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RAFAEL MOLINA, LAGARTIJO BANDERILLERO DE ANTONIO CARMONA, E L GÓRDITO temiplé en. los ruedos taurinos- diestro más allardo y apuesto, En. la calle tenía una gura, vulgar y adocenada. Flojo, dejado y de movimientos perezosos, nadie podía vislumbrar su prodigiosa agilidad. Pero cuando vestía el traje de luces, la transformación era peregrina. Su continente adoptaba una mezcla de garbo y señorío tan peculiar e inconfundible, que ningún compañero pudo con ella competir. A propósito de su aire garboso y gentil, nativo y espontáneo, conservo en la memoria, una anécdota que escuché, al simpático y talentoso político D. Francisco Romero Robledo- -el más férvido de sus admiradores- que pinta gráficamente hasta qué extremo enloquecía a algunos fanáticos aquel atributo de Lagartijo. Contaba que un rnonosabio de la plaza de Madrid era idólatra del gran maestro, hasta el punto de que no perdía detalle de sus actos en los días de corrida. Es sabido que los toreros, cuando están esperando que se dé la señal para que salgan las cuadrillas, procuran ataviarse lo mejor posible con el capote de lujo para que su figura sea más galana y airosa. Lagartijo jamás tuvo ese cuidado. Sentado en un banquillo y con la capa terciada en el brazo, esperaba indiferente el aviso de la salida; y cuando sonaba el clarín se ponía, en pie, se echaba encapote por la espalda y, con un movimiento rápido, cogía uno dé los vuelos y lo fijaba con la mano izquierda en la cintura, dejando libre y suelto, el brazo derecho. Y quedaba tan perfectamente puesto, con perfil tan clásico y aire tan majo, que el mozo de plaza, que previamente se había sentado enfrente para contemplarlo, se levantaba entusiasmado y exclamaba: ¡L a custodia! Y esto lo repetía siempre que Lagartijo toreaba en Madrid. Sus dotes personales eran, excelentes. E l E caba en el antiguo café Suizo. L a heterogeneidad que caracteriza a todas las peñas taurinas permitía que eh aquélla se mezclaran indi- dividuos de todas clases y condición. Entre los más asiduos asistentes había un joven, de posición modesta, simpático, prudente y respetuoso. Alternaba muy poco en las conversaciones, y, si. alguna vez decía algo, siempre era, oportuna y discreta su intervención. L a humildad de su proceder había conquistado el agrado de todos lps concurrentes. Sentía fanatismo por el gran torero, y éste le correspondía con paternal afecto. Ocurrió ue durante varios días observaron que el muchacho estaba pensativo y ensimismado. Su semblante revelaba honda preocupación, y en su mirada se reflejaba profunda tristeza. Nadie se atrevió á preguntarle el motivo de su estado de ánimo; pero Lagartijo, que cada vez se sentía, mas atraído por él, hubo de interrogarle: Chico, ¿qué te ocurre? Te Veo muy afligido. No, señor- -le respondió- fio me pasa nada de particular. E l viejo mata- dar vio claro que le ocultaba su congoja, y repuso: T ú merenga ñas, y con ello haces mal, porque yo te quiero bien. Pues sí; lio quiero engañarle. Sufro mucho, pero no por mí. Hace algunos días me sortearon para servir en el Ejército y me ha correspondido ser soldado. Y eso a mí no me importa, casi me alegra; pero mi madre llora amargamente, y temo que le va a enfermar la pena. Conmovido Rafael le dijo rápidamente: ¿Y cuánto cuesta librarse del servicio? L o que nosotros no poseemos: mil quinientas pesetas contestó. Y Rafael, echando maño a la cartera, sacó dos billetes, de mil pesetas, y, entregándoselos al muchacho, le dijo: Pues ahí tienes el remedio para que no llore tu madre Corrió la noticia como el fuego por toda la concurrencia, que era numerosísima, pqrque ellocal delcafé estaba pleno, y estalló una ovación tan estruendosa, qué decía D. Demetrio, cuando lo narraba, emocionado: En ningún ruedo recibió Lagartijo un aplauso más caluroso ni más delirante Su hablar, rudo y plagado de todos los defectos que lleva consigo la falta de instrucción, era, sin embargo, en muchas ocasiones ingenioso y pintoresco. Conversaba con despejo y tenía salidas y agudezas de la más genuina sal andaluza. E n una de las frecuentes visitas que hacía a Córdoba, su tierra natal, el inspirado poeta Fernández Grilb, que era intimo de Lagartijo, le manifestó que pensaba dedicarle un soheto. ¿Y eso que es, Antonio? preguntó Rafael. Una composión poética que se desarrolla en catorce versos. Y en mi próximo viaje te prometo traerlo, y veremos si. te gusta. E n efecto, no había transcurrido un mes cuando estaba de regreso Grilo, que, sin perder minuto, fué a visitarle. Y a traigo la poesía- -le dijo- y voy a que inmediatamente la conozcas; pero fija tu atención, porque deseo que me digas con franqueza tu parecer sobre ella. ¡Con aquella manera tan singular y atrayente con que leía los versos- -que pocos han logrado igualar- -recitó el siguiente soneto: Á LAGARTIJO Le canta él pueblo en su cantar sonoro, le adora como a pios la tierra baja; no hay lienzo en mareo ni viñeta en caja que no ostente su busto con decoro Rey de la arena, vencedor del toro, nadie en valor ni garbo le aventaja y lleva entre los pliegues de su faja la Virgen pura cincelada en oro. Del Pretorio nació junto a; la ermita, y es tan profundo el culto verdadero que le rinde mi Córdoba bendita, que cuando al redondel sale el primero la torre de la arábiga mezquita parece que se viste de torero; EL POETA GRII. O aspecto. rústico y basto de su figura encubría un espíritu delicado, propenso a toda clase de sentimientos nobles y caballerosos. Y su modo de hablar, desaliñado e inco rrectó, contrastaba con una inteligencia ágil y despejada. Conozco un sucedido que demuestra cuál era la magnanimidad de su corazón, que corría parejas. con su esplendidez y generoso desprendimiento. Fué uno de los muchísimos testigos presenciales de tan interesante suceso mi di: íunto amigo el ex ministro D. Demetrio Alonso Castrillo, que lo refería con grandes elogios. Concurría Lagartijo, durante stis estancias en Madrid, a una tertulia de amigos y devotos suyos, cuyo plinto de reunión radi- 1 E l diestro, que había escuchado sin parpadear tan precioso trabajo, mostraba en su cara el asombro, la sorpresa y la satisfacción. Su modestia no le permitía asentir a tan merecidas alabanzas, pero un obligado sentimiento de justicia- -aun tratándose de su persona- le vedaba expresar su disconformidad con el juicio. de su amigo. Para un hombre culto hubiera sido fácil darle forma a estos sentires contradictorios; pero en quien, Como él, carecía de medios de- expresión, la empresa era casi insuperable. Pero su talento natural y su gracejo ingénito le sacaron victoriosamente del apuro. Quedaron unos: momentos en silencio, y como le preguntase el poeta: ¿Qué te ha parecido, ¿Rafael? contestó éste sin vacilar Antonio, que argo hay de eso Así pudo hacer compatibles en una frase vulgar, pero expresiva y oportuna, las dos impresiqjnes que riñeron en su claró entendimiento cuando escuchaba el encomio de sus grandes cualidades. NATALIO R I V A S