Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
1 U N A T A B E R N A S E V I L L A N A E N E L SIGLO X V I l al moribundo, le hace beber el contenido de un vaso, la benéfica medicina que le arrancará del poder de! a Muerte. A un lado, y otro del enfermo y de su médico aparecen rostros familiares, medio hundidos entre sombras, algo borrosos e- imprecisos, como los debió ver Goya en aquel terrible instante, recordando las figuras obscuras de l a mane- ra negra del maestro. T o d o el fondo se hunde también en profunda sombra, pues la luz. una claridad monocroma y melancólica, cual corresponde a l a que ilumina la triste estancia de un enfermo, sólo esclarece al moribundo y a su médico. Este frunce apretadamente los labios, todo su rostro se contrae en un poderoso impulso de la voluntad, que riñe a la Muerte tremendo combate. É l a d e m á n de la mano que adelanta la poción es rápido, firme, de incontrastable empuje. Quien lo ve tiene l a seguridad de que si Goya bebe l a pócima está salvado. L a cuestión es que la beba pronto, ya que el rostro desencajado del enfermo nos lo revela casi sin conocimiento y medio entregado al abrazo de la Inevitable. Este es cuadro de un t r á g i c o empuje, de un vigor tal. que lo hacen hermano u i emoción a los fusilamientos de la M o n cloa o a los m á s espeluznantes estragos de la guerra. E s t á pintado con soltura y franqueza portentosas, como hacíalo Goya cuando pintaba independientemente, sin refrenar su ímpetu con las cortapisas que siempre i m ponen los encargos. L o s tonos blancos de las sábanas, del camisolín entreabierto sobre el hercúleo cuello, de las mangas- que asoman junto a las manos, g r i s á c e a s por la agonía, son maravillosos, y lo mismo el d i bujo fuerte y real de l a figura del doctor Arrieta, trazada enérgicamente sobre c! fondo obscuro en el que medio se d. luyen las figuras de los asistentes al tremendo drama, donde sólo los dos protagonistas, el médico y el enfermo, parecen dignos de una visión total y completa, y a que ambos son los ú n i cos combatientes contra l a eterna enemiga. N o es un cuadro para un tocador de damisela n i para un. salón versallesco; mas cu una pinacoteca completaría la obra pictórica del genial a r a g o n é s que puso en sté lienza toda l a fuerza prodigiosa de su pincel y l a rudeza de su espíritu v i r i l y entero. A lugares m á s apacibles nos transporta la tabla francesa, de l a escuela del maestro de Moulins, donde asistimos, dentro de una bella cámara, a l a educación de una princesa. P a ñ o s tejidos de velludo y de oro revisten las paredes, sobre un mueble lucen vasijas de cobre y de pulido estaño, en tanto que la princesa, con sus camaristas, se nos ofrece ya leyendo sabios textos, ya recitándolos ante el magisier, que, acomodado en amplia cátedra, alza una mano con gesto doctoral, no sabemos si aprobatorio o condenatorio, pues su faz es severa, y sus ojos miran a la estudiosa princesa con. algo de reprobación, cual si l a infeliz educanda hubiese cometido a l g ú n terrible lapsus. Toda la escena se reviste de un deleitable acento íntimo, lleno de serena paz, de ese encanto recogido y sutil que reina en los parajes donde no entra el tumulto de las pasiones y el tiempo fluye al compás de horas henchidas de actos iguales, de gestos idénticos y repetidos. E n el tumulto sangriento de aquella época debían ser muy raros estos islotes de recogimiento, y seguramente cuando l a princesa estuvo y a educada y no tuvo más que aprender, hubo de echar de menos en el bullicio del mundo l a quieta estancia donde, medio arrodillada ante el profesor, fué deletreando las mágicas historias de l a leyenda de oro o tal vez, tal vez, algún truculento libro de caballerías, en el que. los héroes eran bellos y valientes y las heroínas desfallecían de amor entre sus fuertes brazos. MAURICIO LÓPEZ Marqués ROBERTS de la Tarrehermosa.