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EL ESTO DE IMPLACABLE CRUELDAD CON ÜUE EL AGUA DESBORDADA INVADE COMARCAS ENTERAS. trica, que convierte el sonido en rayos luminosos, los retrata y los proyecta después volviéndolos de nuevo a su primitivo estado. Y a tenemos, pues, lo único que le faltahi al paisaje en el celuloide para dar una sensación completa de realidad: los ruidos de la Naturaleza. Y disponiendo de todos esos elementos, raro será encontrar un ser tle mediano buen gusto que no haya hecho empleo del agua, bien tratándola como agente auxiliar, como fondo de la acción o, muchas veces, como protagonista de los sucesos. Entonces, cuando un espíritu sutil, observador, se ha preocupado de desentrañar la verdadera significación del lenguaje y del gesto de la masa líquida, nos explica- mos el porqué de nuestros estados de ánimo, muchas veces, cuando estamos cerca de ella. Son sensaciones reflejas que no habíamos advertido hasta ese momento. Es la tristeza que nos produce la lluvia, la alegría infinita que sentimos ante la extensión azulada del mar en calma, el deseo de reposo y de aislamiento que experimentamos junto al árroyuelo que zigzaguea, balbuciente, con vacilaciones de pequeñueío que apenas anda y que comienza a hablar; el terror que rios invade ante el espectáculo imponentemente grandioso de la tormenta o de la borrasca. Y así, en contacto frecuente con el agua, hemos aprendido a conocer sus características, nos hemos familiarizado con su gesto en diferentes horas, en momentos distintos, y hemos hallado, como en los seres humanos, cualidades dignas de elogio, defectos reprobables. Descubrimos delirio de grandeza en ese torrente, a trechos con pretensiones de río, que, hipócrita y astuto, discurre al amparo de las cortinas de verdor que le brindan los árboles de la orilla, y, a saltos, por entre pedruscos, desviándose de la línea directa, ocultándose arteramente para surgir cuando menos se espera, trata de despistarnos, como sí marchara hacia la realización de un acto inconfesable; admiramos la abnegación de ese agua mansa que lleva a cabo su gesta heroica, despeñándose desde lo alto de una roca sólo para proporcionar un deleite a los sentidos del hombre y continuar después, maltrecha, agotada por el esfuerzo- -acusado por un casi imperceptible temblor en la superficie- hacia un salto postrero que la sumirá, al fin, en la inmensidad de un río caudaloso, confundiéndola, anulándola; apreciamos el espíritu valiente y tenaz del mar embravecido, que pugna por adueñarse de los terrenos manumitidos de su esclavitud merced á la intervención del hombre, entablando con ellos desigual combate, en el cuál sólo rescata, a lo sumo, un trozo de pretil oxidado o unos bloques de cemento, caro botín por el cual han pagado con sus vidas centenares de olas gigantescas que sucumbieron en tan rudo empeño; contemplamos con envidia, cuando nuestro es- píritu sufre inquietudes o tortúrasela faz serena y silenciosa, de la bahía en el crepúsculo, adormecida, entregada al descanso, turbado sólo de vez en cuando por el cosquilleo de una quilla o por los destellos del faro que vela su sueño; y, en fin, nos sentimos acometidos de indignación profunda, mayor aún al reconocer nuestra propia insignificancia, al advertir en la lejanía el rugido feroz, el gesto de implacable crueldad con que el agua desbordada invade avasalla, destruye, arrasa comarcas enteras, que deja después sumidas en la ruina, en la miseria, aniquiladas por la fiebre, como si de este modo buscase una venanza contra el homre que no ceja en su empeño de reducir poco a poco sus dominios, de secuestrarla, de limitar su acción, para servirse de ella a. (FOTO DAILY MIRROS) su antojo, como si un ansia incontenible de reivindicación la impulsare a realizar ese espantoso alarde de su fuerza bruta. Cuántas veces habremos contemplado su trasparencia a través del vidrio de una copa, pajarillo aprisionado en jaula irisada bajo la caricia luminosa del sol; incolora, quieta inexpresiva... Astuta, diríamos mejor, pues, insignificante en aquel momento, no quiere revelarnos su verdadera fisonomía; porque el agua tiene una fisonomía propia, y, por tanto, como los seres humanos, tiene gestos dignos de elogio, tiene actitudes merecedoras de la más dura reprobación. f ALFREDO M I R A L T E S SUICIDIO DEL AGUA, QUE, AL DESPEÑARSE, SE DESVANECE EN SONRISAS PE LUZ. (FOTO PRENSA ESPAÑOLA)
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