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Y o que contribuí con 6,75 a la suscripción para su hotel... jEl abajo firmante, que dio tres pesetas para su casa... E n todas, en justa reciprocidad, me pedían libros, firmas en álbumes, pensamientos en abanicos, entradas para los teatros, recomendaciones para publicar unos versitos y alguna hubo que pretendía dirigir mis ideas y modificar mis pensamientos: Nosotras somos las señoritas Marujita Gutiérrez y Finita Pérez, de Valladolid. Suponemos que nos conocerá usted y nos recordará perfectamente, pues dimos 1,50 cada una para la casa que le ragalamos entre todos. Pues ésta es para decirle que no estatnos conformes con el desenlace de su última nóvela y que deseamos que el protagonista, tan guapo y tan simpático, no se muera L a que sé debe morir, por mala y envidiosa, de viruelas y en el segundo capituló, es la Juana. Pero el protagonista se tiene que casar con la Isabel y además deseamos que el Manolo no sea seminarista, sino teniente de los guardias de asalto... Y aun otras cartas recibí con complicadas consultas espirituales sobre lo que se debe hacer con un chico que se lia declarado y que tiene tipo de peliculero. Torio aquello empezó a preocuparme, y la casita, en vez de ser un cascabel en mi corazón, empezó a transformarse en una arruga en mi frente. U n domingo de primavera, mientras yo tomaba el sol después de comer en el járdincito, se presentó don Ponciano con su mujer, sus tres hijas mayorcitas y Poncianito, el pequeño. Y o no los conocía; no los 1 había visto nunca. Pero aquel buen padre de familia me explicó: -Pues nada, que le dije a ésta: Mira, vestiros y vamos a aprovechar el domingo visitando a don Gabriel. Así veremos de paso la casa que le hemos regalado. Y a leería usted en la Prensa, ¿no? don. Ponciano, cinco pesetas; su señora, cuatro pesetas; sus tres niñas, tres pesetas; 1 niño Ponciahito, 0,25. ¡Recuerda? Yo, ¿cómo no? pije que sí y puse la casa, a disposición de don Ponciano y su familia, los cuales curiosearon todo con aire inteligente y protectorí encontrando extraño que yo no tuviera melena, cosa que creo las defraudó ligeramente. Tuve además el presentimiento de que don Ponciano era de tasque volvían. L a arruga se hizo más profunda en mi frente y empecé a escamarme. Y poco después recibí otra visita: la del hombre Bueno y Oficioso, el cual me dijo, mientras se frotaba las manos, me abrazaba y sonreía bobáliconamente: ¿Está usted contento con su casita? ¿Desea usted algo más? ¿Alguna reforma, alguna modificación? ¿Quiere usted que le instalemos un palomar? Eso es muy de poeta... ¿O desea que le echemos unos pececillos de colores en el estanque? ¿Un cisne? ¿O preferiría alguna reforma en la fachada? ¿Tiene usted altavoz? Y a sabe usted que queremos protegerle, No tiene usted más que pedir. L a casa no tiene calefacción, pero en el invierno que viene abriremos otra suscripción para regalarle un brasero. Y la última visita que recuerdo fué la del hombre Malo y Avinagrado. Entró de sopetón en mi despacho, después de visitar toda la casa sin que yo lo supiera. Y gritó iracundo: -Esto es un asco Sí, señor; hé. dicho un asco. ¡Cómo tiene usted la casa! En el j ardín los árboles están sin podar 5 el perro anda suelto y con él pelo largo; la arena, en montoncitos. las escaleras, sin fregar; el timbre no suena. Todo está sucio. ¿Pero qué hace usted, hombre de Dios, qué hace usted? Con lo monín que estaba todo el día que tuvimos la mala ocurrencia de regalarle este palacio. Todo está en desorden, todo revuelto. No me mire con esa cara de hipócrita y arrepiéntase. Pero voy a ver más adentro, voy a ver... Y se dirigió, con mirada fiscalizadora. a. las habitaciones interiores. Poco tiempo después pí un gran grito, y el hombre Malo v Avinagrado huyó, próximo a la congestión, al ver que en la ventana de la cocina fallaba un cristal... Aauella misma noche hice salir a los míos del hotelito y lé prendí fuego. Por espacio de muchas horas danzariios en torno a la hoguera con esa misma dislocada euforia con que danzan los negros alrededor de la cazuela en oue se cuece un explorador. Y sobre los escombros oíante un cartel con un versó que había leido en alguna parte: T a l cabo n a d a os Iebo (Jabélame c u a n tío he escrito. Después escapamos alegremente, cogidos de la mano, mientras subían hacia el cielo los pequeños cohetes rojos de unas chispas como rubíes... GABRIEI (Dibujos de Bchea. GREINER
 // Cambio Nodo4-Sevilla