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El Pontífice preside en la nueva aula de ¡a Academia de Ciencias la sesión inaugural, mientras habla el académico profesor Luigio (Fotos Fclici. la Vía Ap pia antigua, cerca del cementerio de San Calixto, augusta tumba de los primeros Pontífices. L a Iglesia, entonces perseguida hasta el martirio, y la Iglesia triunfadora de ios siglos, reintegrada a la plenitud de su libertad e independencia, se hallaban frente a frente en aquella soberbia via, que desde Roma llegaba a los confines del vasto Imperio. Porque P í o X I lia queíido en este jubileo estar l o m á s posible en medio de sus hijos, participando con ellos en las mayores- solemnidades jubilares y admitiéndolos. a todos a su presencia, apenas llegaban a los muros de la ciudad santa. A l mismo tiempo ha querido elevar a los honores de la canonización á aquellas figuras de apóstoles y de humildes esclavas, cuya vida es ejemplo continuo para el pueblo y lo incita al bien. Baste recordar los nombres de Bernarda Soubirous, de Aníida Tliouret, de Juan Bosco, de Pompillp Pirrotti, de M a ría Micaela del Santísimo Sacramento, de Luisa de Marillac y, probablemente, de José Cottolengo, el héroe de la caridad. Años extraordinarios, pues, y santos extraordinarios, todos de nuestra época, todos bastante conocidos por sus virtudes y por el bien que prodigaron. A esto se refirió precisamente eü Pontífice al inaugurar la nueva aula de la Accadcmia dellc Scienzc. Esta nueva aula- -dijo- -empieza a contar sus años desde este A ñ o Santo de la Redención. Y está bien, particularmente bien, aunque sólo sea pensando que el Divino Redentor, que redimió a la Humanidad con el sacrificio de sí mismo, de su sangre, de su vida, en el acto mismo de terminar la r e dención se manifestó como Maestro, y cuando mandó a sus Apóstoles que anunciaren al mundo la Redención y la aplicasen, les envió con una función magistral, casi diríamos científica: Emites docelc. Es lo que hacen estos queridos hijos académicos- -añadía Su Santidad- y el Redentor sabe que, aun en la enseñanza de las ciencias, abrigan una altísima intención de apostolado. L a proximidad de las fiestas de Navidad sugirió también al Padre Santo una serie de oportunas reflexiones. A rendir homenaje al Redentor recién nacido fueron llamados los Magos, los Reyes: y todos saben que la tradición ha señalado en aquellos ilustres adoradores del humilde recién nacido a hombres de ciencia. L a ciencia se postró, pues, ante aquel. Niño, que, aunque pobre y íesamparado como estaba, era y será siempre el Deus scientianim Doininus. Estas palabras de! Pontífice resumen en admirable síntesis el altísimo significado de la humana redención. L a Navidad, la última Pascua del a ñ o civil y la primera del año litúrgico, pues sabido es que este últi- ir. o comienza con la primera Dominica d í Adviento, abre el último período de fiestas de este jubileo, que t e r m i n a r á con la Pascua de Resurrección. L a conmemoración de los albores de la vida de Cristo parece casi preludiar, en esta última fase jubilar, la transición, de su vida terrena al alba d i v i na de su victoria sobre la muerte. Otras peregrinaciones acudirán de todas partes a la soberbia ciudad de los Césares, guardadora augusta de la nueva fe, y en un continuo hosanna r e c o r r e r á n sus calles, inundarán las Basílicas majestuosas, en unión y concordia bajo la Cruz augusta, diecinueve veces secular. Nuevas glorias, nuevos triunfos sellará este A ñ o Santo, no sólo en la historia de la Iglesia, sino también en la historia de Roma, una y otra inmortales, pues la primera fué fundada por Cristo y la segunda fué elevada a la inmortalidad, para que fuese el centro de la nueva religión, como ya había sido maestra de civilización y de Derecho. FRANCESCO T Ü R C H I