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EL S A L Ó N DEL PRADO nificencias de g r a n señor viene a darle u n mayor esplendor; asi e n él y en el lugar que hoy es plaza de Cánovas del Castillo, frontero del de Maceda, construye su p a lacio, admirable mansión, que hace famosa por las inmensas riquezas que logra atesorar. Ijlenandp en su parte yerma del Prado viejo un espacio, con lo que at Erario merma, levanta, altivo, el de Lerma suntuoso y rico palacio. N o s dice, recogiendo el sentir del vulgo, un altísimo poeta, de aquel palacio nidero de los tesoros ducales. F i e l reflejo del palacio, en sus primeros tiempos, la plaza es testigo de las más bellas fiestas que l a esplendidez del duque dio en honor de Felipe III y de su Corte, y es la más celebrada aquella tan comentada corrida, de la cual refería un cronista de l a época que los toros fueron razonables, porque no mataron más que cinco o seis personas, y en l a que, p a r a hacer más grato y cómodo el espectáculo, que los Reyes, c o n el duque, presenciaron desde u n balcón del palacio, hubiéronse de construir grandes t r i bunas rodeando al pilón de la fuente del Caño dorado, y, para l a música, una graciosa torrecilla, en cuvo coste parece ser pasó de la cuenta el regidor J u a n Fernández, lo que hizo exclamar a l mordaz V i l l a m e d i a n a ¿u e n a está l a torrecilla; tres m i l ducados costó. Si J u a n Fernández lo hurtó, ¿qué c u l p a tiene la villa? Sitio de recreo, de desafíos, de aventuras y galanteos de l a poética Corte de F e l i pe I V- I r á s al P r a d o L e o n r -e n cuya grata espesura- -toda divina h e r m o s u r a- -r i n de tributo al amor. ¡Cuántos, mirándote allí, -aumentarán sus d e s v e l o s! -N o quieran, L e o n o r los cielos- -que te los causen a t i dice una comedia a n t i g u a- en él se celebran los más y variados y magníficos espectáculos, siendo famosa aquella fiesta dada por el conde- duque de Olivares en l a noche LOS E L E G A N T E S E N E L SALÓN D E L PRADO E N 1826, VIÉNDOSE A L FONDO L A F U E N T E D E N E P T U N O OR una última disposición municipal v a a desaparecer del P r a d o l a barandilla que encintaba el paseo, y con- ella la de quedar privado del último refugio romántico y evocador de tiempos pretéritos, en que el llamado Salón era belleza de l a villa y su ornamento más preciado. Aquí, en donde el mal gusto edilicio puso un jardín atentador de la fisonomía de la ciudad y u n plan descabellado e insensato, zanjas y montones de g r a v a y arena, e n otros tiempos existió l a alegría de u n fértil prado, y l u e go más tarde la belleza de u n paseo, el más concurrido de l a villa, y a convertida en c o r te, que e r a su límite oriental y como antesala del Retiro, de cuya espesura v i r g i l i a na se iban a ir destacando proceres palacios y de entre cuyas avenidas de copudos árboles iban a surgir bellas fuentes, que eran su principal ornato, como aquellas de la Sierpe, del OtiviUo y la del Caño dorado, tan celebrada por la excelencia de sus aguas por Cervantes y L o p e de V e g a y al lado de l a cual hizo descansar el discutido Fernández de Avellaneda a su falso D o n Quijote. Adió dixe a l a humilde choza mía, adiós Madrid, adiós tu prado y fuentes que manan néctar, Hueven ambrosia. Canta Cervantes en el primer capítulo del Viaje del Parnaso, en su figurada despedida de M a d r i d Tomó el nombre de Prado por l a p r o x i midad, en su parte meridional, de los a n tiguos prados de la villa, de los que y a se hace mención en el ¡llamado Fuero Viejo del año 1202. Cuando los Reyes Católicos trasladaron desde la F l o r i d a hasta donde actualmente se encuentra aquel monasterio de Nuestra Señora del Paso, fundado para perpetuar las gallardías de D Beltrán de la Cueva por su complaciente señor, E n r i que I V de Castilla, y que, al cambiar de lugar, cambió también de advocación, c o nociéndose en lo sucesivo por Real M o nasterio de S a n Jerónimo del Paso, el P r a do, fué llamado de San Jerónimo, como más tarde cambió esta denominación por P r a d o de San Fermín, una vez construida la. iglesia dedicada al Santo Patrono de los n a v a rros. Fué entrado el siglo x v n i cuando se l e conoce con el nombre actual de Salón del Prado, y a que vasto salón era, orna- P mentado con las fuentes planeadas y d i r i gidas por V e n t u r a Rodríguez y Hermosilla. A mediados del siglo x v i y a se tienen a estos poéticos y legendarios lugares por delicioso paseo de frondosas arboledas. E l P r a d o es la maravilla de M a d r i d y su o r gullo más legítimo. A s í nos lo comenta y nos l o elogia el maestro J u a n López de H o y o s en su libro sobre l a entrada de l a R e i n a A n a de A u s t r i a en l a villa y vieja corte; después v a n a ser todas las literaturas de tocios los tiempos quienes continúen el comento elogioso. P e r o no tiene aún l a importancia que luego ha de adquirir d u rante l a privanza del poderoso D F r a n c i s co Gómez de Sandoval, duque de L e r m a cuando no era más que marqués de Denia, mas y a omnímodo favorito. C o n sus m a g- E L PRADO D E SAN TERONIMO E N T I E M P O S D E CARLOS I I VIÉNDOSE A L tfONDO E L R E T I R O Y L A P U E R T A D E ALCALÁ