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por deciros que, si me regis- cripción pública para regalarme un hotelito, tráis, no encontraréis nunca la mooes- con sus arbolitos y todo; suscripción encabezada por muy ilustres personajes. No me destia en mis bolsillos... Hecha esta, declaración, que estimo chocó nada; ya sabía yo de algunos casos necesaria, ya no os chocará que yo encontra- -que se habían convertido en algunas cara perfectamente lógico y aceptara como cosa sas- -análogos y semejantes. natural aquel estado de opinión que sin saPor muy glorioso, qué uno sea, el presente ber exactamente cómo había nacido, estaba edificado y edificante de una casita para mí, ya en pleno desarrollo y- crecimiento. Había sólo para mí, era algo extraordinario. No sido primero un vago clamor confuso y des- tener que pagar nada a, fin de mes; rio teperdigado, que, por su propia dispersión y ner que saludar a la portera; no saber lo que su discreta manifestación, no parecía contar es el inquilinato. Indudablemente, el nivel aún con la plenitud rotunda de la unanimi- dé inspiración poética ó dramática de un dad. Después, aquel vago rumor, al correr hombre asr situado ha de elevarse considepor las calles, fué creciendo al engancharse rablemente. Ahí es nada recibir las llaves y adherirse los otros rumores hermanos. Y de una casa sin tener que abonar ni tres micuando, tanto los que contribuían al abulta- serables meses de fianza. miento del clamor como yo mismo, que era En la calle, los, amigos, los conocidos y el interesado, nos quisimos, dar cuenta, aque- aun los que yo no sabía; quiénes eran me llo era ya casi la voz de Ja ciudad. miraban con un cordial aire de compli- ¡Hay que hacer algo por ese hombre! cidad. -decían en los Círculos y Casinos los gra- ¡Vaya, vaya 1- -parecían decir- le estaves señores que forman las tertulias austeras. mos preparando una buena sorpresita... -Ese hombre merece un homénájírfíacioY una buena mañana, soleada y radiante, nal- -se leía en los periódicos. recibí oficialmente el hotelito. Había mucha- -Pero, ¿para cuándo se organiza algo en gente, incluso las jóvenes Pepita Gómez y honor de don Gabriel? -decían en las plata- Juanita Ramírez, que contribuyeron con una formas de los tranvías. peseta cada una a la suscripción. Las mu- -Nada de banquetes ni condecoraciones jeres de mi casa corrieron a la cocina, relu- -murmuraban en los intermedios de oi esciente y nueva, y comprobaron locas de alepectáculos- La labor de ese hombre ilustre gría que el fogón tiraba muy bien y las requiere un premio especial. aguas corrían abundantes. Mis hermanos peEse hombre, ese don Gabriel, ese ilustre, queños contemplaron extasiados la caseta del era yo. Y todo aquello primero me soperro y miraron las avenidas enarenadas, brecogió ligeramente, después lo encontré donde más tarde se deslizarían las patineties muy natural y más tarde acabé pensando y tendrían lugar los campeonatos de gua. Yo que ya era hora de que se. pusieran de miraba, envuelto en el incienso de los discuracuerdo. sos, la taza de mármol del surtidor, llena de Y, al fin, el homenaje se concretó en algo perlas de cristal de un agua cantarína y limverdaderamente placentero para mi: una sus- pia. Y cuando todos se hubieron marchado MPEZARÉ 1 1 E y quedamos solos en la casita regalada por suscripción. pública, yo pensé que la Felicidad se había, sentado sobre el tejado... Yo siempre había creído práctica y eficaz aquella costumbre, muy americana, de hacer un regalo que sirviera para algo al grande hombre de turno. Mas al poco tiempo pude comprobar qué en América quizá esto puede realizarse sin grandes complicaciones pos- tenores. Pero en España, ¡ah, aquí ello es una puñalada trapera! Y es oue aquí somos así... Poco tiempo después, un buen día, ert el tranvía, un señor desconocido me interpeló sonriente y protectoramente, me dio unos golpecitos en la espalda, esos golpecitos que se dan a los buenos muchachos y me dijo: ¿Qué? ¿Cómo le va en el hotel que le regalamos? Tan ricamente, ¿eh? Está bien situado. Mucho sol. mucha alegría; así: se lo indiqué- yo a la Comisión. Ahora, a trabajar, amigo. Usted es un buen chico. Créame que no echo de menos las dos cincuenta que di, para la suscripción. Yo quedé- anonadado de agradecimiento. Me puse colorado, balbucí unas frases tímidas. Pagué el tranvía de los dos; Y durante unos minutos pensé que la Huma- nidad es fundamentalmente bondadosa. Otro día, en el paseo, mientras caminaba pensando y abstraído, oí de repente a un señor decir a su pequeñueló: -Mira: ése es don Gabriel, el escritor para quien tú sacaste dos reales de la hucha. -El niño me miró y me pidió barquillos mientras yo lloraba, emocionado. Empecé a recibir cartas extrañas, las cuales, poco más o menos, empezaiban todas así: t
 // Cambio Nodo4-Sevilla