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MADRID- SEVILLA 6 D E MARZO DE 3 934. NUMERO S U E L T O 10 C E N T S DIARIO ILUSTRADO. AÑO TRIGÉSIMO. NUM E RO 9.6 13 REDACCIÓN: PRA. DO D E SAN SEBASTIAN. SUSCRIPCIONES X ANUNCIOS, MUÑOZ OLIVE. CERCANA A TETUAN, SEVILLA Cuando l a cuchilla cortó la cabeza del condenado, el numeroso público p r o r r u m p i ó en aplausos. E l horror a la pena de muerte es un sentimiento que parece formar parte del caudal del siglo pasado. Los hombres educados en aquellas ideas- lo tenemos aún. Entonces los escritores m á s ilustres se aproximaban conmovidamente al tema para despertar en la muchedumbre una eficaz repulsión contra los asesinatos legales. Puede decirse que no hay una sola nación europea cuyos novelis- tas no hayan procurado imaginar estos estremecedores últimos instantes de un condenado a morir para despertar l a repulsión de las conciencias. Algunos países llegaron a la supresión del verdugo y otros suprimieron la publicidad de las ejecuciones. E l Estado continuaba apretando pescuezos o separando cabezas o electrocutando malhechores con una ext r a ñ a especie de pudor y la repugnancia de la gente contra tal procedimiento se exteriorizaba en los clamores con que se demandaban los indultos en las Cámaras, campañas que l a Prensa hacía en el mismo sentido y en abierta piadosa simpatía hacia el criminal, puesto en trance de muerte que llegaba hasta el total olvido de sus víctimas y de su crimen. Pero parece que en- el naufragio en que se han perdido tantos principios que en el siglo x x se creían indestructibles esta dis. posición sentimental se hundió también o por lo menos peligra como el parlamentarismo y el concepto de la libertad tal y como lo afirmaba l a democracia del ochociento. E n casi todas las naciones donde se suprimió la pena capital ha vuelto a implantarse. E s Rusia la pródiga con la m á s cruel y la mayor de las naturalidades. Italia volvió sobre su legislación para aplicarla. Y ahora mismo en Angers, en la Francia, que todav í a parece el refugio de aquellas concepciones liberales nacidas al calor de l a revolución, un numeroso público aplaude casi con entusiasmo cuando el acero de la guillotina decapita al autor del asesinato de una pobre muchaichá. S i n embargo, l a verdad es que la pena de muerte os odiosa. H a y que buscar l a explicación de lo que ocurre en l a violencia de las pasiones que hoy lanza? los hombres unos contra otros en las tragedias de la l u cha económica de nuestros días. L a famosa frase: Que comiencen los señores asesinos está hoy en muchos labios. E n la reciente Asamblea de l a clase patronal madrileña, un orador hacía observar que la pena de muerte rio había. sido suprimida en E s p a ñ a m á s que para los asesinos, porque las personas de bien eran inmoladas por éstos en mayor n ú m e r o que en otra época cualquiera. Quizá influya, en efecto, la falta de temor a un castigo tan terrible como el de la pérdida de la vida y la confianza en estos indultos que. ahora se prodigan con los más fútiles pretextos. Acaso sea verdad que el hombre es una bestia feroz, a la que hay que tratar ferozmente hasta que la civilización penetre en todos eilos y les sature de ese sentimiento ordenarlo ¡u vano por las leyes morales desde siglos y siglos no hacer sufrir al prójimo lo que no quisiéramos nosotros sufrir. JV. F E R N A N D E Z F L O R E Z LA P E N A D E M U E R T E CONTINÚAN LOS MONSTRUOS ¿Cuántos actualmente asesinos existen en l a n a c i ó n? Empieza a ser grave esa- continuidad con que aparecen los monstruos. A y e r fué en un lago de Escocia hoy es en la playa normanda de Cherqueviíle, la que se ha visto visitada por un animal g: gantesco y horroroso. Pero no es lo grave que surjan monstruos marinos, porque al fin no hacen ning ú n mal a nadie; lo peor es que las imaginaciones de los seres civilizados empiezan a enfermar con una especie de a ncinación epidémica y a ver monstruos por todas partes. S i la playa de. Cherqueviíle tiene ya su monstruo, es natural que otros muchos países quieran poseer el suyo, y así estamos expuestos a regresar a las edades supersticiosas en que las gentes vivían como fluctuando entre la realidad y la fantasía; en puro régimen visionario. E n cuanto a mí, yo voy a confesar que la aparición de esas bestias marinas no me produce una impresión extraordinaria; estoy saturado de monstruosidades. N o tengo m á s que leer un periódico cualquiera para convencerme de que v i v i mos en el fondo de una caverna cualquier plaga de monstruos. Pero de monstruos reales y mortíferos, no como esas pobres bestias huidizas qr. e los azares del mar arrojan a las playas. -Las auténticas bestias peligrosas son los hombres. Unos hombres sin garras imponentes y sin bocas gigantescas y que matan sin embargo con una certera y definitiva ferocidad. Mucho mejor que las fieras más espantables. ¿Qué necesidad tenemos los españoles de que aparezcan en nuestras costas gigantes marinos? Los auténticos gigantes, aunque no midan arriba de un metro con sesenta de estatura, son esos asesinos que la marejada social ha dispersado por las cradades y las aldeas de E s p a ñ a el ejército ese de pistoleros que juega al embite de la muerte con la baraja de los proyectiles marcados. Ganando siempre, porque, les ampara la impunidad. P o r eso resulta casi risible el aire sensacionalista con que los diarios anuncian la- aparición de un nuevo monstruo como si nos contasen algo excepcionalmente terrible. Nosotros tenemos nuestro monstruo desde hace bastante tiempo, y anda suelto por ahí, por las esquinas de la ciudad o en medio de las cai es populosas. E l monstruo de mil cabezas que na die se decide a afrontar. E l ejército del asesinato que pasca sus pistolas humeantes por un país inerme e indefendido. A esto d cen los que se las dan de prudentes y sentenciosos L o mismo ocurre hoy en otras partes... Y es verdad; en otras partes hay también asesinos, sino que con la enorme d i ferencia que marca el siguiente despacho de una agencia periodística: Comunican de Angers (Francia) que ha sido guillotinado el asesino Gueuri, condenado por h í b e r dado muerte a una muchacha. L a ejecución fué presenciada por numeroso público que prorrumpió en aplausos en el momento de aer la cuchilla. Que ese público que aplaude es un verídico monstruo? Puede ser. Pero acaso resulta mas monstruoso el contemplar a, una nación entera permanecer impasible ante las impunes y consecutivas maianzas de un desaforado ejército de asesinos. Bilbao. E l publico se lanzó sobre los dos atracadores que acababan de asaltar una Sociedad de. Seguros, golpeándolos y pretendiendo poner a uno bajo las ruedas de un tranvía. (De los periódicos. E l hecho está caliente de actualidad. Ante uno de tantos actos de bandidaje, casi siempre impunes y casi siempre disfrazados con la careta cínica de lo social un día entre los días la amenaza continua de la revolución mediocre y permanente, manifestada en actos de delincuencia, se echa de veras a la calle y procura escéptico de un amparo que en la realidad no tiene y de un castigo para el criminal, que prácticamente no existe, hacer justicia por su misma mano. N o hemos de decir si está bien o mal. E l hecho hoy se ha producido en Bilbao y quizá en sus características de mal menor o de justicia supletoria. S i la glosa de un suceso cemo el de B i l bao, en que el público reacciona queriendo matar a los malhechores se le dijera que constituía una incitación al desorden o a cualquier otra cosa, contestaría que esos a- rtos de reacción ciudadana y su comentario correspondiente han de ser una i n c i tación a algo, es, con una claridad sin equívoco, la incitación a la autoridad cuya ausencia está siendo a todas luces característica del momento bochornoso en que política y socialmente vivirán ante el mundo hundidos en las formas regresivas de una civilización con la que ni remotamente el espectáculo público de E s p a ñ a está a la par. Conviene mucho que los más interesados en mover las facilonas percalinas de un estilo democrático, rebajado en su cultura hasta querer confundirlo cor; la expresión fragmentaria de las esencias de una dictadura de clase en beneficio de una gloria d i r i gente, reparen en los personajes de lo ocurrido en Bilbao. Los dos atracadores- -pistoleros, naturalmente y muchas cosas m á s también, naturalmente- que han estado a punto de morir en la acción de la vindicta pública, cuya paciencia está colmada, han sufrido la persecución de elementos tan auténticamente populares c o m un obrero que fué quien logró reducir a uno de ¡os pistoleros, el que había herido en el vientre a un miñón del Cuerpo de Forales. Las palabras del gobernador han sido para mostrarse satisfecho de la colaboración ciudadana, detalle que tampoco está de más que se recuerde en esta glosa, que ni siquiera llegar a hacer suyo el concepto del gobernador. L o que sí hacemos nuestro, glosa y glosador, es el símbolo de lo ocurrido. Viviendo del miedo y la prudencia que linda con el pánico o l a inconsciencia sudan aquéllos cuyo medio de medrar está en la conservación ele un orden de cosas violentas que acaban por dar forma al rio revuelto, ganancia de pescadoras, señalados ya por la conciencia del país. 0 INCITACIÓN A LA AUTORIDAD Se dirá que j a m á s debe el pueblo tomar la justicia por su mano. Pero jamás tampoco ía lenidad del concepto de autoridad puede ser en un estado pretexto para que ocurra la acción de una justicia supletoria, crecida- en la ruina de la principal. CESAR G O N Z Á L E Z RUANO. JOSÉ M S A L A V E R R I A
 // Cambio Nodo4-Sevilla