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TOREROS DE ANTAÑO RAFAE L MOLIN A o es mi propósito hacer un estudio completo del famoso lidiador cordobés. Para realizarlo concienzudamente, sería necesario escribir un libro muy extenso. Limitaré, pues, mi trabajo a decir algo dé lo mucho que merece esa gran figura de la tauromaquia. Hablar en el toreo del Gran Califa de j Córdoba, como le ape -I llidó el insigne M a- j riano de Cavia, vale i tanto como discurrir acerca, de Cervantes en la novela, Velázcjuez en la pintura, y Zorrilla en la poesía. Y, hay que tener presente que, a mi juicio- -siempre modesto- no lo alimenta la pasión ni lo enciende la parcialidad. Nada de eso. Eduqué mis afitíones a la llamada fiesta n a c i o n a l en aquella época, ya lejana, en que el público, poseído de enardecimientos fronteros de la locura, luchaba con ardor y discutía sin medida las cualidades y los méritos de los dos ídolos populares: Lagartijo y Frascuelo. ¡Nadie escuchaba razones ni se avenía á transigir. L a intemperancia de los dos bandos llegó a términos de tan áspera tirantez, que, en más de una ocasión, se ventiló la discordia acudiendo a los puños. ¡Yo fui frascuelista incurable, sin que moviera mi predilección el motivo de haber nacido Salvador en mi tierra granadina. L e prefería porque, siendo para mí la suerte de matar la suprema, esencial y definitiva, nadie como él la ejecutó con más inteligencia, más gallardía y más limpieza. Hería con todas las de la ley; alto, derecho y hondo. Én mi larga v i da de aficionado Jamás contemplé quien le igualara. Y si a esta facultad excepcional se añade que muchas veces recibió a los toros de manera impecable, cuando todos, sistemáticamente, utilizaban el volapié, no es extraño que cautivara por entero mi admiración. Eso no excluye que sea preciso reconocer que Lagartijo fué un torero admirable y genial. Los secretos del arte taurino, tan difíciles de penetrar, los poseyó como ninguno. Adivinaba las condiciones de los toros, sus tendencias y sus instintos, con una exactitud y una precisión, que no ha tenido rival. E n lo que sé llama en la jerga taurina saber andar alrededor de los cornúpetos, era un maestro consumado. Esa línea ima- LAGARTIJO con donaire tan airoso y magistral, que más parecía espectáculo juguetón que tragedia en que peligraba la vida. L a verónica, imponiendo al viaje la línea recta para hacer pasar al toro de cabeza a rabo, rozando con el cuerpo del capeador, sin trampas ni artificios, y conservando fijos los pies, tuvo en Rafael un cultivador formidable. Lance tan lucido, cuya práctica severa aconsejó Pepe Hilto, la e n s e ñ ó a ¡sus discípulos Capita, maestro de maestros; i la perfeccionaron Ca: yetano Sanz y Lagarti jo, y la elevó a inconmensurables alturas Belmonte, he perdido la esperanza de volver a admirarlo. Los toreros modernos lo han adulterado, desarro liando un semicírculo al llegar al centro de la suerte, que aleja todo riesgo y lo bastardea y desnaturaliza. L a muleta en sus manos hacia la- brega tan artística, que enloquecía a los espectadores. E r a recurso de castigo cuando el caso lo requería, hasta el extremo de completar eficazmente la acción de los varilargueros, y, a la vez, motivo de floreos y preciosidades, que desterraban el aspecto trágico de la lucha, que tanto amedrenta a los que sólo buscan en la fies- ta el regocijo y la alegría. Donde flaqueó siempre fué al llegar el momento supremo de la muerte. Despachaba los toros bien, pero como en el resto de los tercios llegaba a la sublime, a lo imponderable, resultaba su labor notablemente desequilibrada. Sin embargo, hizo célebres sus medias estocadas i- -las famosas lagartijeras- que nadie pudo copiar; pero nunca intentó recibir, y siempre dio un paso atrás al arrancarse, defecto que nunca enmendó y que deslucía extraordinariamente el momento en que el espada tiene que demostrar su maestría. Con las banderillas practicó faenas sorprendentes. Cuando empuñaba los rehiletes y se dirigía hacia el toro, con marcha serena y pausada, de incomparable majestad, nadie podía presumir que aquel andar confiado y tranquilo fuera el comienzo de adornos seductores y encantadores donaires, que terminaban marcando los tiempos con tan precisa exactitud, que más parecía operación regida por leyes fijas que aventura fiada á las incertidunibres del azar. De su planta de torero, todos los elogios que se hagan serán escasos. Nunca con- N ginaria que delimita los terrenos de la fiera y del hombre, que ha sido la eterna pesadilla de los diestros, que nunca la encontraron marcada y precisa, él la percibía i n tuitivamente, pero con fijeza matemática. Tenía una visión de conjunto amplia y completa de cuanto le rodeaba en la arena durante la corrida. Sus ojos de águila abar- t LAGARTIJO EL AÑO QXTE TOMO L A ALTERNATIVA caban en síntesis maravillosa la totalidad de la lidia, y por eso, sobre ser modelo de jefe de cuadrilla, fué el más experto, sesudo y avisado director de plaza. Con la capa y la muleta fué un asombro. Su técnica era un bordado heterogéneo, en el que alternaban los primores afiligranados, movidos y graciosos, de la escuela sevillana con los severos y arriesgados alardes de los róndenos. Con igual dominio instrumentaba las largas- -que hizo célebres- llevando a los toros tras de sí, con una majestuosa elegancia, que ninguno ha podido imitar; que practicaba el recorte y adornaba el galleo,
 // Cambio Nodo4-Sevilla