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MADRID, ÉNTRIVISTO Traición d e G r e t a G a r b o y a d i ó d e l español. S i en la era ¡del pelouche- -café de Fornos, crónicas de Mariano de Cavia, actualidad Silvela, aventuras con faldas de percal, portada de Blanco y Negro con dos mariposas tirando de un tílburi, M a d r i d en paz y en gracia de Dios, perdido paraíso íacilón y generoso- -la cintura de la bella Otero se admiraba en las esmaltadas pitilleras de los elegantes del Casino de Madrid, nuestra j u ventud, mezclada al falso mundo del cinema, ha tenido amores con raras mujeres distantes, a las que nunca hemos conocido sino a través de la anécdota y la versión contradictoria y en la mágica y sospechosa maravilla de la pantalla de una sala, en la que su fantasma, en los últimos años, hablaba con la voz ortopédica, brutal y seductora al tiempo, de una película sonora. E n un elegante recuento de generaciones, y aun de subgeneraciones, tinos cuantos nombres de artistas famosas agrupan a los contemporáneos por haces de aplausos, secretas pasiones y escándalos ruidosos. Nosotros no hemos conocido sino fantasmas aureolados de misterio y de lejanía- Nos despertamos al conocimiento de las primeras sensitivas cinematográficas en la era de las precursoras de la languidez, con mujeres dannuncianas, casi liliales, que encendían violentas pasiones en artistas y en duques, apareciendo entre gasas flotantes al viento de su alboroto, sobre el campo del honor, en aquella escena culminante que i n terrumpía el cartel del Descanso de diez minutos y el grito de la realidad industrial en su forma más modesta: ¡B o m b o n e s y caramelos! L a adolescencia trajo a la juventud, y con la juventud, surgió en el mundo fabuloso y obscuro del cine la mujer- acontecimiento; la depurada consecuencia de las precursoras Francesca Bertini y L i d a Borelli, Greta Garbo. Greta ha sido aglutinante y común denominador de nuestra generación, que ha vivido media vida discurriendo por los falsos caminos del laberinto del celuloide, construyendo imitaciones y afanes sobre la gran ficción de un mundo de ficciones que revelaba, sin embargo, una nueva dimensión a los derechos del sueño y una aspiración infrecuente hasta ahora: la de vivir como si no se viviera. V i v i r como si no se viviera... A esa. mujer fantasmal y distante la dimos, quizá sin sospecharlo, los sentimentales y desflecados de mi generación, lo mejor del reverso calderoniano: el plagio posibilista de cuando el sueño es vida. Porque hubo un momento en que todos- quién, que es, no es propenso? colgábamos de nuestra juventud, entre m ú sica de: bares y amores de literatura, una cierta facilidad para aventurarnos en un gretogarbisino forzado por la imaginación, quizá sin que creyéramos que vivíamos un clima derivado de las películas de ella. Allá, en la existencia fea de los. estudios cinematográficos, Greta Garbo, la de carne y hueso, no su fantasma prendido en lo español, v i v i r l a el amor de verdad y el desamor auténtico. Pero quienes a la luz de las lámparas íntimas conocieran el color y calor de su piel y el secreto de una existencia real, no alcanzaron la fortuna de imaginarla, de jugar a su encuentro en otras naricillas breves y en otros ojos con humo de sueño y en otras cejas ligeras y en otros cuerpos surgidos del milagro de su presencia hasta reformar en nosotros n i más n i menos que un sentimiento apreciativo de la belleza. E l l a allí, sería ella; pero, por aquí, entre nosotros, andaba lo mejor de ella, lo que era superior a la realidad, lo que la exaltaba a condición de mito y forzaba la imaginación y contrariaba la liabitualidad del gusto. Porque hubo un momento en que Greta Garbo era algo así como la mala y diabólica novia cíe los españoles. Como enamorados, en fin, cerrando los ojos a la verdad que no importaba, aquí la hicimos de nuevo, la recreamos. la dimos el alma novelera que convenía a nuestra imaginación. Y la gracia difícil, el encanto l a beríntico y la interpretación sutil de su fatalidad, que no es acción ni afán para despertar pasiones- -esto eran las coquetas de D Ramón de Campoamor- -sino involuntario ejercicio de los encantos misteriosos y sugerentes, que f o r man la fatalidad, como el veneno se producé en la planta venenosa, inocente de serlo. Y porque no tuvimos nosotros una mujer nacional próxima como los galantemente agrupados en torno a las reinas frivolas, cuya genealogía termina acaso con Raquel Meller, surgida a la fama sobre la tumba de la Fornarwa. adoptamoc como mujer que un día nos reuniera en la conversación y en el recuerdo a l a lejana y desconocido Greta Garbo, con la que tuvimos raros amores de fotografía en tarjeta postal. v días finales un final sin fraude para tanta maravilla imaginada. L a habíamos creado aquí, en esía geografía española que ella apenas ha sospechado, y- fundido en los mejores crisoles de este neorromanticismo que no se confiesa y que es, en fin, la característica de nuestro tiempo. L a imaginábamos muriendo con un rango desorbitado de capitulo de novela; fugándose con un hombre pobre en la alegría de andar; desapareciendo, en el calvario del olvido y recorriendo los cafetines melancólicos de sus películas, las callejas falsas de los decorados con luces lívidas y ventanas baudelerianas; avanzando penosamente por los puertos lejanos o desapareciendo para siempre lentamente, muy lentamente, sin saber, cómo, dejándonos una última fotografía en la que, m á s lánguida que nunca, apareciera como perdida sobre el fondo tentacular, resonante y enorme de un andén ennegrecido de humo de esperas y adioses... Sus novios de E s p a ñ a la hubiéramos dedicado nuestros mejores poemas y la hubiéramos despedido sobre el puente de una juventud que con ella dejaba de ser joven, y temblaba en el final de un acto de- la vida. Pero ella no ha querido. U n telegrama feo de Nueva Y o r k el telegrama desangelado de la realidad que tiene tantas razones contra la razón, nos da noticia de que al fin Greta Garbo se casa. N o más misterio. N o más fidelidad presunta a la memoria de M a u rice Stiller, aquel director cinematográfico muerto en la hora oportuna en que con su presencia a ú n no había cansado a nadie. Greta se va a casar con un industrial sueco, con un paisano millonario, ¿Q u é final es éste? ¿Puede la vida real hacer tan cobarde nada menos que a un mito? ¿P u e d e el miedo a la existencia vencer del lado feo de las cosas una vida encontrada entre m i l como la nacida bajo el vaticinio de los m á s bellos e impares destinos l Ciertamente este final de Greta Garbo podrá no asombrar a los que conocieron a l a mujer de carne y hueso... ¡P e r o a los que creíamos en el fantasma... ¡A los que desde el meridiano de lo español la imaginamos, la creamos, la hicimos a. la imagen y semejanza del sueño de la juventud... A los que creímos encontrar su dimensión en. otras dimensiones y la habiamos incorporado a la mejor literatura, a esa que n i siquiera se escribe... L a cobardía la conveniencia... lo de que la vida no es una nóvela... las indecisiones y, al fin, l a decisión mediocre... ¿Q u é razones pueden ser éstas para quien haya imaginado a una mujer hasta elevarla a condición de mito, hasta librarla de la existencia por la inexistencia y hasta crear una vida como si no se viviese? H a b r á que hacer el epitafio de la Greta Garbo sin carne n i hueso, del humo dormido y ondulado de los estudios feos y sin gracia posible una vez conocidos. Haremos con ella como con esas mujeres a las que d i vidimos en nuestro corazón en la de antes de empobrecerlo todo y la de después, que ya es otra, porque es sólo ella y no l a otra, conforme un día- la vimos fuera de su realidad. T r a i c i ó n de Greta Garbo y adiós del español... Epitafio mudo en el cine sonoro. U n cerrar los ojos para seguir contemplando lo que uno quiere contemplar: l a verdad de la mentira, que vale siempre m á s que la sola verdad escueta y simple. Como vale más el sueño que el desayuno. Y el yo c r e í a que el ¡q u i é n lo había de pensar! Las musas engordan y las hojas caen. Greta aceptó el reliases. r Teníamos cierto derecho- -en el derecho de los sueños- -a que ella nos diera en sus CESAR G O N Z A L E Z- R U A X O 7 mn 1 1 ii íintrr fimrrmwüw 11 I I E I I I nir n i m i n T m c n i r i n i n r i í i ni ¡i ¡mjiinmrmir
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