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vtoso e inquietó, no po díá vivir tm íñstante lejos de su amo. Habitualmente se tendía detrás de éste, en su mismo asiento. C a recía de la atención colaboradora del loro, y manifestaba sólo la dormida satisfacción del que se encuentra casi pegado a l ser querido. E l célebre maestro sentía por su can afecto profundo, y bien lo demostró a la muerte de éste. Palpita una singular ternura en el relato que de ella hace. Ocurrió en Zurich. Peps alcanzaba ya sus trece años, y la debilidad senil le había puesto en tal estado que ni Wagner ni M i n n a se atrevieron a trasladarse con él a Silisberg, por miedo a que el pobre perro se les muriera en el camino. De pronto, un día fué atacado de dolorqsas y frecuentes convulsiones. P a r a buscar una droga que aliviara su sufrimiento, Wagner alquiló un bote, y solo y a remo cruzó el lago, con objeto de que el doctor Obrits se la facilitara. Conseguido esto, volvió remando, en la tranquila serenidad de una tarde de verano, sugeridora de poética melancolía. P o r l a noche siguió acurrucado Peps en el cojín tíonde dormía, habitualmente, hasta que, lanzando un gemido, murió. E l momento de su muerte me produjo un efecto tan extrañamente solemne- -dice Wagner en las Memorias de su vida- que m i r é el reloj. E r a l a una y diez minutos de la madrugada. Que se ría quien quiera de esta ternura. Amar a un perro no es signo de flaqueza, sino m á s bien signo de noble carácter. Se puede ser un genio y sentirse ligado por el cariño al animal que durante años enteros supo dar lecciones de adhesión y de lealtad. Peps fué enterrado en un rincón del huerto, tendido en el cojín de su cestita. L o s esposos lloraron amargamente A Peps sucedió Fifis, un perrito regalado por los Wesendock. E r a pequeño y gracioso, y pronto se atrajo el afecto de M i n n a y de Wagner. M u r i ó joven en P a r í s durante una corta estancia de sus dueños, y fué enterrado de igual modo que Peps en un j a r d í n en el de aquella casa que éstos habían alquilado en la rué de Dames, costando trabajo convencer al ama de gobierno del propietario, ausente, de que permitiera al perro tener allí su sepultura, cuidando Wagner de borrar toda huella del enterramiento, a fin de que más tarde los restos del pequeño Fifis no fueran a parar a un estercolero. Como si se hubiera desatado un nudo, l a muerte de Fifis pareció disolver la comunidad de una vida conyugal que se había hecho imposible hacía ya tiempo Pero no por eso perdió el célebre compositor la afición a los perros, que m á s tarde estuvo a punto de causarle un serio accidente. Condolido del estado de suciedad de un bulldog por el que sentía afecto, encargó a la doméstica de la casa que le lavara mientras él sujetaba la cabeza del perro, en cuya ocasión éste le cogió el pulgar derecho entre sus quijadas, sin producirle herida, pero sí una violenta inflamación, que le impidió escribir durante dos meses. Acababa Wagner de enviar a su editor Shott el primer acto de Los maestros cantores. ¡Q u é ajenos están muchos de saber que Hans, el zapatero, había de tardar dos meses más de lo debido en cantar la noche de San Juan, con motivo de la mordedura de un perro! ¡Cuánto pesa a veces en la balanza de las cosas humanas un grano de arena! Con su serio humorismo germánico, el gran músico se lamentaba de que, para acabar su obra, no se necesitaba solamente l a salud del espíritu, la inspiración y la técnica, sino también un pulgar sano, pues no podía dictar su música como se dicta un poema. Wagner, en sus Memorias, dejó al descubierto aTgunas de sus flaquezas, entre las cuales no colocaría yo su amor a los animales caseros. Hundiendo el escalpelo en el carácter de un hombre superior, se tropieza con fibras delicadísima, cuya existencia nadie hubiera podido adivinar, y que, al ser conocidas, despiertan l a mueca burlona de los espíritus llamados fuertes. EL CONDE DE GIMENQ- PALABRAS A L VIENTO Goethe y Jas mujeres E n el curso normal de la vida, el hombre encuentra una o varias mujeres, según el atractivo que tenga el otro sexo para él. Son los oasis de su desierto. E n el tímido, la emoción erótica se extingue casi siempre en las retinas, porque su apocamiento no le deja pasar de la curiosidad a la acción. E l casto, la doma o la encauza por la vía de los ensueños conyugales. E n él, amar no es un placer furtivo, sino el noviciado que hace el futuro pater familias, que decían los romanos. L a mayoría de los hombres, sin embargo, pervierte su adolescencia en un libertinaje de pura imaginación, al que sucede un período, m á s o menos largo, de vicio, que tiene, frecuentemente, las m á s dañosas repercusiones en su salud. Las neurosis de l a madurez son casi siempre secuelas de los descarríos de la juventud. Eso, en el mejor de los casos. A veces, aquellos abusos de l a libido amorosa engendran males m á s graves, que los consejos del médico y las admoniciones del confesor casi nunca logran evitar. Pero lo corriente y lo m á s sano es que el hombre se substraiga a la obsesión sexual por el estudio y por el trabajo, nobles derivativos de su energía. E l porvenir de una raza depende, pues, de la disciplina de una función fisiológica, que, exagerada, puede convertirse en un vicio de las peores consecuencias. Andando el tiempo, el gobernante, no sólo no se inhibirá, como ahora, de intervenir en las relaciones de hombres y mujeres, sino que, sin llegar, como en l a Esparta de Licurgo, a condicionarlas severamente, l a s vigilará para que no degeneren en pretexto de corrupción. H a y hombres que no pueden v i v i r sin padecer l a tiranía, m á s o menos grata, de una mujer. L a existencia, entregada a sus propios afanes ordinarios, les es intolerable. H a g a n lo que hagan, su pensamiento se evade a lo femenino. Este los domina, unas veces como impresión reciente, y otras con l a suavidad melancólica del recuerdo. Quien crea que la ciencia, y menos el arte, absorbe al hombre, -se equivoca. E l sabio en su laboratorio y el artista en su estudio interrumpen su labor porque, súbitamente, ha surgido de su subconsciente la imagen de una mujer. Esas interferencias mentales son inevitables. ¿A qué se debe esa predisposición? Los astrólogos l a atribuían a l a influencia estelar. Según la constelación que ha presidido nuestro nacimiento, son nuestras tendencias temperamentales, enmendables, claro está, por la voluntad. L o contrario sería un determinismo ciego, que me parece indefendible. ¿Q u é astro o qué conjunción sideral ha alumbrado el nacimiento de Goethe? L o i g noro. Pero es lo cierto que pocos hombres han prestado a la mujer una atención tan sostenida y fervorosa. E n su existencia no hay espacios vacíos de la influencia femenina. Desde los diecisiete años, época de su breve idilio con Gretchen, hasta la senectud, este hombre prodigioso va de un amor a otro amor con la agilidad del que salta de un peldaño a otro en la escala del placer. Gretchen, a l a orue inmortalizó en el Fausto, ha sido para el un desengaño. Quizá por eso l a recuerda siempre. L a desilusión le ha costado lágrimas y una enfermedad. ¡Quién lo diría, tratándose de Goethe, el olímpico! Y a sé que al tratar de estas cosas, aunque tengan un valor anecdótico y se refieran a un grande hombre, me clasifican entre los escritores frivolos. P a r a ciertas personas, todo 3o que no sea interesarse por la política o l a sociología es materia parva. N o soy yo sólo el que incurre en esa flaqueza. Cuando el profesor Freud establece una correlación inexorable entre nuestra actividad moral y nuestros reflejos eróticos, traza, con pulso seguro, el itinerario psicológico de- la vida humana. E l hombre no se gobierna de fuera adentro, sino de dentro afuera, S i fuese, lo contrario, bastarían l a religión y l a filosofía para guiarle, y desde hace mucho tiempo hubiese alcanzado 3 a perfección. Pero no es así. Nuestros actos m á s viles y, los m á s sublimes obedecen a reacciones, orgánicas, que en los seres superiores, y muy señaladamente en los santos, están regidas y dominadas por el espíritu. Goethe no h a querido figurar en el santoral. E s un hombre, según decía Napoleón I4 en el amplio sentido de la. definición. Y un hombre no es un aparato que emite ideas mecánicamente. Su cerebro funciona sincrónicamente con todo su cuerpo. ¿S e quiere una demostración de eso? Exploremos en la salud de un pesimista. Casi siempre es un dispéptico, un hepático o un agotado del sistema nervioso. L a plena salud nos da un equilibrio interior que nos distancia de l a misantropía. Se me dirá que podemos llegar; al horror del trato humano por l a simple meditación. E s cierto. E n cuanto se- piensa en. el bípedo egoísta, hipócrita y cruel que es frecuentemente el hombre, sentimos l a necesidad de evitar su trato o, por lo menos, de reducirlo a lo indispensable. Goethe no era muy sociable m á s que con las mujeres. Los tipos del propio sexo le interesaban poco, y se comprende, porque como la mayoría de los hombres tiene por cerebro un fichero de lugares comunes que va colocando pieza por pieza en sus relaciones con el prójimo, ese vaho de vulgaridad llega a ser odioso para toda persona d é gustos refinados que afronta l a vida sin atenerse ai prejuicios milenarios Pero, en Goethe, esa preferencia no es esclavidad sino mientras le dura el placer de l a cadena. Su primer; desengaño amoroso le curte la sensibilidad preservándole de dolores futuros. E l segundo amor del gran poeta es una jamona simp á t i c a e inteligente, a la que ha conocida! en L e i p z i g madame Boheme. L a s mujeres otoñales tienen una misión que suelen cumplir con bastante escrupulosidad; educar a la juventud. H a y en su amor erupciones vesubianas y transportes maternales que l a mocedad no suele agradecer en la justa medida Esa rituación de espíritu, conllevada dignamente, sin disimular los años ni escondeí las canas que ya entreveran los cabellos femeninos a partir de cierta edad, puede ser; fértil en satisfacciones. U n a mujer bella todavía, y con cierta experiencia, tiene é x i tos que l a mocita cretina no consigue a pesar de su lozana hermosura. Las grandes pasiones no las han inspirado las jovencitas sino las mujeres ya hechas. A m a r es una asignatura que no se domina por intuición. U n a niña recién salida de las Ursulinas no hubiera retenido a Marco Antonio en E g i p to ni a Nelson en Ñapóles, apartándoles de la senda del heroísmo. E l vino viejo es mucho m á s sabroso que el mosto de l a vid recién vendimiada. E n la existencia del a u t o í de Fausto l a mujer otoñal deja huellas m á s profundas que la señorita que acaba de salir del liceo o del internado monjil. Pero como hombre de gusto, promiscua todas las variedades del amor, desde el sentimentalismo poético que sugiere la adolescencia! femenina hasta la pasión, de acento d r a m á tico, que inspira la mujer ya madura maestra en el arte de despertar dudas y de promover inquietudes e incertidumbres. D e la intimidad con madama Boheme pasa el poeta ai encanto, menos realista, de A n a Catalina Schónkopf. E n sus memorias d i c e Y o trasladé el sentimiento que rae impuso Gretchen a A n a Catalina E s una transferencia emocional que exige, mucha imaginación para reconstruir lo presente con los escombros del pasaao, operación difícil que demuestra hasta qué puntó sigue el hombre cautivo de un fantasma femenino al través de todas las mujeres que y a conociendo a través de l a vida. f
 // Cambio Nodo4-Sevilla