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drid lina corrida de toros para celebrar con ella, eii unión de otros festejos, la promulgación de la Constitución que acababa de aprobarse. Entre otros afamados toreros actuaron aquella tarde el Tata y Lagartijo. E l diestro sevillano, al entrar a matar el toro Peregrino cuarto de la tarde, de la ganadería de D Vicente Martínez, fué cogida y empuntado por la parte superior de la pierna derecha, infiriéndole una lesión muy grave. Entonces las heridas producidas por los cuernos de los toros que antes habían penetrado en el cuerpo de los caballos eran muy peligrosas. José Lister, el eminente c i rujano ingles, no había perfeccionado aun el maravilloso descubrimiento de la cura antiséptica que lleva su nombre y que después ha salvado tantas vidas y evitado muchas mutilaciones. L a infección fué tan intensa, quese hizo necesaria la amputación. Con la misma espada que el Tato intentó la muerte de la res la remató Lagartijo. Pasado algún tiempo, aquel regaló a éste el referido estoque, sobre cuya hoja mando grabar la siguiente inscripción, que con sobrado motivo califica de pretenciosa Sánchez de Neira: S i como dicen los filósofos, la gratitud es el tributo de las alma nobles, acepta, querido Lagartijo, este presente; consérvale como sagrado depósito; en gracia a que simboliza el recuerdo de- mis glorias, y es, a la vez, el testigo mudo- de mi desgracia; con él maté el último toroj. llamado Peregrino de D. Vicente Martínez; cuarto de la corrida verificada el 7 de junio de 1869, en cuyo acto recibí la herida quef me ha producido la amputación de la pierna derecha. Ante los designios de la P r o videncia nada puede la voluntad de los hombres. Sólo le resta el conformarse a tu afectísimo amigo, Antonio Sánchez (Tato) Para terminar esta semblanza, que no estan completa como demanda mi voluntad, narraré algo nurv curioso, y cuyos detalles han llegado a mí por conducto totalmente autorizado. Lagartijo, que, como todos 1o s toreros, anhelaba codicioso ovaciones y aplausos, en los demás actos dé su vida era modesto y sencillo. Rechazaba las exhibiciones aparatosas y se apartaba, cuando podía hacerlo, de todo lo que pudiera atraer la atención hacia su persona. Esta cualidad, que en él era substancial, culminó en el momento de cortarse la coleta. Todos saben que en la generalidad de los casos- -con excepciones muy contadas- -los espadas que han llegado a la cumbre rodean de determinadas ceremonias el momento solemne que pone fin a su arriesgada profesión. E l gran Califa de Córdoba, consecuente con su conducta, no dio importancia alguna a lo que otros han cuidado de hacer resaltar con presuntuosos reclamos. A la sombra de una encina de stí finca Pendolillas, y sin más compañía en aquella soledad campestre que la persona a quien liabía consagrado todo linaje de preferencias durante su viudez, manos femeninas cuidadosas y amantes, cortaron la trenza que liabía ostentado en el curso de su dilatada y gloriosa vida de torero incomparable. L a fotografía que acompaña a este artículo es auténtica, pero no responde a la realidad. Se hizo el grupo por complacer al peluquero cordobés Miguel Carrasco M o reno, que sirvió a Lagartijo muchos años, y que deseó qué le otorgara el favor de retratarse en esa forma para satisfacer la tolerable vanidad que siempre había sentido de contarlo entre sus clientes. Mucho, muchísimo más podría decir der esta figura insigne en la historia de la tauromaquia; pero aplazo el. hacerlo para cuando escriba- -como me propongo, si Dios me conserva la vida- -un estudio comparativo de Lagartijo y Frascuelo. N A T A L I O R X V A S SIMULACRO D E L CORTE D E LA COLETA D E LAGARTIJO se a almorzar con ellos al día siguiente, l u i s habitaba en el hotel de Parí y sus dos colegas en el de Europa, cuyo edificio ocupó después el Círculo de Labradores. Concurrió a la hora convenida, y cuando sentados en la mesa se disponían a comer, le preguntó Salvador: ¿Es verdad que has firmado el contrato para la feria del año que viene en. mil duros- cada corrida? S u ponemos que no será cierto. Pues sí- -respondió- es una verdad. Quedaron atónitos los dos veteranos matadores, y el primero que rompió el silencio fué Rafael, que le cliio a Frascuelo: Sarvaor, wryiiensa nos debe dar de que haya venio enseñarnos a ganar er dinei o este señorito de escao seco Y me decía Mazzatttini cuando me lo contaba: Jamás he sabido lo que quiso decir con aquellas palabras No quiero- olvidar tampoco un acaecimiento que, a pesar de que lo registran algunos libros de toreo, es bueno que lo conozcan los que no tienen afición a esta clase de lecturas. E n él, a pesar de ser protagonista el desgraciado torero Antonio Sánchez (el Tato) tiene una intervención importante Lagartijo. Él 7 de junio de 1869 tuvo lugar en M a-
 // Cambio Nodo4-Sevilla