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A B C. J U E V E S 18 D E E N E R O D E 1934. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. PAG- zí. ordinaria importancia, sin que la Cámara sé extremeciese: el cierre de gran número de escuelas madrileñas por falta de calefacción. Eso sí que es verdaderamente terrible y de asidero firme para todo el que quiera increpar con aura voz a los culpables. Cuando una revolución estalla puede el Gobierno haberla provocado con su conducta, y puede no haberla provocado. Queda tan sólo el ponderar los medios a que apeló piara sofocarla y vigilar que ningún paso innecesario se haya dado fuera de. los recursos abun- dantes que determina la ley. Pero no se puede ir a buscar fuera deí círculo de lai autoridad las responsabilidades por haber, dejado a doce mil niños faltos 3 e enseñanza Ese es un panorama balcánico. Y en estaá circunstancias en que los organismos oficiales precisan vigorizar su prestigio, atraer Iá confianza de los ciudadanos para emprender; 3 a obra de monopolizar l a instrucción, es aún imás grave el pecado de dejar que el frío desaloje las escuelas de la capital de España. Se ofrece y no se cumpie. Se construyen l o cales, que después no funcionan. Las cantinas escolares están en la ley, pero no hay en ellas n i un mendrugo. Todo es ilusión, j intención, plataforma política. L a realidad consiste en doce m i l naricillas encarnadas, I doscientos cuarenta m i l sabañones, según una i estadística generosa, que no supone más que) uno por dedo; varias docenas de maestros con el cuello subido y. el moquillo congelado, i y un termómetro marcando el cero térmico y el de la sensibilidad y el de Ta capacidad gobernante. 1 un movimiento grave, que fué reducido como se reducirían otros que se produjeran. L a sociedad española necesita de l a fuerza pública para mantener el orden y l a paz social. Termina diciendo que contra los males que ocasiona el abuso de la libertad, no cabe más que el uso de la libertad. (Aplausos. Interviene el señor M a r t í n e z B a r r i o s y es aplaudido p o r casi toda la Cámara El ministro de l a G U E R R A Sr. Martínez Barrios, declara que interviene por el fondo político de la interpelación y por su carácter de jefe del Gobierno en aquella ocasión. L a interpelación socialista no va contra este Gobierno- -dice- sino contra uno i n existente. Hecha esta delimitación, no debería hablar, pero me invitan a contender y lo hago. Cuento por anticipado con la absolución previa de l a minoría socialista. Y cuento con ella porque entonces uno de sus miembros se mostró conforme con el Gobierno Martínez Barrios. E l Sr. P R I E T O pide l a palabra para alusiones. E l ministro de l a G U E R R A ¿Cuál puede ser la responsabilidad política de un Gabinete en momentos revolucionarios como aquéllos? L a responsabilidad nacería de no haber conocido los sucesos que se iban a desarrollar, en haber perdido l a serenidad y en haber reprimido los sucesos antijurídicamente. Que sabíamos l a preparación del movimiento lo ha demostrado ya el ministro de l a Gobernación. Nuestra previsión fué desdeñada por vosotros y objeto de burla por otros E l órgano del partido socialista nos atribuía la retención del Poder merced al anuncio de burdos complots. E l Gobierno supo lo que iba a ocur r i r y l o denunció a l a opinión por un alto sentido de humanidad. Día por día, hora por hora, los miembros de aquel Gabinete notificamos a España que estábamos advertidos y dispuestos a corregir aquello. ¿Faltó la serenidad en el momento opor- tuno? E n ocasiones pasadas, con análogas rebeliones, no se ha podido comprobar si hubo la debida serenidad. E n este caso, sí. N i el ministro de l a Gobernación, n i yo, decidimos resolver por nuestras propias luces. Apelamos al Gobierno entero para en todo momento impedir que se produjera lo que nosotros hemos evitado. (Aplausos. E n rebelión estaban pueblos, ciudades, provincias, elementos turbios, dispuestos a todo. Estábamos amenazados de una huelga ferroviaria. E n Andalucía iba a empezar y de e l l o advertí a los españoles, asegurándoles que cumpliríamos con nuestro deber, y España recibió esa sensación. E l país se aprestaba a apoyar al Gobierno y a hacer frente a aquella ola. Hubo previsión y hubo serenidad. ¿H a habido crueldad? Estaba en nuestra voluntad que no la hubiera; pero se adoptaron los medios para que nadie pudiera realizar actos crueles. A l lado de las fuerzas actuaba la Justicia para dar fe de lo que aquéllas hicieran. ¿P o r qué no lo dijo el Sr. Vidarte? ¿Por qué establecer entonces comparaciones? ¿Cómo comparar éstos y otros sucesos, fatalmente acaecidos? Esto era un deber y aquello un yerro, que debiéramos procurar olvidar. Entonces el Poder público negó los sucesos y no quiso seguir el camino que se le indicaba. Ahora, el Poder público ha procurado la mayor claridad en los sucesos. Y o dije entonces que el Poder público no es responsable de los desmanes de sus agentes. Y o dije que la responsabilidad era rehuir l a investigación. N o puedo repudiarme ninguna otra acusación. Y o no soy un organizador de derrotas, Sr. Vidarte. E l 19 de. noviembre no era organizador de victorias; por tanto, no lo podía ser de derrotas. F u i testigo de una lucha electoral, que no podía falsifisar. Con dolor v i el triunfo de la existente protesta contra una política equivocada. ¿De qué se queja su señoría? ¿De que el Gobierno que yo presidí contribuyera a que se sienten hoy aquí unas u otras personas? ¿Cuándo se vio en Gobierno alguno ministros, subsecretarios y directores generales derrotados? Porque no iba a organizar la victoria, no podía organizar la derrota. M e dijo el Sr. Vidarte que me había correspondido el infortunio de presidir aquella represión. A s í es al aplicar la ley, teniendo sentimientos de humanidad. Pero tengo la compensación de saber que aquella rebelión no se produjo en virtud de actos o prédicas míos. M e tocó el infortunio de presidir una represión, pero ante los caídos no hay n i habrá quien pueda decir que fueran debidos a m i excitación espiritual, n i antes, n i después de los sucesos. (Aplausos. N o alcanzarán, pues, vuestros dardos al Gobierno aisladamente, sino por entero. N i uno solo nos encontramos aislados. Y o me remito a la opinión pública, que es la que nos permite pasear por las calles y penetrar en los establecimientos públicos con la cabeza alta. Sepa la Cámara que si yo supiera que hubiera alguien en el pueblo que reprochara m i conducta, sabría cumplir con m i deber. (Aplausos de toda la Cámara, excepto de los socialistas y afines. E l P R E S I D E N T E suspende el debate, y levanta la sesión a las ocho y media. A c o t a c i o n e s de u n o y e n t e U n o de los vicios del Parlamento, su más terrible vicio, es lo que le divierten los debates políticos. A debate político, muchedumbre apretada; gozo en el abanico de los escaños, manos prontas a aplaudir, gargantas dispuestas a gritar, atención infatigable. Pero los debates políticos, sin duda, necesarios son o deben ser lo circunstancial, lo i n ferior, lo adjetivo en el trabajo de las Cortes. Y no es tan justo que un Gobierno salga robustecido o quebrantado, después de un torneo de habilidades dialécticas, como después de haber presentado un proyecto de ley. L a interpelación a propósito del reciente movimiento revolucionario, fué inhábil. L a víspera se había tocado un tema de extra- iSaüaroi use usíed Compreso hfgiemca de celulosa quirúrgico. Perfecta absorción y blandura. La más económica. Pero todo esto no conmovió demasiado á ¡l a Cámara. E n cambio, ayer saboreamos nerviosamente el placer de un debate de bien marcado tipo político. Había nacido- -esta es la verdad- -un pocio enclenque. Los, socialistas tienen aún muy próxima la contrapartida de Casas Viejas! para poder maniobrar con desenvoltura contra un Gobierno que se ha visto forzado al reprimir una revolución. Como la política es así, puede afirmarse que los partidos queíi entonces compartían la responsabilidad del Poder se alegrarían mucho ahora de que otros hiciesen tales barbaridades que apa- j gasen el recuerdo de los fusilados con es- posas y sin sumario. P o r fortuna, aquella lú gubre marca no ha sido mejorada. L a i n- terpelación sirvió para procurar un éxito é Rico Avello, cuya honorable gestión no tie- ne verdaderamente tacha alguna y sobre todo para que Martínez Barrios consiguiese e l triunfo más cordial y sincero que obtuvo ningún político en los días de vida de estas Cortes. A su lado estaba, no un efectismo, sino l a verdad. Y esto fué lo que hizo unic en aplausos hasta las manos de sus adversa- rios en ideas. Digamos de paso, ya que nuestro comen- tario tropieza hoy con esta figura, que el fenómeno de la afirmación del Sr. Martínez Barrios en la política española se ha venido elaborando con una solidez que su serenidad, su inteligencia, cierto don de reposo y, de bondad que hay en sus palabras aseguran, y con la lentitud precisa para que fragüen estos encumbramientos. Porque de él no se dijo que era una revelación de la República, como de tantos otros, ya olvidados, o de les que la gente se ríe. N i incurrió en exaltaciones n i se lanzó a la cabriola. de los que creen estar firmes por estar nada más que altos. Su temperamento más parece de tja hombre del Norte que de un andaluz. Sube como los guías alpinos, que no levantan un pie sin haber tanteado o abierto a fuerza de pico el hueco en que van a afirmarse nuevamente. A este hombre pueden hacerle los radicales el saludo de las brujas de Macbeth. E n la política como en la montaña el buen guía es así como sube y como hace s u b i r -W F E R N A N D E Z FLO. REZ Cura tos, c a t a r r o s f a t i g a g r i p e 5 pesetas. 2 c- -Ü r a s c o s para niños, 1,5.0 ptas.