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PEL 1 C 1 E R AS E n mi anterior crónica cinematográfica -que llamé primera de una serie necesaria- se deslizó una pequeña errata que no me i m portó subsanar inmediatamente para que el corregirla ahora me diese coyuntura por donde atar el nudo de una nueva puntada y continuar la serie- prometida. L e í a s e al actor o actriz eminentes o a los cus impusiese el director bajo su responsabilidad cuando yo quise escribir a los que improvise el d i rector. Con ello quiero decir que un director de cine tiene un perfecto derecho- -a más de la necesidad- -de improvisar- -con una improvisación cuidada, como la improvisación de los brindis en verso en los banquetes- -de inventar mejor, para un arte nuevo, artistas nuevos, limpios de todo resabio o amaneramiento. Pudiera aducir muchos ejemplos felices de estas improvisaciones. M i diatriba, tan moderada que ni eso puede llamarse, sólo se referia a las medianías del teatro elevadas por arte de. birlibirloque n estrellas cinematográficas, poroue serán inevitablemente estrellas sin luz. U n buen artista de teatro, que al pasar al cine va de m á s a menos, a disminuirse, a realizar un esfuerzo de sobriedad, a reducir sus capacidades expresivas, que la fotografía le agranda, será siempre un buen artista; pero el mediocre y el malo h a b r á n de parecer siempre peores, porque la c á m a r a y el micrófono, y la delación de la luz, que a ellos solos h a b r á de circunscribirse en ciertos momentos y no a todo el escenario, les descubrirán y aumentarán todos Bus defectos. L a improvisación del actor es indispensable en el cine, porque lo importante es que el intérprete posea naturalmente la figura, la cara, hasta los hábitos, los gestos y la actitud del personaje; ya que en la panta- lla, donde la fotografía agranda el original, es casi imposible dar la sensación de la realidad con la caracterización, y como se trata de un retrato importa más la naturalidad del retratado y no sirve lo forzado de la ficción. Aparte los actores eminentes, un actor de cine será mejo r cuanto menos actor sea, cuanto menos profesional, cuanto menos finja. De ahí la ventaja de la improvisación, que por otra parte es fácil, si se tiene en cuenta que en el cine no hay papeles grandes; es decir, no hay papeles largos. E l lector sin experiencia teatral pudiera pensar que la dificultad de un papel no se mide por la cantidad sino por la calidad; pero vo que, siquier- sea por práctica, algo sé de estos menesteres, quiero asegurarle que. lo difícil para el actor es sostener su tipo, llenar una actuación larga en una sola noche; por eso hay actores muy buenos para dos o tres escenas, que no pueden desenvolverse con la misma intensidad cuando su personaje tiene mayores proporciones. E n el cine no hay que sostener nada o casi nada; por muchas que sean las intervenciones del personaje, son tan periódicas y espaciadas, que las escenas duran a lo sumo tres minutos, rara vez cinco, y se hacen de una en una o de dos en dos en muchos días. Así no hay papeles largos en el trabajo, sino que se hacen largos después, en el decov. page, en el montaje, cuando en el laboratorio se unen y ensamblan los pedazos de etnta, y allí es donde, dicho sea de paso, se puede echar a perder, por malas selección y unión, el trabajo del director y de sus artistas. x donde salta a la vista el error de haber i m provisado sin tener en cuenta las posibilidades del actor. Siendo, como es F l o r i á n Rey, uno de los mejores directores nacionales, no tuvo en cuenta que D Antonio P o r tago, al empezar como actor cinematográfico, tropezaba para hacer de bandido con dificultades insuperables, dada su condición! social y sus hábitos. Portago, que tiene tantas facultades para el cine como cualquier otro, que no es peor que muchos actores ds cine que padecemos, hubiera estado más a su gusto, más dentro de la piel de su personaje, haciendo de marqués deportivo y galante que huyendo de la Guardia civil por las sierras de Ronda. Se va D Antonio a Hollywood, tropieza allí con Gregorio M a r tínez Sierra y hace a maravilla aquel marido aristócrata y t r u h á n que al- lado de la eminentísima Catalina Barcena no puede hacer ese galán de l a saladísima película Yo, tú- y ella- -de cuyo nombre no me importa acordarme- -con ese aspecto de destripaterrones, esas cejas feroces, esa pelambrera l a nífera e indomable de hombre de las cavernas, y esas manos torpes y negras que, junto a las candidas manos hábiles de nuestra admirable Catalina, hacen el efecto desastroso cíe ofrecerle una libra de chocolate a una paloma. Ese galán, en cambio, hasta por la dicción- -aunque no sea andaluza, ni española siquiera- hubiera hecho a pedir de boca el papel de bandido. Y quédese aquí esta crónica. E n otra, siempre pensando en ciertos galanes que me quitan el sueño, hablaré del uso del bastón vistiendo el fraque, invención, cómoda para actores que no saben mover los brazos, debida a la elegancia recién nacida de los gomosos de yanqnilandia. FELIPE S A S S O N E Claro es que importa improvisar a favor del improvisado. E s decir, teniendo en cuenta su físico y sus condiciones naturales. P l á ceme citar los ejemplos de dos películas recientes: Sierra de Ronda y Yo, tú y ella. i SlpSíSi wmlm wttm iállláfl MADRID A I J A S -Empresa Anunciadora.
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