa regateos de zoco el mapa de Marruecos, como unos siglos antes pretendieron repartirse el de España, impidiéndolo Castilla adherida con civil entusiasmo de conservación al primer Rey de la Casa de Borbón, que puso sobre nuestro suelo los tacones colorados de un estilo recalcado y sutil. Agadir puso su rada como cojín del Panther cuando Alemania, interviniendo en el juego del reparto marrueco, estuvo a punto de adelantar la locura de una Europa en ascuas. Taroudant, en los confines de Va disidencia. Agadir, último puerto del Marruecos francés, abriendo su magnífica leyenda portuguesa a todo e que se asome a los bastiones del Imperio Feliz frente al desierto... A u n después de mis razonamientos, el moro movió la cabeza: M á s cerca de lo que tú quieres, sidi, está conmigo Agadir. N i una palabra más. U n hombre como él puede en cualquier momento tener razón contra los mapas. Saldremos para Agadir. CESAR G O N Z Á L E Z- R U A N O Las elecciones del domingo en Cataluña transcurrieron, por lo que a Barcelona se refiere, en medio de cierta desanimación. Se observó, desde luego, la abstención de los obreros en las barriadas populares. La Crus Roja, en previsión de sucesos, instala un puesto ée socorro en el paseo de Gracia. Don Luis Duran y Ventosa, de la Lliga Catalana, probable candidato de ésta a la Alcaldía de Barcelona, emite el voto en la sección correspondiente. (Fotos Brangulí
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